De lo negro y de lo oscuro

DE LO NEGRO Y DE LO OSCURO
















EL VUELO DE LAS OCAS SALVAJES.





Un resplandor lechoso y brillante se filtraba a través de unos cuantos resquicios de los postigos y formaba, ante los ojos miopes de Jacques, algo parecido a un globo de gas flotando en la oscuridad de la habitación e iluminado por una estrella oculta. Entre las deshilachadas frases del último sueño y la primera toma de conciencia de la realidad, oyó el característico crujido metálico, muy leve, del termostato que pone en marcha el mecanismo de evacuación incorporado al acumulador de calor. Estará haciendo frío afuera, se dijo, porque, dada la potencia del aparato, raras veces necesita recurrir a la expulsión para mantener la temperatura que se le ha encomendado. Este hecho le hizo pensar en lo que muchos consideran como la broma de Chalmers y entre los cuales, falto de pruebas, debe incluirse a sí mismo ; cuentan que el mencionado científico llegó a afirmar que cualquier objeto que procese información debe forzosamente experimentar algún tipo de consciencia. Donde se procese una información simple , tiene lugar una experiencia simple y viceversa. Quizás, añade Chalmers, un termostato, la más simple de las estructuras que procesan información, puede poseer algún tipo rematadamente rudimentario de consciencia.

En todo caso, aquel repentino despertar del termostato a la vida sensible desencadenó un ligero zumbido de ventilador que no era grato a su finísimo oído. Echó pues a un lado las cobijas, se incorporó y con un movimiento certero, aunque reflejo, enfundó sus pies en las mullidas zapatillas. Se levantó, descorrió las cortinas, abrió ventana y contraventana para darse de bruces con un día desapacible y frío. Frente a él, los mirlos y las tórtolas, que unos momentos antes debían haber estado escarbando bajo las hojas resecas y heladas de este más que mediado invierno, en busca de algo que pudiera servir como alimento, batían ahora despavoridamente las alas en una huída que no por espectacular y estrepitosa dejaba de ser protocolaria, pues minutos después volverían a picotear incluso en la hierba de su jardín, esperando a recibir en un cuenco su cotidiana ración de grano y tres o cuatro rebujos de pan. Sobre las descarnadas ramas de los robles del bosque frontero se coagulaba un cielo casi blanco.

Cerró de nuevo la ventana y acometió la tarea de abrir todos los postigos de la casa, a fin de permitir la entrada de la mayor cantidad de luz posible, que no sería mucha. Cuando pasó junto al termostato del acumulador, considerando por primera vez su fulgurante ascensión en la escala ontológica, tentado estuvo de darle los buenos días.

Entrando en la sala de plancha, echó mano del batín y mientras embocaba las mangas se coló en el despacho para darle potencia al radiador de aceite. Todavía levantándose el cuello bajó cual si tocara un instrumento, pues la escalera crujía a cada peldaño, al salón ; descorrió los cortinones dobles de los ventanales que daban a la solana, abrió los postigos de la planta baja, tomó el cesto de la leña y salió al jardín. Entonces se le cruzó por delante del ceño el primer copo de nieve.

Al encender la chimenea tuvo la debilidad de confesarse que lo único que haría con gusto aquella mañana y todas las mañanas del mundo, puesto que la cuestión era ardua, capaz de dar candela para rato, sería sumergirse sin remordimientos en el « apremiante problema », que constituía su obsesión. Obsesión y remordimientos forman una mala pareja.

Lo que Jacques Morel llamaba el « apremiante problema » era su intento, también el de otros, de explicar la capacidad creativa de la mente y la posible aplicación de las conclusiones obtenidas al tema de la inteligencia artificial.

Se sentaría en paz junto a la ventana, bien provisto de libros y de un paquete de folios, y no levantaría la cabeza sino de tarde en tarde, para razonar viendo cubrirse de nieve su jardín y el bosque entero del fondo. En cambio, lo que iba a tener que hacer era preparar los exámenes de todas sus clases, así como elaborar una proposición para la prueba conjunta de los alumnos del último año y, lo que es peor, corregirlo todo después, durante la primera semana de las vacaciones de invierno.

Su rostro se tiñó unos instantes de un resplandor anaranjado, hasta que consideró que el fuego había prendido y fue a prepararse el desayuno. Dejó la leche calentándose en el microondas, para ponerse a extraer el zumo de naranja con un exprimidor que apenas reclamaba una leve presión de sus manos, lo que le permitió reincidir por unos segundos en el « apremiante problema ».

Una vez reunidos todos los ingredientes necesarios sobre una bandeja, se acomodó con ello ante una mesa camilla, situada donde se cruzaban los calores que provenían de otro acumulador más grande que el de arriba y de la chimenea. Alzó los ojos comprobando a través de la ventana, cuyos vidrios estaban algo empañados cerca de la base, junto al listón de madera, que ya estaba nevando francamente. Al cabo, recogió la mesa, introdujo los platos, los cubiertos y la taza en el lavavajillas y con las mismas subió al despacho, dispuesto a realizar un trabajo que no le atraía en lo más mínimo.

Gracias a su precaución, la temperatura de la pieza era buena. Sobre la mesa quedaban algunas hojas esparcidas que contenían unas cuantas ecuaciones, muy pocas, testimonio inútil de una tentativa más, carente, como las otras, de convicción. Las recogió con un gesto cansado, desengañado. Las reemplazó por los libros de texto, puso en funcionamiento el ordenador y dejó pasar el tiempo con una actividad casi maquinal, tediosa, que no le aportaba nada, excepto el salario del esclavo. Afuera caían gruesos copos de nieve, impelidos alternativamente por moderadas rachas de viento.

Sólo cuando hubo confeccionado tres pruebas completas se permitió echar un vistazo a través de los cristales, descubriendo un paisaje albino, cubierto por una capa de nieve de unos tres o cuatro centímetros y continuaba el meteoro desprendiéndose blandamente del algodonoso cielo, en medio de un silencio de mundo acolchado, donde únicamente se escuchaba el bordoneo tenaz del ordenador. Paisaje de raza blanca, rememorativo de la piel normanda de Angélique que nunca había acariciado, su voz queda y suave, su semblanza como esa nieve que silenciosamente estaba cayendo. Una vez más se prometió que al concluir el año escolar, cuando termine la actual relación profesor-alumna, la invitaría a cenar en un buen restaurante y en el champagne le diría las cuatro palabras que suelen decirse en tales ocasiones. Después ya podrían proceder a llenar esta casa que él había querido amplia, en previsión de semejante eventualidad.

Trabajó un rato más y bajó a prepararse un café. Ya le quedaba sólo la prueba blanca de los alumnos de último año. Consultó sus cuadernos, echó mano del programa, abrió diferentes libros de texto y tecleando con todos los dedos hizo aparecer con orden en la pantalla los diferentes problemas y operaciones constitutivos de su propuesta. Seguidamente se conectó a Internet para transmitirla a los otros profesores del departamento, recogiendo al mismo tiempo sus respectivos arbitrios. Una hora más tarde habían alcanzado un acuerdo referente a una prueba única para cada sección. Apagó el ordenador y bajó de nuevo al salón.

El fuego de la chimenea se había extinguido casi por completo. Abrió la puerta e introdujo varios troncos de la reserva. Liberó la aspillera que se puso a absorber aire frenéticamente con un rumor sordo. Las llamas saltaron de inmediato tras el cristal sobre los troncos, produciéndose un crepitar salvaje, que viró bruscamente a la calma cuando cerró de nuevo la aspillera.

Durante un tiempo indefinido permaneció tumbado en el canapé sin pensar en nada, o quizá pensando en todo cual si tuviera un peso en la conciencia pero no acertara a determinar dónde le aprieta el zapato. Luego comió cualquier cosa viendo la abreviada edición dominical del telediario, coligiendo que la segunda guerra del Golfo se perfilaba cada vez con mayor nitidez, contrapunteada en esta ocasión por la oposición francesa. Esperó hasta que el parte meteorológico confirmara que las nevadas continuarían durante el día siguiente.

Tras el último sorbo de café que diluyó el simulacro de sabor de una comida falsa, fue hasta el aparador, tomó una copa, abrió el botellero, dudó unos instantes entre un calvados y un whisky, añejos ambos y solemnes de sus dieciséis años. Se decidió en esta ocasión por el escocés, lo extrajo de su funda de cartón, contempló durante unos segundos el líquido marrón oscuro como un pulimento para madera noble, combustible purísimo, se sirvió moderadamente y alcanzó de nuevo la ventana.

Si seguía nevando de esta manera tan cabal, mañana no tendría más remedio que dar un rodeo para llegar al instituto, puesto que la red secundaria había que desecharla por completo en semejantes circunstancias, sobre todo si helaba fuerte durante la noche. No obstante las complicaciones, reconoció sin esfuerzo que el hombre mediterráneo que le habitaba nunca dejaría de maravillarse ante el espectáculo insólito de la nieve.

Con la copa todavía entre las manos subió al despacho, se sentó ante el ordenador y se conectó a Internet con objeto de consultar el boletín oficial del Estado. Recorrió los índices de los últimos números sin encontrar nada interesante. Se detuvo sólo un momento curioseando los puestos libres en establecimientos franceses del extranjero. Comprobó que algunas vacantes se hallaban cerca de universidades norteamericanas de prestigio y por unos instantes acarició la idea, aunque la desechó enseguida, pues la casa, que había adquirido con la comisión de poblarla, el instituto que representaba un trabajo fijo, los compañeros del departamento, Angélique, las letras que tenía la obligación de pagar religiosamente cada mes, mejor dicho, no había que pagarlas, el banco descontaba directamente las suyas y abonaba las restantes, todo esto significaba una realidad tangible, sobre la que podía apoyarse, entre la cual podía circular indeliberadamente, como si soñara casi, organizar su tiempo, el poco tiempo genuino que le quedaba, pues el resto, la parte del león, se la llevaban otros y se la organizaban otros de antemano, un espacio, en fin, en el que podía tomar riesgos calculados. Rellenar una de estas solicitudes significaría abrir un mundo que habría que inventar de nuevo.

