sábado, 24 de abril de 2021

PRESENTACIÓN DEL CONJUNTO DE LA OBRA

 



 

Por el momento dispongo del siguiente catálogo de obras:

-Novela negra: “El misterioso candor de los trenes”, “El irresoluble dilema de Augusto Negroponte”. Esta última puede catalogarse igualmente como novela filosófica. Y la opera prima: “La hora de Leviatán”, una novela sobre mafias, escándalos financieros y tráfico de influencias.

-La serie “Crónicas de Sajará”, de la que están terminados los dos primeros volúmenes: “La acrópolis de los pantanos” y “Días de paredón y pan negro”. El tercer volumen, cuyo título no está decidido aún, se halla en proceso de construcción.

-Una colección de relatos cortos entre los que figuran “El vuelo de las ocas salvajes” que obtuvo el premio “Fernández Lema” de Luarca en el año 2003, publicado por la editorial Trabe, y “La hora de Leviatán”, posteriormente continuado como novela, que fue finalista del premio de relato corto de la UNED y editado por la misma.

-Finalmente una novela corta, titulada “Estás aquí, conmigo”.

 

SINOPSIS DE «EL MISTERIOSO CANDOR DE LOS TRENES”

   En una suntuosa mansión colgada de un acantilado, sobre el mar Mediterráneo, aparecen dos cadáveres. Son marido y mujer. Están sentados ante una mesa espléndida, con mantel y servilletas de un blanco impecable, sin que falten los candelabros, los más delicados manjares, vinos y champán. Se habían vestido de punta en blanco para lo que tenía todo el aspecto de una cena romántica. Sin embargo, se habían envenenado el uno al otro. ¿Por qué no de común acuerdo o mediante la intervención de un tercero? Pues porque en ambos casos lo más lógico habría sido utilizar un solo veneno para los dos. Y allí se habían utilizado dos tósigos distintos y dificilísimos de obtener, tanto el uno como el otro. Pero ello planteaba una dificultad: la coincidencia temporal en el paso al acto. ¿Cómo, sin previo acuerdo, se les ocurrió a los dos hacer lo mismo, en el mismo momento? Al inspector Páramo sólo se le ocurría una pista: la noche anterior se había producido el fenómeno conocido como luna roja.

   Interviene un flashback y un cambio de espacio radical. Nos trasladamos a Buenos Aires donde un joven detective da sus primeros pasos en la investigación criminal bajo la tutela del inspector Esteban Mendoza, el cual, por primera vez en su vida, se halla en un callejón sin salida pues, con toda su ciencia y experiencia, no es capaz de echar el guante a un asesino en serie que suele actuar en los alrededores de la Estación de Retiro. Este asesino parece pasar por debajo de todos los radares. Y hay otra cosa que desconcierta particularmente a Mendoza. Las víctimas son atrozmente mutiladas en lugares donde mucha gente debía haber escuchado sus gritos y no fue así.

   Paralelamente, se desarrolla otra acción. Una abuela de la Plaza de Mayo investiga todavía sobre el paradero de sus hijos, los padres de Donato, el nieto que la policía de la dictadura le permitió conservar. La compañera de Donato se obsesiona porque cree conocer la identidad del asesino de Retiro. Según ella, es su vecino de arriba, Mario Aventino.

   Todo va a concluir en la lujosa mansión del principio, habitada ahora por otra pareja.

 

 

 

SINOPSIS DE «ESTÁS AQUÍ, CONMIGO»

 

 

   Un escritor, estudioso de la literatura del siglo XVIII, aparece muerto en su despacho. Es la empleada de la limpieza quien descubre el cadáver. El inspector Néstor Páramo se hace cargo del caso y acude al lugar de los hechos. Tras examinar la escena del crimen, porque crimen es, concluye, de conformidad con el equipo forense que lleva trabajando una hora, que todo apunta a un suicidio, aunque ello no es óbice, por supuesto, para que el proceso de investigación continúe como es de rigor.

   A través del inspector, vamos a descubrir las características más visibles de los dos personajes principales. En efecto, un primer vistazo al cadáver muestra una marcada deformidad física. Era un tullido. Seguidamente le presentan a una joven dotada de una extraordinaria belleza. Para su gran sorpresa, descubre que se trata de la mujer de la limpieza, de origen ruso, aunque lleva mucho tiempo viviendo en España.

   El drama ha ocurrido en un vetusto caserón propiedad del finado, situado en una pequeña ciudad de provincias denominada Sajará, enclavada no lejos del Mediterráneo. En esa mansión de otro tiempo contrastan dos espacios: uno de sombra y otro de luz; los cuales, a lo largo de la narración, se irán cargando de valor simbólico.

   El tiempo de la historia va a sufrir, en el discurso, una alteración. En efecto, va a producirse una vuelta atrás, o flashback, por lo que, tras lo que ya se ha referido, que es en esencia el primer capítulo, vemos que el muerto está vivo y nos refiere su biografía; la cual ocupará los capítulos segundo, tercero y cuarto. En ellos se evocarán asuntos antiguos y también los más recientes, los más cercanos y conectados con su muerte violenta. Tales acontecimientos nos revelarán que su principal problema no se cifraba, como era de esperar, en su deformidad física. Sino que se trataba de otra cosa: era portador de un mal de ojo fulminante, inmediato e irreparable. Pero claro, para un hombre culto, un estudioso, un especialista justamente de la Ilustración, ello era muy difícil de admitir. Y sin embargo los hechos estaban ahí, conformando una realidad contundente. Su mente se va a convertir en un oxímoron puro, rozando la paranoia.