Quería pensar en otra cosa. A pesar de todo deseaba pensar en « el apremiante problema ». Apagó el ordenador, puesto que le molestaba el parco zumbido de la máquina y se sentó frente a su mesa de trabajo. En efecto, durante toda la mañana había estado postergando un razonamiento. Unamuno dijo que si algo sagrado había en el hombre, estaba situado en el terreno de los sueños. Jacques Morel, profesor francés de matemáticas, desconocía probablemente la existencia del más español de los españoles modernos, mas estando empeñado en el estudio de las diferencias entre la inteligencia artificial y la humana, no había tenido más remedio que recalar en el interrogante que desataba la cuestión de los sueños. El que había tenido esta misma mañana, justo antes de despertarse, podía servir perfectamente como botón de muestra para afinar una vez más, haciéndolo pivotar sobre él, su pensamiento. El inconveniente de los sueños es que los detalles se olvidan con una facilidad pasmosa. Si las frases que surgieron de él ya le habían parecido deshilachadas y borrosas tan sólo unos minutos después de haberse levantado, qué no sería ahora, a media tarde. No obstante, globalmente, todos los elementos que planteaban un problema epistemológico los conservaba todavía, encerrados en algún puño de su memoria, listos para serles aplicado uno de los postulados de la hermética : « formula conscientemente tus preguntas y desde tu propio interior te serán respondidas ». Aunque en este caso no se hacía demasiadas ilusiones, a corto plazo ; lo que sí andaba buscando seriamente era una dirección, un camino.

Poco importa si no recordaba las frases exactas, bastante es saber que habían sido frases cabales, las propias y las ajenas. El tenor del sueño fue el que sigue : se encontró viajando de noche por un país extranjero, quizás Holanda. Angélique se hallaba junto a él y en el asiento trasero dormía un niño, el hijo de ambos que a la sazón tendría seis o siete años. El nunca había poseído uno de esos coches mixtos capaces de funcionar alternativamente con gasolina y electricidad. Estaba buscando una estación de servicio a través de las calles hirvientes de tráfago, pertenecientes a un barrio periférico e industrial. No todas las estaciones de servicio permitían efectuar ambas operaciones a la vez, reponer el combustible y recargar las baterías. Vislumbró uno de esos carteles que representan un cargador eléctrico, pero ya era demasiado tarde cuando quiso reaccionar, lo había rebasado. Se detuvo sólo unos metros más allá, en el próximo entrante, ante una puerta que formaba sin duda parte del mismo taller que la que había entrevisto en la escotadura anterior. Bajó del coche para dirigirse al empleado, que tal vez era el dueño, con el propósito de explicarle lo que había tratado de hacer pero que había rebasado el borne. Se expresó en francés, cuando hubiera sido más lógico hacerlo en inglés, mas teniendo ya la frase medio embastada, tras dudar un instante, terminó de formularla homogéneamente en el primero de los idiomas. El hombre respondió con toda naturalidad que le podía ayudar y lo hizo con un francés perfecto, aunque impregnado de un ligerísimo acento que él sería totalmente incapaz de imitar. Lo cual, en principio, no tiene nada de inverosímil puesto que el dueño de un taller en un país rico puede permitirse unas vacaciones y una cultura.

Veamos ahora lo que representa una dificultad en relación con « el apremiante problema », se dijo. Lo primero es que mi cerebro haya sido capaz de proporcionarme imágenes extraordinariamente nítidas de una ciudad que desconozco, ni siquiera sé su nombre, y que probablemente no existe. Lo segundo, que tuve un verdadero diálogo con un interlocutor cuyo acento sería incapaz de reproducir y cuyas respuestas no podía en modo alguno prever antes de que fueran formuladas. Dicho diálogo fue singularmente claro y lúcido por ambas partes, aunque ahora no lo recuerde en detalle. El sujeto en cuestión me dijo que me iba a ayudar, que no tenía por qué sorprenderme de que hablara francés puesto que hablaba otras lenguas también, incluso me parece que tocó algo el tema de las vacaciones en el extranjero. En suma, un individuo auténtico, campechano, libre de sus palabras y de sus actos, de ayudarme o de decirme que me las arreglara como pudiera para sortear el tráfico y ponerme en posición de cargar las baterías. Lo tercero es que se despertó en mí el instinto de padre, quien se resistía a efectuar una maniobra complicada en medio del tráfico o a abandonar el volante del coche en que dormía mi hijo entre las manos de un desconocido. Afortunadamente, me parece, la solución para mi sueño consistiría en que el taller abarcaba un local espacioso y único con dos puertas gemelas, a través del cual podía circular un coche. Pero me desperté.

Algunos consideran el cerebro humano como una máquina constituida de 40 billones de conmutadores. Jacques, por el contrario, había visto la necesidad de corregir esta afirmación y al conceptuar el cerebro humano no pensaba en los 40 billones de conmutadores, sino en los 40 billones de minúsculos computadores que son las neuronas. Sin embargo, al despertar de sueños como éste, de todos los sueños, es preciso aún reconsiderar la última proposición.

Jacques solía utilizar en estos casos el teorema del inacabamiento, formulado en 1930 por el matemático Kurt Gödel, según el cual cualquier sistema de axiomas lo suficientemente complejo como para generar aritmética es incompleto ; lo dicho significa que el sistema proporcionará proposiciones « irresolubles », cuya validez no puede ser establecida únicamente con los mencionados axiomas. En consecuencia, las matemáticas nunca pueden ser reducidas a un algoritmo o serie de reglas que generan teoremas y pruebas. Por lo tanto no existe el determinismo científico. Jacques obtenía una prueba de ello en su propio trabajo matemático, que no avanzaba mediante un proceso lógico y deductivo continuo e infinito, sino propulsado por repentinas intuiciones, osadas incursiones en un mundo complejo compuesto sólo de ideas, reino fabuloso e inconcreto que tal vez tuvo a Platón como uno de sus primeros exploradores, y que para alcanzarlo es preciso viajar hacia adentro.

Ningún sistema mecánico basado en reglas. Lo que equivale a decir, ni la física clásica, ni la ciencia de las computadoras, ni la neurociencia tal y como está actualmente construida, pueden dar cuenta de la capacidad creativa de la mente, ese arma secreta del hombre que le ha permitido establecer la supremacía de su especie. Lo más que pueden hacer ya lo han hecho, crear máquinas a las que, como sucede con « Pensamiento Profundo » o « Azul Profundo », les fue dado derrotar a los mejores jugadores de ajedrez pero que, cuando son puestas fuera de combate, lo son por problemas que incluso un principiante sería capaz de resolver, porque lo que las computadoras son por el momento incapaces de hacer es « comprender ».

Más aún, a esa capacidad humana de comprensión, habría que añadir el hecho de que algunas operaciones realizadas por el cerebro, como soñar por ejemplo, son susceptibles de aportar elementos « nuevos », no adquiridos nunca mediante la percepción directa de nuestros sentidos, o la aparición de ese Merlín que, según Jung, llevamos dentro y a quien los chinos atribuyen un horóscopo distinto al del individuo que lo contiene, que dialoga con nosotros a través de las sombras y las brumas de la noche, nos aconseja y, a veces, hasta nos provoca o se burla de nosotros.

Habría que suponer por lo tanto que los 40 billones de computadores están todos conectados a Internet.

Jacques Morel sabía desde hace mucho que la explicación de la mente humana y la posible construcción de una máquina similar, sólo podría llevarla a cabo una teoría física que aún estaba por descubrir, la cual debería incorporar por lo menos los métodos y los descubrimientos de la genética, la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad.

Acodado sobre su mesa de trabajo, notó que la oscuridad se había apoderado del despacho sin prevenirle. Bajó tambaleándose un poco al salón, haciendo crujir el órgano de la escalera. La chimenea estaba de nuevo casi apagada. Puso dos troncos más y dio aire. Cerró la aspillera. Luego se dirigió a la cocina, sacó del frigorífico los restos de la comida y los puso a calentar en el microondas, mientras tanto colocó un vaso, un cuchillo, un tenedor y una botella de agua mineral sobre la bandeja, llevándolo todo a la mesa camilla. Eligió un CD de Charlie Parker y lo dejó preparado en el cargador de la mini cadena, depositando el mando a distancia junto a los cubiertos. Volvió a por el plato y se sentó donde se cruzaban los dos calores, el eléctrico del acumulador y el del fuego auténtico de la leña. Apretó un botón y el lamento de un saxofón traspasó la penumbra de la sala.

Antes de acostarse salió al ámbito helado del jardín. Había dejado de nevar. Avanzó unos cuantos pasos observando bajo la luz de la farola las huellas de los gatos y los pájaros sobre el manto blanco. Miró al cielo y, no logrando distinguir ni una sola estrella, decidió poner el despertador un cuarto de hora antes.





La alarma del móvil sonó ese lunes a las seis en punto de la mañana. La apagó a oscuras, guiándose por la luz verde que emitía el aparato, lo tomó consigo y lo puso a cargar en el despacho. Se cubrió con el batín y bajó directamente a la puerta de la entrada. Seguía nevando.

En tanto que la leche se calentaba en el microondas, se preparó el zumo. Se lo tomó. Apenas había apurado el vaso, sonaba la campanilla. Sacó la taza, añadió cacao en polvo, cortó un pedazo de bizcocho y fue a sentarse ante la mesa camilla. Cinco minutos más tarde estaba bajo la ducha. Se vistió, atrapó el maletín al pasar por el vestíbulo y un cuarto de hora más temprano que de costumbre se disponía a salir de casa.

Tuvo que volver a entrar precipitadamente porque el candado del portal del jardín tenía hielo en la cerradura. Llenó un vaso de agua caliente, lo vertió encima provocando una columna de vapor, abrió, volvió a la cocina para dejar el vaso y cerró definitivamente la casa.

Todavía era de noche. Accionó el limpiaparabrisas para apartar la nieve que caía a ráfagas y fue menester conducir con precaución ya que, incluso la nacional, que había sido salada, resbalaba en algunos tramos.

Llegó a Evreux a la hora prevista pero se encontró con que había atascos a la entrada de la ciudad y temió retrasarse. No lo hizo, entró a la hora justa en el aparcamiento, de modo que no pudo ir a mirar en su taquilla, acto ritual con el que todo profesor suele inaugurar su jornada de trabajo, pues allí se le deposita el correo y toda clase de mensajes e instrucciones.

Enfiló directamente hacia el aula, donde los alumnos le estaban esperando en el pasillo. Los hizo entrar. Pasó lista y fue anotando en un impreso los ausentes, que no eran pocos ese día a causa del estado de las carreteras, y se puso a hablarles de problemas que no les concernían y de operaciones matemáticas que no lograban despertar en ellos el menor interés. Al cabo de una hora les anunció que la clase había terminado y ellos salieron. Otros los reemplazaron. La misma historia.

A las diez y media bajó a la sala de profesores, miró en el casillero, plegó los documentos que le interesaban y se los puso en el bolsillo de la chaqueta, tiró el resto a la papelera, tomó un café con algunos colegas comentando las inclemencias del tiempo e hizo las fotocopias de los enunciados de los exámenes.

A última hora de la mañana le correspondía la clase de Angélique. Desde el arranque del pasillo la vio, esbelta y rubia como un lirio, apoyada junto a la puerta del aula. Si no se apartara, la operación de introducir la llave en la cerradura le obligaría a situarse muy cerca de ella. No se apartó y pudo absorber el aroma de almizcle que exhalaba su cuerpo. Ni siquiera sonrió, porque lo que se estaba diciendo en el lenguaje de los cuerpos era muy serio.

Una vez abierta la puerta, se echó a un lado para dar paso a sus alumnos. La primera en entrar fue obviamente, dada su proximidad a las jambas, ella, con una deliciosa resignación femenina.

Distribuyó los enunciados, pasó lista y se puso a mirar por la ventana, apoyadas las manos en la calefacción.

A las doce y media pasadas se dirigió de nuevo a la sala de profesores donde ya le aguardaban Richard y Charles, matemáticos como él. Salieron al campus, cruzaron el estadio en dirección a las escalinatas que les conducirían a lo alto de una colina donde estaba situada la cantina. La nieve había virado a la cellisca.

-Este país –comentó Jacques de mal humor- no es capaz de dar una nevada como Dios manda.

-Calla –replicó Richard Coeurdacier con su invariable sentido práctico-, mejor. Ello nos permitirá regresar esta noche a casa sin demasiados problemas.

-La vaina será mañana –intervino Charles Delamotte- porque según las previsiones esta noche va a helar de nuevo.

-Ya hacía años que no teníamos un invierno así.

-No.

-Yo lo prefiero a la humedad permanente –opinó Jacques.-

-Estás loco.

El fuerte olor entreverado del primer comedor, en el cual se sirven las comidas, le produce siempre un atisbo de náusea. Afortunadamente a los pocos minutos ya se ha pasado.





Aquella semana transcurrió algo más rauda que de costumbre, debido a la gran cantidad de exámenes que su pereza de las anteriores le obligó a poner y a las vigilancias de la prueba blanca del bachillerato, que no se referían únicamente a las de la asignatura propia. Esto le eximió de numerosas horas de clase efectiva.

El viernes, para festejar la llegada de las vacaciones de invierno, Richard Coeurdacier invitó a cenar a todos los profesores del departamento de las ciencias exactas con sus respectivas familias, donde las hubiere. Como suele suceder en tales casos, cada cual aporta un ingrediente, un plato cocinado, un postre, etc.… Jacques desempeñaba honorablemente las funciones de bodeguero y escanciador permanente.

Llegó temprano a la cita con sus tintineos de cristal.

-Lo primero el champagne en el congelador, durante una hora.

Julie, la dueña de la casa, cumplió solícita las instrucciones de aquel sabio, mientras que Richard depositaba las botellas de tinto en la mesa del salón. Después regresó a la cocina y empezó a preparar los aperitivos.

Romain, el hijo mayor de la pareja, tenía un problema con el ordenador y recabó el auxilio de su padre.

-Yo voy –dijo Jacques.-

Al rato volvió.

-No era nada.

Richard le alargó un vaso de martini con hielo, pero no se detuvo, abrió un cajón y fue sacando los cubiertos. Kelly entró en la cocina con una ecuación que no sabía resolver.

-Jacques te la resuelve-se zafó el padre con una bandeja reluciente de níquel.-

-Ven. Vamos a ver……

Se la explicó despejando todas las incógnitas una tras otra. Sonó el timbre. Julie fue a abrir la puerta. Se trataba de Charles Delamotte, su mujer Ingrid, su hija de cinco años y el bebé que venía berreando. De improviso alguien puso el televisor del salón a todo volumen. Julie se desplazó hasta el umbral:

-Quentin, por favor.

Y Quentin, el menor de los Coeurdacier, tronó :

-¡Es que no se puede escuchar tranquilamente la tele en esta casa !

La madre cerró, sin replicar, la puerta del salón y la de la cocina. Acto seguido las volvió a abrir un instante para dejar paso a Manon Delamotte que quería ver la tele con Quentin. Al regresar, Julie se dirigió a Jacques :

-Y tú, joven catedrático de veintiocho años, ¿a qué estás esperando, si se puede saber, para disfrutar de los gozos y de las alegrías de la paternidad y del matrimonio ?

-Pues estoy esperando……. Un poco.

-Déjalo –terció Charles- que todavía tiene tiempo. Que respire……

-Que respire, sí. Pero que no se entretenga, porque después para soportar a toda esta grey hacen falta arrestos.

-Redaños –precisó Richard entrando-. Redaños.

Sonó el timbre de nuevo y entraron Frédéric y Rachel, cargados de ollas y paquetes. Por último llegó Akim con el postre.

Tras unos minutos de confusión, todo estuvo a punto para el ágape y la amable concurrencia se sentó a la mesa. Jacques reconocía que, en el fondo, estaban todos reconciliados con su destino, con la confianza inamovible que les daba, a ellos y a sus esposas, parejas formadas por lo general bajo la bendición del mismo Ministerio, la seguridad en el empleo, la misión sagrada de educar a las futuras generaciones, dedicando por supuesto un concentrado especial de su saber pedagógico a sus propios retoños ; asegurados todos en la MAIF, vestidos por la CAMIF, afiliados a la SNES porque todavía les quedaba en el fondo de los bolsillos junto con otras borras, pero no era su culpa, algunas rémoras o resabios izquierdistas que se resistían a perder, con el inconveniente de recibir una remuneración suficiente tal vez, trabajando a dos, pero inferior al merecimiento de los esfuerzos consagrados, sin que la actual beatitud alcance a compensar por completo el remordimiento de haber abandonado, desde el principio, a sus hijos al cuidado de nodrizas y guarderías, desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche, sin olvidar la esporádica infantilización, solicitada a veces por una extraña mezcla de masoquismo, sumisión, necesidad perenne y compulsiva de legitimación y afán de medro, sufrida ante la figura solemne, soberana, inapelable del inspector, que no sirve para nada.

Aquella noche del viernes que precedió a las vacaciones de invierno, Jacques conducía a través de la campiña, de regreso a casa, pensando en todos ellos y en sí mismo. Se veía reflejado en las diferentes etapas que todavía debía franquear, con sus ventajas e inconvenientes, que de todo había, como en botica, o como en las casas ricas, según el decir de las gentes de su pueblo. Pensó también durante el trayecto en el teorema del inacabamiento de Kurt Gödel y una vez más no creyó en el efecto mariposa con el que suele ejemplificarse el determinismo científico, según el cual el aleteo de una mariposa en el estado de Texas, mediante una complicada concatenación de causas y efectos, produciría tifones en la India. No, la naturaleza está más bien plagada de focos absorbentes de energía que le atribuyen a cada uno su órbita inamovible, neutralizadores de nuestros actos sin mañana. Sería preciso darles una inusitada potencia para que lograran evadirse de la zona de influencia de esa especie de campo magnético que los aspira, los cincha fuerte, los aprieta y, a la menor flojera, se los engulle como se traga un agujero negro la materia. El no la poseía, esa potencia.





El tiempo había cambiado. A un breve deshielo, sucedió un frío intenso, aunque esta vez seco. Lo que los meteorólogos llaman el expreso París-Moscú.

Al despertar el primer día de vacaciones, cuando Jacques abrió los postigos, un sol helado se arremolinó dentro de la habitación como queriendo calentarse. El ventilador del acumulador se puso enseguida a funcionar. Sobre su cabeza se abrieron inmensos campos de índigo, sin la menor mancha blanca que diera una referencia ante la inconmensurable profundidad azul.

Desayunó raudo. Se puso una cazadora y unos guantes de piel, levantó el cuello de vellón y salió, pisando la hierba todavía helada, después la gravilla que no crujió bajo su peso sino que ofreció una resistencia inhabitual, pues formaba una masa compacta.

A la salida de la aldea en que vivía, la carretera corría aún bajo la protección del viento del este que le ofrecía un bosque somero, pero una vez rebasados sus lindes sintió sobre su mejilla un soplo helado. Más tarde, cuando torció a la derecha, lo tuvo enfrente, frenando su avance, cortándole la cara.

Por todas partes se extendía la llanura inmensa donde los panes alcanzaban sólo unos centímetros de verde, salpicada aquí y allá por breves motas sobre las que se elevaban unos puñados de robles desnudos.