   Ahora bien, hasta ahí el problema era eminentemente intelectual. La cosa cambia cuando inopinadamente esta joven rusa se presenta en su casa para sustituir a su vieja ama de llaves, víctima de una pulmonía. No puede dejar que ella lo vea, pues teme que su rechazo, provocado por la inevitable repugnancia suscitada por su físico, le haga, lo quiera él o no, daño. Lo cual constituiría, de inmediato, una sentencia de muerte para ella. La única manera de protegerla es impidiendo, a toda costa, cualquier contacto visual. Y en ese sentido, la acción se complica.

   El último capítulo representa un regreso al tiempo inicial, al del inspector Páramo, que no puede evitar albergar ciertas sospechas hacia Lizavetta, la joven y bella rusa. Sin embargo, irrumpe un notario en la historia y resuelve la situación. Pero el verdadero desenlace no está ahí, sino unas líneas más abajo, en el puro final.

   El punto de vista de la narración es alternativo y se manifiesta mediante el estilo indirecto libre. Entramos en el relato con el inspector Páramo, seguimos con el del tullido y terminamos con el de Lizavetta. Se privilegia el mostrar al contar. El diálogo, esencial en el presupuesto de la obra, suele tomar a su cargo la función de contar, cuando ésta es necesaria. A veces, en ciertos pasajes bien precisos, este diálogo se reduce a monosílabos, lo que va preparando el terreno para la escena final.

   Se trata de un final abierto, hasta cierto punto. La inercia y la mecánica del relato tienden a condicionar fuertemente la respuesta del lector ante una pregunta que no puede soslayar. Aunque éste es libre, a fin de cuentas, de su reacción. Lo que no puede hacer es parar el mecanismo de la obra en la última línea. Lo quiera o no, su mente se verá obligada a la deconstrucción. Con lo que, a partir de ese momento, el protagonismo será suyo.

   Cuando se retrocede al origen del problema planteado por la complicada personalidad y morfología del personaje principal, se entra en el meollo de la cuestión, que se resuelve en la novela con una fuerte dimensión de crítica social. Se trata de un estado de cosas, basado en la propiedad de la tierra y en una jerarquía estricta, de casta, así como en un trasfondo ideológico particular, que no acaba de desaparecer en la provincia profunda.

 

SINOPSIS DE “EL IRRESOLUBLE DILEMA DE AUGUSTO NEGROPONTE”

 

«La palabra y el tiempo» es un laberinto literario que, por su tema, puede ser incluido tanto en el género fantástico como en el policíaco y negro. Aunque la policía francesa conoce la identidad del asesino, así como su “modus operandi”, no puede detenerlo por falta de pruebas. Y cuando al cabo lo consigue, gracias a la intervención de un tercero, no perteneciente al cuerpo, el misterio del asesinato no sólo no se resuelve, sino que se hace infinitamente más espeso. Se trata de una novela que, sin perder de vista la vocación de contar, intenta efectuar paralelamente una reflexión sobre el arte de escribir, sobre la estructura, los objetivos y las perspectivas que se abren ante el género, así como respecto a la potestad de la palabra para construir mundos paralelos que se cruzan y se tejen. Todo ello entreverado con la trama y al servicio de ella.

 

 

SINOPSIS DE «CRÓNICAS DE SAJARÁ»:

 

Si tuviera que sugerir el ambiente de toda la serie, diría:   

Sajará es un territorio mítico enclavado en algún lugar de la mente hispánica. Sus alrededores son brumosos, pantanosos. El mar está cerca. La Albufera también. La ciencia geográfica nos lo presenta de manera difusa, como diluido en los vapores de una leve intoxicación etílica. El viajero, a menudo, se pierde en la niebla, para aparecer en el punto de partida, después de una larga caminata, o increíblemente lejos. Y lo que ha dicho, soñado o gritado, tiene repercusiones en otros puntos de la región. Hay lugares que nadie ha hollado, porque constituyen el universo de una única persona, aunque estén poblados por multitudes, pues éstas sólo existen en el interior de una conciencia, y todo aguarda la llegada de aquél para quien han sido dispuestos desde el principio de los tiempos. El hilo de su argumento a veces se teje con el entramado de la de un país que todos conocemos; pero otras, desciende hasta las oscuras y rezumantes criptas dominio del numen, al recinto cerrado de lo fabuloso, donde se contemplan rostros uliginosos. En este ámbito se desarrolla la saga de los Colliure, porque se trata también de la historia de una sangre.

“LA ACRÓPOLIS DE LOS PANTANOS.”

   Constituye el primer volumen de una trilogía cuya fábula presenta el anecdotario familiar de los Colliure. Su punto álgido lo constituye el dramático enfrentamiento entre el cabeza de familia y su hijo primogénito por causa del matrimonio litigioso de este último. La obra se segmenta en tres etapas que pueden ser definidas como falta, expiación e intento de restitución. La historia de esta familia queda enmarcada en la Historia con mayúsculas y tan imbricada con ella que muchos aspectos de la primera son consecuencia directa de la segunda, no sólo de sus acontecimientos, sino también del tegumento y el tinte que ésta imprime en el tejido social, resultando una crítica de la Restauración, de sus instituciones (oligarquía, caciquismo, estamento militar, religioso, sistema endogámico de castas) y del uso que se hizo de ellas (hipocresía generalizada, corrupción y gazmoñería, sin olvidar una explotación abusiva de las masas obreras), de cuyo pozo se extraerán los gérmenes causantes del desastre subsiguiente. En efecto, la novela concluye en las vísperas de la guerra civil, en un momento en que se ve con toda claridad que ésta es inevitable.