El viento glacial le escatimaba la caricia del sol, pero a cambio le resarcía obsequiándole con una atmósfera translúcida que permitía la visión de los contornos con una inusual nitidez en el detalle que alcanzaba hasta los más remotos confines, hasta la insólita y resplandeciente cal de los muros de las granjas, desplazado remedo de las ermitas y rábidas mediterráneas, y la negrura de las torres linterna de las iglesias normandas.

Cruzó aldeas, dejando atrás las viejas casas hechas de argamasa y madera aparente que aquí llaman “colombages”, con sus techos inclinados de tejas o de paja, sus chimeneas de ladrillo rojo y sus gruñidos de perro en los jardines, tras los setos de espino y de haya blanca.

Al rebasar una de esas aldeas oyó un griterío de aves que en principio no supo si provenía del cielo o de la tierra. Quizá fuera la intensidad del sonido, o la intuición de que algo extraordinario estaba ocurriendo allí, cerca de él, lo que le hizo descender de la bicicleta y orientarse, tratando de descubrir el origen de toda esa algarabía. Primero paseó su mirada por la inmensidad cerúlea, acabando por descubrir en todo lo alto, encima de su cabeza, la « V » característica que suelen dibujar en el cielo las bandadas de ciertas aves migratorias. Evaluando la distancia, el tamaño y el color, concluyó que eran ocas. Una bandada de ocas salvajes que había venido a pasar el invierno por estas latitudes y que tal vez, intuyendo con este sol el final del mismo, remontaba su vuelo hacia el norte, Escandinavia o las lejanas estepas siberianas. Pero pronto comprendió que todo el misterio no estaba en lo alto. Al griterío que provenía de arriba correspondía otro, distinto, que surgía abajo, en algún punto de la tierra firme. Se orientó de nuevo, descubriendo los almidonados muros de una pequeña casa de campo, rodeada por un seto de tuyas reforzado por una alambrada. Entonces le fue dado abarcar con toda su amplitud e intensidad el drama que allí estaba acaeciendo. A las voces altivas, desdeñosas, de las ocas salvajes que surcaban el azul impoluto del cielo, respondían los lamentables quejidos, cargados de impotencia, melancolía, añoranza de un estado ancestral de libertad plena, proferidos por las ocas de corral.

Jacques comprendió por una vez el lenguaje de los animales como en los cuentos fantásticos y oyó que desde arriba se gritaba a coro :

-Vosotras tenéis todo el alimento necesario y más aún. Pero nunca veréis el mundo desde esta perspectiva, ni sentiréis en vuestra sangre la fuerza capaz de responder a la llamada del gran norte, ni el poder de unas alas que os eleven hasta el mar de lo alto, ni sumergiréis vuestras palmas en las azules, claras y frías aguas de las lagunas de la tundra. Y al final sólo tendréis una muerte innoble en pago de vuestra sumisión.

De abajo únicamente emergían lamentos y súplicas.

El triste espectáculo se prolongó durante mucho tiempo, hasta que los alados jinetes ya no eran sino minúsculos puntos claros, prontos a fundirse en una inmensidad de azul profundo.

Jacques se quedó sobrecogido, estupefacto, con la mano izquierda agarrada al manillar de la bicicleta. Más tarde, frente a las brasas de su chimenea, todavía no había logrado desembarazarse de las luces y los clamores de esta visión.





Para la primavera ya tenía un corpus teórico lo suficientemente amplio como para ocuparle durante varios años, en un laboratorio dotado de los medios técnicos adecuados. Asimismo había obtenido un puesto en el Instituto francés de Nueva-York, cuya universidad se había mostrado interesada por su proyecto.

Sentado al sol a la puerta de su casa, que ya estaba por cierto puesta en venta, consideraba con un entusiasmo moderado, no exento de melancolía, todos estos avances.

Se levantó para recorrer el esplendor del jardín en primavera, oloroso todo él a hierba recién cortada. Al pie del seto lateral de tuyas, que él mismo había plantado, el césped estaba todavía mojado de rocío. Recordó la zanja que había tenido que cavar durante aquellas lejanas vacaciones de febrero, los montones de piedra de sílex que extrajo de ella y la tembladera que le dio junto a la chimenea, preludio de una de las peores gripes de su vida. Lo que quedaba de la zanja no tuvo más remedio que mandarlo hacer mecánicamente. Ahora el seto estaba magnífico, espeso y robusto en toda su extensión.

Pasó a la parte sur para sentarse en los peldaños de la escalera de la solana. Al fondo, los árboles frutales, plantados también con sus propias manos, estaban en flor, ocultando de rosa y almidón el pequeño huerto que aquel año se había quedado en barbecho, fertilizándose en espera de su próximo dueño.

Bajó, tomó una silla de plástico y se sentó bajo los abedules. En las tardes soleadas de primavera o de principios del verano, antes de irse a pasar las vacaciones en las esplendentes orillas de su mediterráneo natal, muchas horas apacibles de lectura habían transcurrido allí.

Mas no pudo permanecer mucho tiempo viendo la desolación del huerto, cubierto de mala hierba.

Volvió sobre sus pasos a sentarse en el banco de la puerta de casa. El sol ascendía el cielo del este y resaltaba los oros y la blancura nupcial de los lirios, obligándole a levantar desde donde estaba la mirada para contemplar sus relumbrantes cumbres nevadas, cubiertas de miel como un yogur griego. La esbeltez de cuerpo, la claridad de piel, el dorado mar de trigo que ondulaba en la cabellera vikinga de Angélique le vinieron con ellos a la memoria cual espina olvidada, clavada en la carne. Una vez más se le había trascordado el sentido porque al final del año escolar, a pesar de que las relaciones profesor-alumna habrán concluido, no habrá restaurante, ni champagne, ni le dirá una sola palabra a Angélique, ni habrá existido, por tanto, nada entre ellos.







































LA HORA DE LEVIATÁN.





Los días de las grandes transformaciones pueden reconocerse desde que uno salta de la cama, o antes. Son días de marasmo. Por su parte, los días sencillamente impertinentes se anuncian también de inmediato, aunque de otra manera, cada movimiento termina en un tropiezo, los instrumentos rehúsan su cometido, las llaves se ponen del revés a propósito y hacen cuanto se halla en su poder para no entrar en las cerraduras, luego les cuesta dar las vueltas o incluso se rompen y hasta se puede iniciar por esa vía una larga concatenación de dificultades que acaban por poner los nervios de punta, pero ahí termina todo, esos días suelen saldarse sin consecuencias graves. Eso existe. Hay días repelentes, así. Los primeros son harina de otro costal. Los días que traen cataclismos, individuales o colectivos, son días de una quietud insalubre, el aire aparece como más denso a causa de los presagios diluidos que mantiene, los colores se ven a través de él con una intensidad mayor y los cuerpos se hallan invadidos por la serenidad que hace falta para afrontar esos formidables trastornos en sus destinos. Fue pues con cierta ecuanimidad y con paso uniforme como me dirigía al banco, tras verificar, eso sí, una por una, cada cifra, al igual que la fecha. Curiosamente, la única inquietud que albergaba era la de haberme equivocado en alguna de ellas y hacer el ridículo ante los empleados de la sucursal.

Mentiría si no admitiera que me puse a hacer planes pero ello es casi un acto reflejo. Me dejé llevar a la elección de un modelo de coche, del tipo de casa que mandaría construir, cosas así. No obstante, cuando me hallé ante el director del establecimiento bancario ya tenía tomada la decisión.

-Deseo permanecer en el más absoluto anonimato.

El hombre comprobó las cifras meticulosamente una segunda vez. La expresión de su rostro era de incomprensión profunda. Resultaba evidente que para él mi actitud no cuadraba con el significado de aquella papeleta. Alzó los ojos y me miró como si acabara de salir de un coche que hubiera dado numerosas vueltas de campana antes de estrellarse contra un muro de hormigón y, por todo comentario, le pidiera un papel de fumar para enrollarme un pitillo, mientras aguardaba la llegada de los atestados. Luego se puso a hacer llamadas, a rellenar formularios para que yo los firmara. Al final, tras una hora completa de formalidades, me dio una tarjeta mágica, inagotable. Con ella en el bolsillo me bastaba. Por el momento, claro.

Pasé de un banco a otro, es decir, entonces necesitaba un banco que sirviera para sentarse. Elegí uno a la sombra, en una plaza recoleta, con niños jugando a perseguir una bandada de colipavas, vigilados por abuelas haciendo calceta. El porvenir se veía, ciertamente, de otro modo, desde aquella soleada mañana de primavera. Era como cuando uno se quita una camiseta interior demasiado estrecha. Se acerca el verano, se utilizan prendas más ligeras, más anchas. De repente una sensación de desahogo, de frescor. Había desaparecido esa angustia leve, esa espina que muchas veces parece no estar ahí pero que únicamente había sido olvidada unas horas, tal vez días, de la aprensión a que algún fin de mes las cosas hayan ido tan mal que no queden fondos, ni crédito, para pagar los gastos fijos. Por fortuna aquello pertenecía a un pasado que percibía como anormalmente alejado. En cambio, debía parar mientes en esa intuición, todavía mal verbalizada, por la cual no me hallaba corriendo a toda prisa hacia mi mujer, luego hacia mis amigos y enemigos, para comunicarles la grata noticia, a saber, que haría falta una notable imaginación para conseguir gastar mediante una sola vida todo el dinero que me había caído encima, así, sin comérmelo ni bebérmelo.

Acababa de firmar lo que puede denominarse el acta de nacimiento de un rico y había tomado la determinación de sellar ese documento y quitarlo de la vista de todo el mundo, renunciando con ello, de modo provisional por supuesto, a la comodidad de hacer uso abiertamente de la recién adquirida riqueza. Sin cuya precaución, la actitud de mi entorno hacia mí habría sufrido un reajuste que consideraba prematuro. Mientras tanto, bajo mi epidermis de no haber roto nunca un plato, alentaba una bomba de hidrógeno.

Mi piel había sido siempre como un estuche, poroso por la cara exterior, liso e impermeable por la cara interna. Asimilaba las provocaciones del mundo, pero muy pocas veces reaccionaba, o si lo hacía, era de manera muy atenuada. Poseía una mezcla de timidez, ya sin complejo de inferioridad, y de misantropía inamovible, aunque poco patente. Todo el ejercicio físico que hacía para canalizar mi angustia, me daba músculos, no fuerza. Posiblemente mis relaciones interpretaban como apocamiento lo que era apatía. No obstante, que Dios les pille confesados porque aquel día todo iba a cambiar. Una fuerza descomunal e inexplicable que brotaba desde profundidades insospechadas tomó posesión de mí como una melodía endiablada Esta vez habrá para todos, me dije, cada cual tomará según sus merecimientos. Sentado en el banco, experimenté algo así como una entrada en trance. La plaza se había convertido en un barco cabeceando ligeramente de proa, navegando en mar gruesa. Comprendí que había llegado el momento de tomarle las riendas a ese caballo de la acción y conquistar medio mundo, poner el mundo entero, si es preciso, a fuego y a sangre, para bien o para mal. Me sentía capaz tanto de lo uno como de lo otro, lo que no dejó de asustarme, pero la perplejidad sólo duró un segundo. Me hallaba tan bien allí, sentado en ese banco de piedra, viendo las colipavas, blanquísimas, los niños y las abuelas al sol, el mundo rodando plácidamente junto a las demás esferas, que no podía albergar de manera duradera ningún temor.

Me levanté al cabo. Las calles eran lo que no habían sido nunca, un laberinto infinito de posibilidades y yo iba mirando a derecha e izquierda para ver cuál era el primer hilo del que me placería tirar. Mi mujer, por ejemplo, consideré, si fuera a decirle que la fortuna nos acaba de abrumar con un peso enorme, se pondría de inmediato en guardia contra mí, tomaría precauciones, incluso puede que dejara de engañarme con ese botarate. Pero yo no quiero que deje de engañarme, yo únicamente quiero saber si me engaña o me ha engañado con él o con cualquier otro. Especialmente con él. En el momento presente, ella no espera de mí ninguna reacción espectacular, me cree todavía prisionero de mi horario de trabajo, sin ningún medio para averiguar, encerrado entre las cuatro paredes de mi oficina, lo que ocurre en el mundo durante un fragmento preciso, fijo, bien determinado públicamente, de tiempo. Las circunstancias, empero, habían cambiado y ella no debía saberlo.

Me sorprendí al verme en mi barrio sin que la memoria hubiera registrado el menor detalle del trayecto. Lo que me devolvió a mí fue una voz que llegaba a tocar en mi interior un punto de máxima irritabilidad. Alcé los ojos. Un grupo de jóvenes se hallaba todavía a una distancia considerable. Sin embargo, de entre ellos, surgía un vozarrón perfectamente capacitado para transmitir la extrema penuria intelectual de su propietario a cualquier punto de la calle. Dejé de oír el zumbido de los coches, desapareció el murmullo de la ciudad, el sol se puso más amarillo y me invadió una serenidad y una ligereza de espíritu que sólo aportan ciertos puntos ubicados en los aledaños de la intoxicación alcohólica. Al mismo tiempo era como si llevara a mi lado una bolsa de plástico que se iba inflando y adquiriendo un peso enorme hasta caer en un barranco, queriendo arrastrarme a mí detrás, atrayéndome en dirección a la banda de cutres con una fuerza irresistible. Que me diga algo el alipáparo ese, algo personal, que me provoque, que lo haga. Lo hizo cuando ya casi parecía que me iba a dejar pasar de largo. Tú, cara de culo, dame un cigarro. Afortunadamente, porque si no, hubiera desarrollado una cirrosis. Me detuve en seco, mis ojos buscaron con incontrolable avidez los de ese desgraciado y mis pies me lo acercaron hasta que su jeta se encontró a una distancia ligeramente inferior a la envergadura de mi brazo. No tengo cigarros, pero tengo un puro que tú no te lo has fumado nunca. ¿Sí? Sí. Pues dámelo. Mis pies estaban bien afirmados en el suelo, me concentré en mi estómago, luego en mis riñones y finalmente dejé que todo mi cuerpo se lanzara detrás de mi puño, de modo que la inercia casi me hace caer hacia delante. Toma puro. Recuperé el equilibrio, di un paso atrás, junté mis puños por abajo, combé mis hombros acumulando fuerza y lo mandé todo a rodar hacia arriba llevándome por delante las mandíbulas de los dos figurantes que lo flanqueaban. Después de ello, les incrusté profusamente los pies en el hígado y en la cara a los tres y con las mismas me fui, sin que ninguno de los demás integrantes del rebaño borreguil dijera esta boca es mía. Al llegar a la esquina, me volví. Se había formado un corro de curiosos alrededor de los heridos, pero nadie miraba en mi dirección, ni en esa acera, ni en la opuesta.

Durante la comida, sostuve una animada conversación con mi mujer. Me bailaba intra muros la idea de preguntarle bueno ¿y qué tal el gilipollas de tu amante? Yo, que soy tan comedido. Pero me retuve, claro. Ya salpicaremos con los remos a su debido momento. Después de la siesta, en el momento en que, tras el ejercicio del amor, se quedó frita, me puse delante del ordenador. Consulté unas cuantas páginas, escribí en un trozo de papel dos o tres direcciones y, rico de esa nueva información, tomé el montante y salí de casa.

Al tipo que me atendió le expliqué en cuatro palabras y con toda franqueza el asunto que me traía entre manos. Hablamos de ello como si estuviéramos negociando el alquiler de un piso. Eso me gustó. En realidad de eso se trataba, del piso, por lo menos como una primera instancia. Me preguntó si podía facilitarles el acceso durante unas horas. Le repuse que me las arreglaría.

De regreso a casa, le anuncié a mi mujer que, puesto que se avecinaba Pascua de Resurrección, nos iríamos unos días a Europa Central. Proposición que ella acogió favorablemente, si bien no sin cierta sorpresa por lo precipitado de la decisión. Por toda respuesta, le mostré los billetes.

A la vuelta, tenía instalado en el apartamento un sofisticado sistema de escucha que se ponía en funcionamiento únicamente cuando se producía un ruido y cuyas grabaciones podía escuchar a través de un ordenador mediante una clave secreta, o bien llamando por teléfono a un número determinado.

Durante una semana no hice más que escuchar el chasquido de la puerta al cerrarse, casi inmediatamente después de mi salida, y el crujido de la cerradura al abrirse, poco antes de mi llegada. Si algo se produce, no parece que vaya a ser en casa, concluyó mi guía espiritual. Con la palabra todavía en la boca, salió del despacho un momento y regresó con unas cuantas cajas de cartón que empezó a abrir. De una de ellas sacó un teléfono móvil. Parece un teléfono móvil cualquiera, claro que con muchas funciones, un regalo ideal. Cierto que lo parecía, en efecto. De hecho lo es, se comporta como un teléfono móvil normal. No obstante, tiene una función secreta. Llamando con otro aparato a un número convenido, el teléfono no reacciona visiblemente en modo alguno, pero transmite a los oídos interesados todo ruido que se produzca a su alrededor. Destapó otra caja y sacó lo que tenía el aspecto de un pequeño imán. Coloque esto en el coche de su mujer y con esta pantalla, mediante la técnica GPS, podrá ver a dónde se dirige.

Esa vez dimos en el clavo. Abrí un cajón de mi escritorio y puse en el fondo la pantalla. Cuando vi que el coche se detenía, aguardé cinco minutos y compuse el número indicado. En efecto, reconocí las voces de ambos. Esperé un instante y comenzaron a hacer el amor. Era todo lo que quería saber. A mi regreso de la oficina, le diría que esa noche la dormiría todavía en casa, pero que al día siguiente me iría para siempre.

Mi trayecto de vuelta me hacía pasar por una de las calles más comerciales de la ciudad. Ese día se había instalado en la acera un joven mendigo que tocaba el violín. Llamaban la atención sus ojos azules clarísimos y su larga cabellera rubia. En ese momento se hallaba interpretando el doctor Zivago. Pasé de largo casi sin mirarle, en aplicación de mis principios progresistas acerca de la mendicidad en la vía pública. La melodía, sin embargo, me condujo rápidamente a un estado de narcosis, sin pérdida de lucidez, más bien todo lo contrario, pam, pam, pa pam, pa, pa, pa, pa, pa, pa pam…. Esa misma fuerza que había invadido mi cuerpo el día en que me convertí, por la gracia de Dios, en un hombre inmensamente rico, crecía en progresión geométrica y me estaba dejando en un estado de embriaguez peligroso, en una posición que se hallaba por encima del bien y del mal, mis pies no tocaban el suelo, mis oídos no me devolvían el menor sonido, todo a mi alrededor iba quedando cada vez más velado por una cortina de sombra, mientras que las luces de las tiendas brillaban como estrellas. Quieto, aquí hay algo, no vayas a cerrar los ojos ante los signos, cuando se despliegan ante ti. Me detuve ante el escaparate de una librería fingiendo interesarme por los volúmenes expuestos, pero en realidad mi mente estaba tejiendo ya a sus anchas el complot.

Hay que probarlo todo, dijo él una vez, adoptando ese aire del macho al que no le importa besar los labios de otro hombre, sabiendo que su virilidad está muy por encima de semejante pacotilla. Lo dijo mirándome a mí y yo le repuse que no lo creía necesario. Pero ahora soy yo el maestro de ceremonias, el que explora nuevos caminos, el tentador. Lo único que podía perder era el tiempo, puesto que la pérdida económica iba a ser insignificante para mi nuevo y vasto bolsillo.