   “DÍAS DE PAREDÓN Y PAN NEGRO”.

Cuando el irreparable estío llegó, José Colliure se encontraba en una pequeña localidad vecina, aunque dentro del contorno de Sajará, por lo que el delirio colectivo lo arrastró igualmente en su imparable remolino de pasiones.

En efecto, me refiero al verano dantesco de 1936. En los pueblos se constituyeron los Comités Ejecutivos cuya acción escapaba al control del gobierno y Colliure fue detenido de inmediato pues era considerado de derechas, siendo acusado sin pruebas de hallarse comprometido en la trama civil del Golpe de Estado, que en Valencia todavía no había fracasado. A partir de ahí, se desarrolla la secuencia principal de la primera parte que tiene como momentos álgidos: la noche en que el Comité se reunió para debatir sobre la oportunidad de ejecutar a los prisioneros considerados desafectos, las dos detenciones gubernativas, suscitadas por uno de los miembros de dicho Comité, con los dos correspondientes juicios en los que el fiscal solicitaba la pena de muerte y, por último, los momentos finales de la guerra en que Colliure fue llamado de Sajará para hacerse cargo del orden público en espera de la llegada de las nuevas autoridades.

Concluida su misión, es solicitado también en Riera con idéntico propósito, cosa que acepta únicamente de manera provisional. Ahí arranca el segundo movimiento de la novela, cuyos momentos álgidos serán: primeras provisiones para asegurar la serenidad y el abastecimiento de la población, nombramiento forzoso como alcalde por parte del Ejército y actuación e incidencias en el desempeño del cargo. Aquí es donde la narración da un giro de ciento ochenta grados, ya que, ante la furiosa sed de venganza por parte de los que se consideraban vencedores, Colliure tuvo que asumir la ardua tarea de defender contra viento y marea a sus antiguos acusadores, incluso a aquellos que habían puesto toda la carne en el asador para que él perdiera la vida y consiguió su propósito. Sin embargo, el momento más dramático de esta segunda parte lo constituye el enfrentamiento con el cacique que tuvo lugar en el despacho de la alcaldía. Ello ocurrió porque este último rehusó dar parte de sus tierras en arriendo a los jornaleros de este pueblo que padecía un paro endémico. Tras este encontronazo, el cacique buscó el modo de destituirle y para ello utilizó justamente a la camarilla del pueblo que sólo deseaba derramar la sangre de sus antiguos enemigos. No lo consiguieron, aunque lo intentaron con subterfugios y falsas acusaciones. Sin embargo, Colliure, hastiado ya del régimen y de su corrupción, que había visto desde dentro, les sugirió que “destituido nunca, pero relevado, a la hora que llegara el relevo”. Sus palabras no cayeron en saco roto y al fin vino el relevo. Nueve meses permaneció Colliure en la alcaldía de Riera y durante el resto de su vida se jactó de que en ese pueblo no se mató a nadie, ni durante la guerra, ni después de ella.

Esta acción principal corre paralela a otras secundarias, aunque a veces no menos intensas, que se cruzan y entretejen con ella para ligarse todas en un final que no deja ningún cabo suelto. ¿Quiénes eran los que, durante la guerra, deseaban la muerte de Colliure y por qué tenían tanto poder? ¿Quiénes los que, después de ella, pugnaban por su destitución y cuáles los motivos que los animaban? La novela sigue de cerca también sus pasos y su evolución.

Mientras escribía, noté que por momentos la maquinaria se calentaba demasiado y precisaba de catalizadores. Algunas de estas acciones secundarias desempeñan ese papel, pero también fue necesario en alguna ocasión hacer monologar a Colliure. Sólo monologa la sangre, José y su hermano Joaquín. Como en el anterior volumen monologaba el Regidor, padre de ambos.

El narrador utiliza el estilo indirecto libre y desaparece. Sólo en un par de ocasiones nos hace comprender que también él pertenece a la sangre, por eso y no por otra razón sabe tantas cosas de la historia que cuenta. También porque, desde su infancia, las oyó referir innumerables veces… Desde numerosas fuentes.

Es una fábula que contiene mucha acción, quizá demasiada. Pero nada podía ser evitado. Por eso, en mi opinión, formas más modernas como el monólogo interior, en el que el personaje principal incide una y otra vez en tres o cuatro obsesiones, no eran viables en este caso. 

El último tramo de la novela, donde se liga el postrer cabo que quedaba por ligar (o casi), cuando Colliure llevaba ya varios meses viviendo de nuevo en Sajará, podría catalogarse en cierto modo como una corta novela policíaca, pues resuelve un enigma que nos devuelve una vez más al corazón palpitante de la historia.

Aunque muchas veces resulta difícil, la novela evita una política maniquea y en ello consiste, a mi modo de ver, su mayor originalidad. Sus personajes no están divididos en ángeles y demonios, o si lo están, los primeros no pertenecen a un bando y los segundos al otro, sino que, en cada una de las partes enfrentadas, hay de todo. La impresión que nos queda, al volver a pensar en ella, es que, después de tanto odio, el perdón es posible. Colliure, al final de sus días, acabó abrazando las ideas de sus antiguos adversarios del tiempo de la guerra, también ese cambio de chaqueta, pero no dictado por razones oportunistas, sino a contracorriente, constituye otra originalidad de este relato, mientras que, algunos de ellos, se convertían en propietarios y medraban con el franquismo, que con tanto denuedo habían combatido. Por el contrario, sus viejos amigos de derechas, irritados por sus críticas al nuevo régimen, pretendieron doblegarlo por el hambre, creando un vacío a su alrededor. Pero eso es ya el tema del siguiente volumen.

   Muchos dicen que el público lector está cansado de la guerra civil. Eso no es verdad. Basta con echar un vistazo a las redes sociales para convencerse. Tal argumento se emplea todavía como consecuencia del pacto de silencio a cambio de democracia que se selló durante la transición. En España, no sólo se hablará durante los próximos años de la guerra civil y mucho, sino que ello constituye, hoy en día, una necesidad absoluta para el país. La totalidad de los protagonistas de aquellos hechos ha fallecido, incluso los que tomaron parte en la feroz represión que siguió; continuar callando carece de sentido, la España democrática necesita abordar al fin su historia con serenidad y con verdad. E indudablemente lo hará. De lo que el público lector está cansado es de las medias tintas y de las medias verdades. De ese ejercicio de sinceridad, nadie saldrá vencedor, porque moralmente nadie ganó la guerra. Al final, todos la perdieron. 

 


 

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miércoles, 8 de julio de 2020




            FRAGMENTO DE "CUADERNOS DE POSGUERRA."

      "Cuadernos de posguerra" retoma el hilo de la narración de la saga de los Colliure allí donde la deja "Días de paredón y pan negro", es decir en los primeros años de la posguerra española.


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                               LA ALCALDÍA DE MIGUEL MATEU.