Volví pues sobre mis pasos. No debió transcurrir mucho tiempo entre mi ida y mi vuelta porque el joven seguía interpretando la misma pieza cuando me planté como una estatua delante de él, sólo nos separaba el sombrero donde se ponen las monedas. Imperturbable, interpretó la melodía hasta el final. Luego bajó el arco y el violín. Aguardó en silencio. Saqué un billete que resultó ser de cien euros y lo deposité en el sombrero. Ni siquiera me dio las gracias. Erguido, me contemplaba con severidad, como si en lugar de un billete de banco le hubiera entregado un billete de desafío, cuyo contenido no ignoraba.

¿Quieres más?¿Cuánto? Tres mil. ¿Qué debo hacer? Tres mil sólo por escucharme. Luego veremos.

Lentamente se puso a guardar el violín y el arco dentro del estuche, recogió el sombrero, retiró las monedas y el único billete. Quedó a la expectativa.

Eché a andar. ¿Cómo te llamas? Nicolai. Muy bien, Nicolai, tú no has venido de la lejana Rusia para andarte con chiquitas, desde luego que no. Tocas bien el violín, pero el arte, por lo menos en occidente, hay que tocarlo con un poco de mano izquierda, de lo contrario uno no saca ni para pipas y tiene que enviar a hacer gárgaras el arte para consagrarse a otra actividad más clemente.

En cuanto divisé el primer cajero automático, saqué tres mil euros y se los entregué sin mirarlos. Los recibió con una altivez desafiante que se resolvió en gesto de derrota y resignación al guardarlos en el bolsillo de su chaqueta.

De regreso a casa, no pude evitar mostrarme un tanto deprimido. Traté, no obstante, de tomar las riendas de mis emociones. El atractivo de estas cosas radica sobre todo en el efecto de sorpresa.

Al día siguiente vestí de punta en blanco a Nicolai en la tienda más cara de la ciudad, le compré un coche y le di las instrucciones para alcanzar los primeros objetivos. Y como quiera que dichos objetivos se iban cumpliendo puntualmente, para gran sorpresa mía, todo hay que decirlo, pero ahí estaba el viejo proverbio castellano para paliar ese tipo de pasmo, dime de qué presumes y te diré de qué careces, decidí alquilar un ático y encargué a los de la agencia que lo rellenaran con el material de grabación audiovisual más sofisticado que tuvieran en los almacenes. También les pedí que averiguaran a quién pertenecía el chalet de la montaña al que acudían mi mujer y su amante.

No tuve que aguardar mucho, quién lo hubiera dicho. Una semana después del lanzamiento del plan, tenía en mi poder un CD bastante curioso. El modo en que iba a cursar dicho expediente lo había concebido desde el primer momento, desde que me quedé parado ante el escaparate de la librería. Grabé pues su contenido en el ordenador, utilicé una de esas direcciones electrónicas gratuitas que se crea uno mismo con nombre falso y, ni corto ni perezoso, lo mandé a todos los empleados de la fábrica, desde los ejecutivos del sancta sanctorum hasta los encargados de la carga y descarga de camiones en el patio, incluida la suya y la mía, por supuesto. Pero lo hice de modo que no pudiera leerlo antes de llegar a la oficina.

La venganza es un placer del que ni siquiera los dioses han querido prescindir, provoca una satisfacción intensa y duradera. Cada cual considera como única justicia verdadera la suya propia y cuando consigue concatenar una serie de acciones que den como resultado último el cumplimiento de la misma, relacionada, por supuesto, con una sensación de poder, de dominio del entorno y de los infelices que han osado oponerse a ella, que han pretendido hacernos daño, entonces conoce una exultación inenarrable, que es preciso prohibir, por cierto, como cualquier otro placer desmesurado. Pero la maldad debe ser castigada, humillada, especialmente la que es dirigida contra nosotros.

Lo único que me restaba por hacer era no perderme ni uno solo de los detalles que prometía aquel día resplandeciente, en un mundo que rebosaba sol y perfumes y cantos de pájaro. Atendiendo a los cuales, debo confesar que nunca he presenciado una metamorfosis comparable en un ser humano. Entró como un pavo real, cual solía hacerlo, y salió como una mariquita, silbada por la dotación en pleno de la descarga. La noticia había corrido como la pólvora. Antes de que él lo supiera, todo el mundo a su alrededor estaba al corriente. Yo adopté, de puertas afuera, como tantos otros, la actitud consistente en un mutismo cariacontecido. Sin embargo, en mi fuero interno, la gran preocupación era que no se desbordara una carcajada homérica que se iba inflando peligrosamente a medida que pasaban las horas. Hubo otros, menos discretos, que provocaron algunas fricciones por aquello de me has mirado de una manera rara, hoy no me gusta en absoluto tu sonrisa y ¿tendré yo monos en la cara o qué? Así hasta que el mismo que le prestara su chalet en la montaña para sus proezas de macho, le sugirió que consultara su correo electrónico. Cuando lo hizo, se le coló en el cuerpo la pestilencia de un mal aire que le adscribió la propia palidez de un cólico hepático. Noté que de repente le había crecido la barba y se le habían hundido las mejillas. Salió precipitadamente, sin mirar a nadie, tambaleándose y tropezando con todo, como un borracho, o peor, como alguien a quien han inoculado el veneno de la muerte, para ya no volver más. Tras su paso se arremolinaba el mismo tufo con sabor a musgo que esparcen los coches fúnebres. Mientras presenciaba esa retirada atroz, no pude evitar un breve escalofrío. Pero se lo merecía, me apresuré a musitar para el cuello de mi camisa.

A los dos días nos enteramos de que, al llegar a casa, se había colgado de una lámpara.

Entonces ya pude decirle a mi mujer que la dejaba para siempre. No protestó. En su mirada podía leerse con toda claridad la interrogación ¿has sido tú, verdad? Con la mía procuré responder ¿quién iba a ser si no? Pero nada de eso fue dicho con palabras. Di media vuelta y sin coger ni una sola prenda me fui.

























DIEZ HISTORIAS CON PUNTO Y FINAL.





La idea confusa de que iba a encontrarse con esa mujer le hizo adentrarse por entre las banderas del 16 de febrero. Una insensata pero intensa y palpitante llamada, a la cual era incapaz de hacer frente. No era éste ciertamente el lugar más propicio para coincidir con una dama ; pero fue aquel tumulto, semejante al del 14 de abril, ese bullicio expectante, lo que abrió la reminiscencia.

La muchedumbre se dirigía a la plaza para escuchar el discurso del nuevo alcalde, don Jaume Palau, después de haber paseado y gritado su triunfo hasta enronquecer por todas las calles de la ciudad.

Notó que algunos rostros le eran hostiles y hasta le pareció oír diluida en medio de toda aquella confusión, entre las consignas de venganza y de guerra, alguna que otra imprecación : « ¿Qué haces tú aquí, Pepe Colliure ? Vete a casa fascista. No es tu fiesta.¿Quién te ha dado vela en este entierro ? Vete a casa. Cuando se nos acabe la resaca, veremos….Te costará la torta un pan. » Pepe sentía el bulto de la Star 9 milímetros bambolearse en el bolsillo de su abrigo.

Caía una lluvia tenue, constante, por lo que abundaban los paraguas y los capuchones de hule. Sus ojos, pequeños y vivos, escrutaban con inquietud. Resultaba difícil reconocer los rostros que le circundaban, cubiertos, entapujados o chorreantes. Los enormes gonfalones rojos de la revolución atajaban la visibilidad hacia numerosos puntos.

Ya en la plaza, distinguió a una mujer alta y esbelta, cubierta la cabeza con una almocela negra de tafetán doble. Avanzó hacia ella apartando a la gente a manotazos. Cuando ya estaba muy cerca, la mujer se volvió desplegando para él la sonrisa más bella de toda Sajará. Era María Masanés, rodeada siempre, asediada por el elemento masculino. Musitó algunas palabras de salutación y siguió avanzando.

El alcalde y su comitiva hicieron su aparición en el balcón de la casa consistorial, con lo que la marea humana empezó a crepitar en sucesivas salvas de aplausos ; seguidamente, de un modo desordenado, se gritaron consignas y se entonaron canciones que se iban superponiendo las unas a las otras, hasta crearse una atronadora cacofonía, expresión únicamente del inmenso júbilo liberado por las masas, humilladas durante tantos siglos de inquisición y de garrote vil.

« Traidor, fascista. Esta vez os tocará a vosotros segar los márgenes del infierno. » Las banderas y las pancartas eran agitadas frenéticamente por manos robustas, crispadas sobre los palos como si fueran mangos de navaja.

Pepe se volvió para tener una visión panorámica del espacio que había dejado a sus espaldas. La lluvia arreció de nuevo, de manera que no le sorprendió que María Masanés apareciera ahora anónima, por completo cubierta la cabeza con su enorme capuchón negro. Y sola. Pero ello no es posible, pensó enseguida, María Masanés nunca se encuentra sola. En efecto, a sólo unos metros más a la izquierda estaba ella, escoltada por su corte de hombres ansiosos, desafiando el chaparrón con la cabeza descubierta.

Un escalofrío terrible le sacudió todo el cuerpo cuando sus ojos le devolvieron la imagen de la otra encapuchada. El corazón no paró de darle vuelcos mientras ella se iba descubriendo lentamente, hasta que apareció un rostro de tez pálida como el de una figura de nácar, cuyo cuello ceñía el negro paño arrebujado, componiendo ambos una suerte de oxímoro visual, una elipsis tan extrema en la escala cromática que pareció alterar su percepción ocular, aumentando la intensidad y el colorido de los objetos, suprimiendo la actuación de los otros sentidos.

Sólo sabía que el alcalde había empezado su alocución, mas su cerebro no podía registrar de ella ni una sola palabra. Únicamente le era dado contemplar aquel semblante enmarcado de bucles dorados. Sereno esta vez y severo.