   Mateu era natural de Mallorca y vino a Sajará con las fuerzas de ocupación, de las que era oficial de complemento. También poseía el título de maestro nacional. Le gustó el pueblo y en él sacó profundas raíces.
   No era hombre de muchas palabras, aunque pronto se echó de ver que no por ello carecía de ambición. Al principio debió sufrir como consecuencia del anonimato que, en calidad de forastero, le afectaba y no sabía muy bien cómo desembarazarse de esa suerte de armadura que lo recubría y lo aislaba, pues no era un sujeto muy desenvuelto y proclive a las relaciones públicas; aunque, en su fuero interno, las apetecía, como más tarde se verá.
   No tardó en colegir que, granjeándose mi amistad, podría alcanzar en breve su propósito de obtener cierta popularidad, de la que sacar provecho un día. Con tal objeto, no perdía ocasión de unirse a las tertulias en que yo participaba e incluso a los paseos que, sobre todo en verano, al atardecer o durante la noche, solía dar con el sargento Calatayud. Sin embargo, como ya se ha dicho, hablaba poco, pero sabía escuchar. Era un hombre que marcaba su presencia con un laconismo atento.
   Sucedió que, un día de los días, se presentó en el Ayuntamiento de Sajará el secretario del Gobernador Civil con objeto de practicar una investigación a fondo en los entresijos de la organización local de FET y de las JONS, pues ésta no acababa de cuajar a pesar del triunfo del Glorioso Alzamiento Nacional y la implantación de la Nueva España, con el cortejo de beneficios y privilegios que ello había aportado al pueblo español, sino que iba más bien de capa caída y su balance de implantación podía calificarse sin paliativos de catastrófico. Desde allí se me mandó recado para que compareciera de inmediato ante él.
    Le habían cedido un despacho y un alguacil me condujo hasta la puerta del mismo.
   Di dos golpes suaves con los nudillos y accioné el picaporte.
   -¿Da su permiso?
   -Pasa, pasa.
   Tras una pesada mesa, descubrí a un sujeto corpulento, de aspecto franco, calzando unas antiparras de espesos cristales. Sus movimientos y ademanes eran, empero, vivos y certeros.
   -Toma asiento.
   Al decir esto, removió vigorosamente su voluminoso cuerpo en el suyo.
   -El Gobernador en persona me ha encargado esta misión un tanto particular. Y es averiguar las razones precisas por las que la Falange de Sajará se halla virtualmente muerta. Por cierto, que dijo textualmente estas palabras: “En los momentos que atravesamos, quiero estar en contacto con personas totalmente afectas al régimen, que no sean capaces de cambiar una verdad por una mentira.”
   -¿Y ése soy yo?
   -Por lo menos así consta en el Gobierno Civil.
   -Pues muy bien, aquí me tiene dispuesto a responder a todas sus preguntas.
   -Mi pregunta es muy sencilla: ¿Podrías decirme de qué mala enfermedad ha muerto la Falange de Sajará? ¿O si acaso su fallecimiento debe ser atribuido a malos médicos que no han sabido curarla?
   -La respuesta -repliqué de inmediato – también es muy sencilla. Del mismo modo que nadie pesca sin cebo, tampoco nadie puede vivir siendo de profesión falangista, dejando pasar el día en rezos. Si se quiere mantener una existencia decente, para si y para la familia, hace falta algo más. Ese algo más lo tenían antaño los vecinos de este pueblo eminentemente agrícola. Ahora, sin embargo, los grandes propietarios les están retirando todas las tierras que tenían en arriendo, dejándoles en la más absoluta pobreza. Si la Falange de Sajará ha muerto, no ha sido por enfermedad, sino por asesinato. Y ahí tiene a los asesinos. Pues no son otros que los grandes terratenientes de la localidad.
   El secretario dejó de removerse en su sillón y, mientras me miraba fijamente, se acomodó los anteojos sobre el puente de su prominente nariz.
   -No se nos había ocurrido enfocar el asunto desde esa perspectiva -admitió. –
   A mí, en cambio, la experiencia de la alcaldía de Riera sí me había obligado a hacerlo. El fascismo apeló en su día al pueblo para salvar a la oligarquía terrateniente, que se hallaba a la sazón en el artículo de la muerte, prometiéndole el pan y la lumbre. Sin embargo, llegado el momento de poner trigo bajo la muela del molino, no lo hay, porque la rediviva oligarquía terrateniente no lo da, sino que se lo reserva para ella, negociándolo a precio de usura. Estas tierras son mías, había tronado el conde. Y como son mías, las quiero para mí. Al pueblo se le habían servido triquiñuelas para que comulgara con ruedas de molino, amén de una gran cantidad de balas. Ahora se halla in albis, practicando un ayuno forzoso, por lo que la camisa azul de Falange les viene a todos demasiado holgada. El fascismo social alberga esa contradicción profunda e irresoluble, en virtud de la cual se gana la animadversión de los de arriba y de los de abajo, con lo que, pasado el primer hervor de circunstancias, para mantenerse no le queda otro recurso que el de la férula de hierro. Ahora bien, ya entonces el fascismo social sólo perduraba en las mentes de algunos idealistas ilusos. Franco jamás había sido de los suyos, se había limitado a utilizarlos en un momento dramático para la casta dirigente en España. Luego, durante la posguerra, construyó con ello un aparato de cartón piedra destinado a dar una dimensión social al régimen. Pero su segundo golpe de Estado estaba ya dado. El poder local se hallaba de nuevo entre las manos del cacique y su corte de terratenientes. Su presencia en el Palacio de El Pardo era garante de tal sistema, pero ya no mediante la persuasión, sino mediante los tanques. Restaba por saber quiénes eran los propietarios de esas mentes ilusas e idealistas y quiénes fingían todavía ver gigantes donde sólo había molinos.
   En aquel entonces me pregunté a cuál de estos dos grupos pertenecería el secretario que se hallaba ante mí. ¿Y el Gobernador, o quien quiera que haya escrito ese informe que me concernía, con aquello de “incapaz de cambiar una verdad por una mentira”?
   -Gonzalo Velis -proseguí, - actual jefe local, se ha limitado, con sobrados motivos, a dejar Falange tal como la encontró, ya que otra cosa no puede hacer. Cantando el “Cara al sol” nadie se alimenta y ahora, ¿sabe usted?, lo que más abunda es el hambre.
   -Me satisface mucho tu franqueza – repuso el secretario, ofreciendo a mi contemplación un rostro compungido. – No obstante, urge tomar medidas contra este estado de cosas, ciertamente lamentable. Para empezar, tendrás que darme el nombre de una persona que sea falangista y capaz de gestionar adecuadamente la administración de Sajará, es decir, competente para desempeñar el cargo de alcalde, ya que, en lo sucesivo, el jefe local, según la nueva normativa, tendrá que ser, a la vez, alcalde.
   -Esa persona no existe.
   -¿Cómo es eso posible?
   -No existe en el sentido de que el alcalde de Sajará debe ser un gran propietario, de lo contrario le harán la vida imposible. El cargo de jefe local de Falange lo puede desempeñar alguien que no tenga donde caerse muerto; el de alcalde es harina de otro costal, pues implica tomar medidas administrativas que, muchas veces, deben ir en contra de los intereses de los potentados. Quien ha determinado la fusión de ambos cargos, sabe donde le aprieta el zapato, pues lo ha hecho con objeto de evitar el conflicto que radica en la circunstancia habitual de que el uno es pobre y el otro rico.
   De nuevo mis argumentos sumieron al secretario del Gobernador en un profundo mutismo.
   Al cabo emergió de sus cavilaciones y, lanzándome una mirada vivaz a través de los lentes, me dijo:
   -Con probar no se pierde nada. Te daré un plazo de tres días para buscar al hombre que hace falta. Pasado ese plazo, te espero en la jefatura de Valencia para cambiar impresiones sobre el caso.
   Y así concluyó la entrevista, levantándonos los dos para marcharnos.
   Al día siguiente, por la tarde, me fui para el casino “La Linterna”, para ver quién entraba y salía y reflexionar sobre las posibilidades y aptitudes de cada uno.
   Me senté en una mesa apartada y allí me puse a fumar, observando a los habituales y sin acercarme a ninguna tertulia. Desde aquella atalaya fui pesando los taeles de cada uno y ninguno daba la talla. O si la daba por unas razones, no la daba por otras. O bien no reunía las condiciones para la particular plaza de Sajará. Por lo que se refiere a algunos de ellos, hacerlos alcalde de esta ciudad hubiera sido darles una puñalada trapera en atención a las razones arriba aducidas.
   Entonces vi entrar a Manuel Serrano Pla y pensé que tal vez él podría entrar en el traje que le tenía preparado. No le tenía un particular aprecio, pero tampoco era eso lo que buscaba, sino al futuro alcalde de Sajará. Globalmente, él reunía las condiciones requeridas.
   Tras concederme unos instantes más de reflexión, decidí abordarlo y consultar llanamente con él el asunto. Serrano se negó rotundamente. Insistí, pero no conseguí nada.
   Concluido el plazo, me desplacé a Valencia sin llevar conmigo el lastre de ningún nombre. Si el cargo debe ocuparlo alguien que no posee el perfil adecuado, ¿por qué tendría que ser yo quien asuma la responsabilidad de designarlo?
   Cuando llegué a jefatura, ya se hallaba Medina, que así se llamaba el secretario, en su despacho.
   Le mostré las palmas desnudas y le dije:
   -No existe el hombre que usted busca. No al menos en los niveles en los que yo me muevo.
   -Toma asiento, haz el favor. ¿Qué te parece Miguel Mateu? Ha sido oficial de complemento, es maestro nacional y creo que lo haría bien.
   Miguel Mateu, seguramente contra su voluntad, era alguien que, a pesar de su omnipresencia, lograba siempre pasar desapercibido. Quizá ello se debiera a que era hombre parco en palabras. O porque todavía hasta él mismo se consideraba forastero.
   -Debo confesar -repuse – que no había pensado en él. Sigo considerando cierto cuanto le dije el otro día, a saber, que el alcalde de Sajará debe ser un terrateniente; no existe mejor solución si se quieren evitar conflictos innecesarios. Pero, como usted dijo, con probar no se pierde nada.
   -Pues yo creo que ya lo tenemos – concluyó Medina con satisfacción. – Ahora tú te encargas de que el informe del comandante del puesto de Sajará salga favorable. Eso lo puedes conseguir fácilmente gracias a la amistad que te une con Calatayud.
   Asentí y me levanté para marcharme.
   De regreso a Sajará, le referí al sargento cuanto habíamos tratado en Valencia y éste se mostró de acuerdo en todo. Así que fui en busca de Mateu y, entre los tres, redactamos el informe y le dimos curso.
   Al poco tiempo se cumplimentó la primera etapa del proceso: Mateu era jefe local de FET y de las JONS de Sajará. Ninguna voz disidente se levantó contra tal provisión.
   Pasados varios días del nombramiento, vinieron a mí unos amigos y me declararon que estaban recaudando fondos para ofrecer un regalo a Mateu. Yo inquirí por el motivo de tal regalo y me contestaron que iba a casarse.
   -¿Y con quién? -quise saber. –
   -Con la hija de don Julio Llopis.
   Les di mi contribución sin hacer ningún comentario. Pero fui enseguida en busca de Calatayud.
   -Ya la hemos errado en el asunto de Mateu.
   -¿Y eso?
   -Pues porque se casa con la hija de don Julio Llopis.
   -¿Quiere usted decir que el alcalde de Sajará será don Julio Llopis?
   -No señor. Lo será la mujer de don Julio Llopis.
   Calatayud hizo una mueca de contrariedad.
   -Ya nada se puede cambiar. A lo hecho, pecho.
   Tres meses más tarde, Mateu tomaba oficialmente posesión de la alcaldía.
   Mi profecía no tardó en confirmarse y precisamente en un asunto que me concernía.
   Ocurrió que Jesús Capella, este amigo mío al que ya me he referido antes, estando catalogado como rojo, no podía desenvolverse social y económicamente, pues los franquistas o, lo que es lo mismo, la oligarquía local, tradicionalista y católica a machamartillo, creaba invariablemente una suerte de vacío alrededor de estos elementos, de tal modo excomulgados e inhabilitados para todo, excepto para la miseria y la ruina.