Una mujer que, aquel lejano 14 de abril, mientras se despedía desde la portezuela del tren, ya le había parecido irreal. Pero el viaje a Valencia fue cierto como el entumecimiento mismo de sus músculos al bajarse del coche.

Allí, en medio de la plaza rebosante, su mirada fija era sólo para él ; su belleza sobrenatural, pánica, también. El deseo tiránico y profundo que llevaría a un hombre hasta las puertas del infierno gobernaba todo su ser, así es que avanzó hacia ella. Sin embargo, aún no había dado el primer paso, cuando la dama, cubierta la cabeza de nuevo, se escabullía ya entre la multitud.

Siguiéndola, empezó a dejar atrás con alivio aquel compacto mare mágnum. Su manto negro se ocultó tras la mole de la iglesia de San Pedro y cuando, a su vez, dobló la esquina ya no la vio, pero supuso que había enfilado a través de la calle que corre por el otro flanco del templo. En efecto, tuvo el tiempo justo de ver cómo desaparecía su silueta por una bocacalle perpendicular.

No se atrevía a correr porque, aún por aquellas callejas habitualmente solitarias, esa noche pasaba gente, atraída hacia el centro como por una parranda descomunal y colectiva, con una ansiedad semejante a la de las fiestas patronales. De este modo, en cada encrucijada apenas alcanzaba a ver la dirección que tomaba la dama. No obstante, a medida que avanzaban por la maraña de calles, cada vez más estrechas y oscuras, los testigos comenzaban a escasear hasta que no hubo ni un alma. Entonces Pepe corrió.

Demasiado tarde. La joven desapareció a través de una puerta que exhalaba una luz tenue y amarillenta, la cual sin embargo permaneció abierta.

Sin pensarlo dos veces, se coló de rondón encontrándose, de manos a boca, con la hética circunspección de un cadáver encajado en un ataúd somero, cuya tapa reposaba, de pie, contra el muro del fondo. La desmayada luz que había visto desde fuera venía de cuatro velas colocadas en las esquinas del catafalco que sostenía el féretro, bajo la cual se incrementaba la palidez cerosa de aquel rostro sereno pero de una humanidad inverosímil ya.

Tratando de refrenar el jadeo, sintiendo de repente la sensación de las ropas empapadas, aterido, iba poco a poco haciéndose cargo de lo absurdo de la situación, cuando una mano leve se posó sobre su hombro. Sin volverse supo que esa mano era la de ella. Y también supo que el momento de averiguar si era una mujer de carne y hueso o un fantasma había llegado. Pero por el instante su cuerpo estaba paralizado, sus músculos no le obedecían.

-« Contempla el rostro de la muerte…… contempla el rostro de la guerra…… más allá del cual no hay nada, excepto el olvido ».

La voz era dulce, como la caricia que aún persistía en su hombro.

Cuando empeñó toda su voluntad en darse la vuelta y no pudo, comprendió que de nuevo estaba viviendo un sueño. El 16 de febrero había pasado, sus ecos corrían ya a grabarse en los cilindros de cera de la historia. Además, alguien estaba llamando a la puerta. Cerró los ojos en un desesperado intento de sintonizar con la onda perdida pero fue en vano, el inapelable fundido en negro se había operado.

Los golpes en la puerta persistían y Consuelo se hallaba despierta. Abrió los ojos, comprobando que era noche cerrada. Se levantó.

-Soy Juan.¡Abre de una vez !

Tras la puerta estaba, en efecto, Juan Fábrega solo. Le bastó con verle los ojos desorbitados para comprenderlo todo.

-Los anarquistas de Alcira están de camino, sabemos que vienen con la pretensión de saquear las iglesias de Sajará. Sanromá confía en ti para que organices la defensa de San Pedro. Allí todo el mundo espera tus órdenes.

-¿Qué hora es ?

-Las cuatro y media pasadas.

-¿Hace mucho tiempo que salieron de Alcira ?

-No.

-Bien. Voy enseguida.

Consuelo, que no había oído nada de la conversación, quiso levantarse para preparar el desayuno, pero él la retuvo en la cama asegurándole que tomaría un café con leche en cuanto pudiera.

Apenas tuvo que caminar doscientos metros para llegar a la explanada de la iglesia, donde se encontró con menos de una docena de hombres, todos ellos armados con los fusiles Mannlicher que les había entregado Sanromá. Comprobó que la puerta estaba cerrada y mandó que la abrieran. Rosendo y Ernesto Gisbert se dirigieron a la rectoría, justo enfrente.

-Que venga alguien a abrir –les dijo-, vosotros dos os apostáis en la terraza y no disparéis hasta que yo no lo haga. Sobre todo evitad que las balas alcancen los neumáticos.

Seguidamente distribuyó a los demás. Dos en lo alto de la casona que se hallaba en el lateral de la plazoleta, uno en el edificio de correos para cubrir la otra puerta del templo, otros dos en el campanario. Delio Sempere y Juan Fábrega con él en el atrio, guardando la entrada principal.

Don Alejandro Perfecto bajó con las facciones gruesas de quien acaba de ser despertado y con una llave enorme en la mano.

-Procura que no haya muertos, Pepe.

-Se hará lo que se pueda, don Alejandro.

La puerta se abrió con un chasquido que resonó en toda la plaza, pero después giró silenciosamente sobre sus goznes.

-Ahora váyase a casa, don Alejandro. El resto corre de nuestra cuenta.

Don Alejandro Perfecto obedeció.

Hacía frío y los tres hombres se refugiaron en el zaguán. Ante ellos el antuzano, como un mausoleo, se llenó de un silencio glacial. Pepe ofreció la petaca y el papel. Los otros dos aceptaron. En la penumbra, el humo blanquecino ascendía majestuosamente hacia el elevado techo del vestíbulo. El tiempo comenzó a deslizarse lentamente, escandido por campanadas solemnes, que sonaban cuando se había dejado ya de creer en ellas.

-Alguien se acerca –susurró Delio-.

En efecto, un ciclista aterido, con la boina calada hasta las orejas, apuntaló con el pedal la bicicleta sobre el bordillo de la acera, subió de un salto el escalón de la explanada y avanzó hacia ellos.

-Los camiones acaban de pasar por Corriola. No tardarán en llegar.

-Bien. Aquí estamos listos.

El hombre dio media vuelta, montó y se fue por donde había venido.

-Espero que no se les ocurra tirar sobre las bombillas –susurró Pepe.- Si lo hacen, cerramos las puertas y nos apostamos arriba.

Todo estaba dicho, ahora sólo cabía escrutar el silencio para captar el ronroneo de los motores, o los primeros tiros provenientes de otras iglesias. Aunque lo más lógico era que lo hubieran planificado para asaltar todas al mismo tiempo.

Durante aquellos largos minutos recordó las escaramuzas de la guerra de África, el silbido de las balas, los gritos de los heridos, el rostro de los muertos. « Contempla el rostro de la muerte…. contempla el rostro de la guerra…. más allá del cual no hay nada, excepto el olvido ». “Yo no estaré del lado de nadie. Pero estaré en contra del primero que la chingue”. « ¡Vete a casa, fascista ! No es tu fiesta. ¿Quién te ha dado vela en este entierro ? ». ¡Yo no soy fascista ! No sé lo que es ser fascista, pero aquí el que la hace la paga. El caos no es revolucionario, la dignidad humana aborrece el caos. La naturaleza aborrece el caos. « Excepto el olvido… ». ¿Qué querrá decir “excepto el olvido”?

-Ya están ahí –anunció Juan Fábrega.-

Pepe aguzó el oído registrando el ámbito acústico de la ciudad durmiente, hasta reconocer el zumbido lejano de los motores. Avanzó para situarse en un lugar bien visible y aguardó con la mirada fija en el límite del plano perpendicular del muro tras el cual, lo que todavía es inquietud adquiriría su bulto definitivo, irremediable. El rumor de los motores se percibía cada vez con mayor nitidez. Súbitamente comprendió que estaban atravesando la Plaza de la Constitución. Una luz amarilla se proyectó a lo largo de todo el bastidor del zoco hasta cebarse en los pomos y chapas dorados de una puerta situada en el extremo opuesto.

Uno, dos, tres camiones entoldados cruzaron la línea. Pepe Colliure hundió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó la Star, con la otra exhibió un cargador, procediendo a montar teatralmente el arma. Los camiones frenaron de sopetón en medio de la plaza mediante un único chirrido. Hombres armados de fusiles bajaron sin tardar, parapetándose detrás de los vehículos, ya que una voz había corrido :

-¡Cuidado, llevan armas !

Entretanto, Pepe había vuelto a buscar refugio en la oscuridad del zaguán, protegido como los otros por dos pilares que flanqueaban la puerta. Desde allí previno a los recién llegados con una voz que debía sobrepasar el tableteo de los motores :

-¡Estáis rodeados, si queréis evitar un baño de sangre salid pitando !

Se abrió el paréntesis de un silencio denso, durante el cual debió prevalecer entre los asaltantes la opinión de que, habiéndose planeado la operación la noche anterior en el más absoluto secreto, podían desechar la hipótesis de una emboscada. Por el contrario, una pequeña guardia de tres hombres era plausible, casi consecuencia lógica de la actual situación política y de orden público.

Alguien hizo restallar un grito :

-¡A la carga !

Los atacantes que surgieron de los dos primeros camiones se dirigieron hacia la puerta de la iglesia, mientras los del último trataron de buscar la protección del flanco de ésta y ganar quizás la puerta lateral.

Simultáneamente Pepe había gritado la orden de abrir fuego. Poniéndose él mismo a accionar, con tiento, deteniendo la respiración, el gatillo de la Star hasta vaciar el cargador.

Las balas parecían llover desde todos los puntos de la plaza y fueron numerosos los que se hundieron de inmediato, víctimas del fuego cruzado. Los demás, de hecho, hicieron poco más que dar la vuelta a los camiones, buscando otra vez el abrigo que éstos ya no podían ofrecerles. Las bajas continuaban por lo que Pepe tuvo que gritar con todas sus fuerzas el alto el fuego.