   Jesús Capella, por su parte, poseía un almacén, el más grande de la ciudad; sin embargo, por las razones arriba aducidas, lo tenía vacío, imposibilitado para desarrollar en él cualquier tipo de comercio. Entonces, secundado por otro amigo mío, José Cubero, de filiación socialista, tuvo la peregrina idea de convertirlo en sala de baile, pues acababa de salir en el Boletín Oficial del Estado un decreto ley que autorizaba la apertura de las mismas, así como de bares y otros establecimientos similares.
   Dado que, ni uno ni otro, podían soñar siquiera obtener la autorización requerida, recurrieron a mí, proponiendo que el negocio fuera a mi nombre y ofreciéndome una parte de los beneficios, participación que no acepté, pero sí consentí en dar la cara por ellos, pues los sabía en la extrema necesidad.
   Ello no quiere decir que dejara de ver el nublado que se cernía sobre nosotros, ya que la Iglesia no toleraba el baile y, como me temía, particularmente en Sajará, contaba con las autoridades civiles para impedirlo terminantemente.
   Parafraseando la locución cervantina, les dije:
   -Con la Iglesia toparemos. Pero vamos a intentarlo.
   Se gastaron en el local unas veinte mil pesetas, que esperaban reembolsar cuando éste comenzara a funcionar.
   Una vez estuvo todo dispuesto, con ayuda del sargento Calatayud, se elevó una instancia al Gobernador Civil. Dicha solicitud fue denegada y el rechazo me lo comunicó el mismo Miguel Mateu con el siguiente escrito:
   “El Jefe Superior de Policía en oficio de fecha cinco del actual refiere lo siguiente:
   Vista la instancia que eleva a mi autoridad el vecino de esta localidad don José Colliure Santamaría, en súplica de autorización para instalar, en el camino de Dos Pontets de esta villa, un salón de baile para funcionar durante la presente temporada de 1944-45, he acordado denegar lo solicitado. Lo que se comunica a Usted para su conocimiento y notificación al interesado, debiendo darme cuenta de haberlo así cumplimentado.
   Lo que traslado a Usted para que sirva de notificación, debiendo devolverme el duplicado con el recibí autorizado.
   Por Dios, España y su Revolución Nacional Sindicalista.
                                    Sajará, a 8 de febrero de 1945.
                                     Firmado: Miguel Mateu.”
   Con la Iglesia hemos topado, a través de la celestial alcahueta que ahora posee ésta en Sajará, la mojigata Rosario de Llopis, elevada en el momento presente a jefa de todas las meapilas de la localidad.
   Semejante respuesta tuvo la virtud de crisparme los nervios. No obstante, creí conveniente no echar la barca al agua prematuramente, de modo que me limité a replicar con otra instancia. Y finalmente con la que sigue:
   “Excelentísimo Señor:
   José Colliure Santamaría, mayor de edad, casado, natural y vecino de Sajará, con domicilio en la calle de San Antonio Abad, número 25, de profesión escribiente, a Vuestra Excelencia, con el debido respeto y subordinación, tiene el honor de exponer:
   Que con fecha ocho de enero de mil novecientos cuarenta y cinco, elevó una instancia al Ilustrísimo Señor Jefe Superior de Policía solicitando la apertura de un salón de baile en la calle Camino dos Pontets de esta localidad, respecto a la cual la alcaldía emitió una información desfavorable, basándose en el hecho de que dicho local se encuentra en los extremos de la población, por cuya razón no se podía garantizar la moralidad del espectáculo, si bien no dejaba de reconocer la solvencia moral así como la afección a la Causa Nacional del que suscribe.
   Posteriormente y basándose el que suscribe en las razones arriba citadas, emitidas por la alcaldía, elevó otra instancia al dicho Señor Jefe Superior de la Policía en la que ponía de manifiesto la animosidad existente hacia el exponente por parte de algunos componentes de la Gestora Municipal y del propio alcalde, motivo que constituye el fundamento real de su información desfavorable.
   Confirma lo expuesto la circunstancia de haberse celebrado durante las pasadas fiestas de Pascua numerosos bailes, no en la población, sino en las afueras. Éstos sin el consentimiento de la autoridad, aunque sin lugar a duda con su conocimiento, pues era de dominio público y no podían ignorarlo.
   Por todo lo cual, Excelentísimo Señor, ruego a Vuestra Señoría se digne concederle la correspondiente autorización del expresado salón, para lo cual acompaño los correspondientes certificados que acreditan la buena conducta y moralidad del abajo firmante.
   Gracia que espero alcanzar del buen criterio de Vuestra Excelencia, cuya vida guarde Dios muchos años.
                 Sajará, a 10 de abril de 1945. “
   También esta solicitud fue denegada. No por ello desistí, pues no podía dejar en la estacada a quienes habían confiado en mí y habían invertido ya una cantidad consecuente en el local. Volví pues a la carga, aunque con argumentos que pertenecían ya a otro registro.  
   Le referí al Gobernador que en otros lugares de la geografía española se bailaba y si acaso la ley en este país se aplicaba por zonas, añadiendo que, si un alcalde como Mateu no se halla en condiciones de garantizar la moralidad de un salón de baile, ¿qué ocurriría si se repitiera en España el 18 de julio de 1936?
   Que yo no solicitaba ningún privilegio, sino el cumplimiento de la ley. O bien se deroga ésta, o bien se autoriza a bailar en Sajará, como se baila en toda España, incluido Madrid. Nuestra ciudad no puede ser considerada como una excepción sin motivo que lo justifique.
   El Gobernador no contestaba esta vez, ni con un sí, ni con un no. Me enteré de que en este asunto intervenía el arzobispo. No lo dejé de la mano. Insistí y el local fue autorizado.
   Desde entonces hasta la fecha no se ha dejado de bailar en Sajará, pues la juventud prefiere bailar a cuadrarse las rodillas rezando como hubiera anhelado la Iglesia, aunque en esos momentos consciente plenamente de que ello no lo podría lograr mediante la persuasión, sino con la imposición, procedimiento que no desechaba en absoluto.
   Durante aquellos días, los curas se hacían escoltar por guardias municipales cuando acompañaban el viático y si algún transeúnte no se apresuraba a descubrirse, el propio sacerdote hacía un gesto a los guardias para que éstos le propinaran un puñetazo en medio de la cara y se lo llevaran preso. Algún día la Iglesia española tendrá que responder de esto y de mucho más.
   Entre Mateu y yo no se ha cruzado una palabra desde que ocurrió este incidente, que fue el primero. Más tarde ocurrió otro, el que le costó la alcaldía y la jefatura.
   Yo no le perseguí nunca, pero desde aquel momento tampoco dejé pasar una ocasión para dejarle cesante.
   Los hechos se presentaron del modo que seguidamente expondré. En Sajará, como queda dicho, el paro obrero era acuciante y, con objeto de paliar sus efectos, se recaudaron cinco pesetas por hanegada, lo que sumó una cantidad de medio millón.
   Sucedió que un vecino de Sajará necesitaba un carné de parado para un asunto de Magistratura que yo mismo tramitaba. Se trataba de un antiguo miembro del Comité durante la guerra, razón por la cual nadie lo quería defender ni apoyar en lo más mínimo, unos porque había sido rojo, otros por miedo por miedo a proteger a un rojo peligroso, como así se les consideraba a todos ellos.
   Cuando por fin se decidió a acudir a mi gestoría para encomendarme el caso, ya éste había adquirido un cariz grave, pues el propietario de la vivienda en que residía, un tal Segundo Llorca, amenazaba con expulsarle de su domicilio por falta de pago del alquiler, del que debía ya muchas mensualidades.  
   Después de escucharle, le dije:
   -Si tú estuvieras afiliado a la CNS, lo tendríamos todo resuelto.
   -¿Basta con eso para que no me echen de casa?
   -Sí -repuse. –
   El hombre se quedó perplejo.
   -Estoy afiliado a la CNS, pero no comprendo de qué modo ello pueda constituir una solución al problema.
   -En tal caso, vas a la CNS y pides un carné de parado. Con ese carné, según las leyes promulgadas por Franco, tú no puedes ni debes pagar la casa, la luz ni el agua.
   -Bueno, ocurre que no estoy todos los días parado, sino que, dos o tres días por semana, trabajo.
   -No importa. Hasta cuatro días de trabajo semanales, puedes exigir el carné de parado.
   El hombre se alegró y con las mismas se fue a la oficina de la CNS y pidió el carné en cuestión. No se lo dieron.
   Regresó de inmediato a comunicármelo.
   -Vuelve a ir – le aconsejé, - esta vez con dos testigos. Si no te lo dieran, pasaríamos a la etapa siguiente.
   Tampoco en esta ocasión se lo dieron, pese a que el secretario, Roberto Fuster, le dijo al funcionario que dicho carné no podía ser negado. Éste repuso al secretario:
   -Son órdenes del jefe. Y yo debo cumplirlas.
   A lo que Fuster respondió:
   -Está bien. Allá tú y tu jefe.
   El motivo de no querer extender carnés de parado a nadie no era otro que el medio millón de pesetas recaudado, el cual servía únicamente para pagar a los veintidós obreros que trabajaban en la obra del Parque Ruíz de Alda, dirigida por Juan Fuster, y al puñado que también éste empleaba en su taller de imaginería, todos ellos tradicionalistas, de modo que la Bolsa de Trabajo virtualmente no existía en Sajará.
   El Juan Fuster estaba combinado con el alcalde y entre ambos manejaban el medio millón de pesetas.
   Cuando me enteré de la segunda negativa, una noche, a las tres de la madrugada, entré en la CNS con el secretario a fin de tomar los datos que necesitaba antes de denunciar el caso al Gobernador. Entonces pude comprobar que se daba un parte al Gobierno Civil de seis mil quinientos jornales semanales, cuando en verdad eran tan sólo ciento veintiséis y siempre trabajaban los mismos, es decir, los obreros de Juan Fuster.
   Denuncié el caso al Gobernador y no sé qué conmoción silenciosa se produjo en la CNS para que el carné se lo llevaran al propio domicilio de quien lo había pedido.
   Cuando se enteró Segundo Llorca, el dueño de la casa, del giro que había tomado el asunto y que éste estaba entre mis manos, le dijo a su inquilino que no se apurara, que cuando pudiera le pagara el año y medio de alquiler que le debía. De este modo, no fue necesario recurrir a Magistratura.
   Por lo visto, la denuncia no cayó en saco roto, ya que, a los pocos días de haberla presentado, el secretario de la CNS, Roberto Fuster, me comunicó que el secretario del Gobernador quería hablar conmigo, en Valencia, a propósito del caso Miguel Mateu, alcalde y jefe local.
   Nos desplazamos los dos y estuvimos cuatro horas discutiendo el tema. Mateu no era el hombre idóneo para ocupar estos cargos en Sajará y era preciso relevarlo.
   Esta vez no me comprometí en modo alguno a dar un nombre. El secretario del Gobernador acabó invitándome, de manera reiterada y apremiante, a que aceptara yo la alcaldía de Sajará. Hasta tres veces insistió en la propuesta. Me negué rotundamente. Para que yo aceptara ser de nuevo alcalde, declaré, tendría que ocurrir un segundo primero de abril de 1939. No obstante, tanto porfió el secretario que, al cabo, no tuve más remedio que emplear un subterfugio para librarme de tan embarazosa situación.
   -Acepto la alcaldía -les dije – con una sola condición. Presentaré una lista de los concejales que han de colaborar conmigo. Y si uno de ellos es rechazado, también yo me consideraré rechazado.
   El secretario me lanzó una mirada suspicaz, pero repuso:
   -Está bien, presenta esta lista.
   Pocos días después presenté la lista y fueron rechazados todos. Lástima, porque hubieran constituido un buen equipo.
   Transcurrieron unos meses y fue nombrado alcalde Juan Andrés Rodrigo, quien cumplió con su cometido de manera harto más positiva que quienes le precedieron y siguieron en el cargo. Se reveló positiva, sobre todo, para la clase trabajadora. Hasta el punto de que los ricos de Sajará le pusieron el remoquete de “alcalde del populacho.” Los ricos son como hormigas, que trabajan infatigablemente y sin tregua para fabricar guerras civiles.
   Mateu se enteró de lo ocurrido y nada pudo objetar cuando yo dije públicamente: “mi informe bastó para hacerle alcalde y mi informe bastó para relevarle del cargo.” Pero jamás volvió a dirigirme la palabra.