De debajo de los camiones alguien replicó :

-¡Echad abajo las puertas !

Lo que desencadenó de nuevo el tiroteo por unos instantes. Nuevas víctimas yacieron sobre el suelo.

Al fin la misma voz ordenó la retirada :

-¡A los camiones, pronto !

Se fueron de estampida, dejando el empedrado lleno de muertos.

No tardaría en empezar a clarear. Pepe salió a contar los cadáveres. Eran diez. Diez historias con punto y final.











FABULA DE OTOÑO.





La gravilla comenzó a crujir bajo las ruedas como si perdiera un empuje del mar, al internarse el coche en el estacionamiento del cementerio. Era un crujido blando de humedad, discreto, respetuoso con los muertos. El granito de las cruces y de las sepulturas e incluso el dorado de las inscripciones aparecían mates por impregnación del gris caído de las nubes. Pero no hay que pensar en la muerte, ni aun en los cementerios, cuando la vida se quita el sombrero para saludarle a uno. Mejor sería no pensar en nada, si ello fuera posible. Se quita el sombrero y saluda, aunque siempre con ironía, claro. Incluso cuando nos presenta su cara más radiante, vemos que no renuncia al brillo maligno de la reticencia. Mira cómo sé tenerte preso. Observa cómo no eres sino un juguete entre mis patitas. Y uno está siempre preguntándose qué diablos puede hacer para componer las cosas. Pero no hay que pensar en nada, cuando se está en la vecindad de un cementerio, ante la mirada atenta de las cruces y los ojitos perspicaces que escrutan desde las fotografías de los difuntos, aunque la muerte propia pueda parecer un acontecimiento lejano e improbable y la vida se quite graciosamente el sombrero para sonreírnos. Hundió casi los faros en el seto de haya blanca, cortó el contacto del motor como hubiera querido interrumpir el flujo de su conciencia y antes de quitarse las gafas para depositarlas sobre el salpicadero miró la hora. Será tarde cuando termine el recorrido. De todos modos ya es tarde para casi todo y sus ojos harían mejor en tratar de adaptarse a la noche. Cerró la puerta y echó a andar haciendo rechinar la gravilla bajo sus bambas, con un crujido todavía blando de humedad, cual si se escapara el agua del mar entre sus pies, mucho más discreto y respetuoso con los muertos. No iniciaba la carrera enseguida, al pie de las tapias, por deferencia hacia los muertos, aunque quizá ya no estén, mas se hallan sus símbolos esparcidos, derramados, las coronas y flores resecas, las lápidas mates, pardas, a lo largo de todo ese campo de desolación y olvido. Tú no debes pensar en nada, pero tienes que respetar los símbolos. Recordaba el tratamiento que solía acordarles Juliana a los difuntos, cuando la acompañaba a visitar la tumba de su marido : a « ellos » esto les gusta, esto otro no les gusta…. Suspicaces residentes, buenos conocedores de sus derechos. No en vano la bandera republicana ondea junto a la cruz. Y vosotros sois los habitantes de la commune del más allá, pero no debéis tomar a mal esto que os digo, pues no es una broma perversa. Juliana, un cœur simple, un hilo de voz, un corazón de muñeca en un cuerpo que le pedía ya catar la sal del olvido, el arte complejo de una afabilidad permanente. También ella se encuentra ahora del otro lado de la tapia, con su mirada escrutadora y benevolente. No dejes que los recuerdos estraguen tu corazón pues lo necesitas aún para la vida. Sólo has venido a correr, puesto que deseas presentar batalla al tiempo. En efecto, no todas las guerras fueron hechas para ser ganadas, muchas de ellas se declararon por una simple cuestión de principios. Tú debes sentirte orgulloso de vivir en continuo estado de excepción, siempre alerta, con las armas en la mano. Ahora ya puedes iniciar la carrera y procura no sentir demasiada lástima por ti, no es bueno, sobre todo cuando uno ha apostado por la vida, al menos durante algún tiempo, ya que la tiene de cara, ya que tiene la bondad de quitarse el elegante sombrero de plumas y sonreírle con deferencia, por más que todos tus miembros acusen al comienzo el trabajo intenso de los días anteriores. Siempre ocurre lo mismo, los preludios suelen ser laboriosos. Las llagas, las ampollas, los amores, los duelos, las rupturas, hasta las palabras, duelen un poco al principio, pero luego se aplacan. Esto hay que saberlo. Si uno tiene la certeza de ello, es fuerte, aunque sea frágil. A ti ya no te importa ser fuerte o frágil, ahora sólo te interesa saber qué diablos quiere de ti tu destino, por qué te solicita aún, por qué quiere mantenerte en vilo hasta el último minuto. Desaparecieron las agujetas, has entrado en calor, alarga ahora las zancadas. No te preocupes si castigas en exceso tu cuerpo, porque se lo merece. También él te ha jugado a ti malas pasadas, ha hablado más de la cuenta en numerosas ocasiones, ha revelado tus secretos, ha dicho incluso lo que no hay. Y cuando no ha podido más, ha prevaricado, ha difundido infundios intolerables sobre tu persona. Ahora está bien que sufra. Déjalo estar. Olvídate de él. Corre. Y calla. Si pudieras no pensar. Si al menos pudieras no dejarte impresionar por el engañoso empaque de las palabras y admitir de una vez por todas que no son sino oropeles en las ferias, pacas de niebla en el vacío. Las hojas resecas del otoño, los árboles entreverados y los árboles encendidos y llameantes del otoño, con sus hecatombes de despojos por el suelo, como una universal resignación a la taxidermia. Pero el espíritu debería evolucionar de la misma manera, sin dejarse impresionar por los decorados de circunstancias, sin veleidades retroactivas. Pronto el viento se llevará todo tras de sí, hojas y palabras, dejará inertes las ramas y los labios, desiertos los caminos, las conciencias y habrá sido inútil el sufrimiento, el deseo e incluso el miedo. Entonces alzó los ojos y lo vio cruzar el camino, de izquierda a derecha, como se debe para que el presagio sea fausto, orgulloso y hético como un chambelán. « -¡Mon Dieu, que tu es beau ! » -exclamó con una voz que se le antojó ajena, de tan indeliberada como fue la reacción que la hizo surgir.-

Sin el menor indicio de precipitación, la visión cruzó la linde del bosque y se adentró unos cuantos pasos, pero desechando intentar siquiera la ascensión del talud.

Él siguió corriendo, preocupado de nuevo por no hollar en exceso la amarillenta y crujiente nieve del otoño, el camino como de retablo, cubierto por un rebujo de telas recamadas y encajes. Demasiado bello todo para ser tocado, demasiado reventado en jalde para no amenazar con abatirse, venir a dar suavemente en el suelo, con sólo el aliento irregular de un corredor irreverente, desatinadamente absorto, descuidado con lo único que de verdad cuenta, el misterio del tiempo, sus guiños y sus huellas, su precaria estabilidad, la amenaza permanente de la podredumbre. No, declino la prerrogativa de alimentarme con carne que nutre hermosa pluma, ni deseo que la sangre altiva se apague en mis cenizas, me niego a ser cómplice del rito que inmole la llama de tus galas y renuncio de antemano a la hipóstasis del dios devastador e implacable. No temas, aunque yo esté a tu lado. No tengas miedo, aunque yo esté contigo, pues desde hace mucho abandoné la pretensión de ser el señor que reina sobre la destrucción y la muerte, resignándome a mi vez a la decadencia y al olvido. Una barrera de palabras, en efecto, como un retazo de niebla ocultando algo cuya capital importancia no se nos escapa en absoluto. Fin del recorrido. Vuelta.

Corre, tus músculos están calientes ahora, alarga la zancada y procura no prestar demasiada atención a la reverencia chacotera. Un juguete, una pelotita de lana, un muñeco, eso es. Pero el pensamiento no está hecho para auto envenenarse. Pisa fuerte, a ver si retumba el suelo, disimúlate tu propia fragilidad pues tu carne es débil y tu espíritu podría evaporarse en una vaharada de bestia que salta en la espesura. El pensamiento está hecho para la prestidigitación, para fabular eternamente fundido con la palabra. Corre. Procura no pensar en nada, si puedes. Oigo escarbar en la hojarasca. No es posible que continúe ahí. Me sigue. O me persigue. Su trayectoria es paralela a la mía, él dentro del bosque y yo fuera, halando camino. Corre casi a mi lado, apenas dos metros nos separan. Procuro no mirarlo, temiendo que una curiosidad demasiado impertinente rompa el hechizo. A mi derecha se extienden los pastos de la vega donde, lejanas e indiferentes, rumian las vacas. Tan sólo algunos manzanos aislados esgrafian oro sobre verde. De cuando en cuando tomo conciencia del graznido agorero de los cuervos, de su parsimonioso vuelo, de sus frecuentes y pesadas caídas. Espectáculo de druida. Que no mengüe tu atención durante las tardes más cargadas de presagios. No dejes que te distraiga la aparente caducidad de la estación, con sus leves soplos engañosos, con el sigilo de sus auras silenciosas, con su entretejida maraña de filamentos dorados y purpurinas, pues en cualquier momento puede atronar el aire un disparo. La caza está abierta.

En el colmo de la osadía, bajó al camino y se puso a correr a su lado con una desconcertante familiaridad, con el gesto distraído del colega que, de repente, sin tomarse la molestia de dar explicaciones, deja languidecer la conversación para concentrar su mente en el esfuerzo de avanzar a buen ritmo. Cierto que los faisanes que suelen encontrarse por estos pagos han sido criados en granjas y luego abandonados en parajes aparentemente agrestes, para que el cazador encuentre al menos alguna pieza al alcance de su pericia, pero aún así, semejante actitud no dejaba de ser insólita, incluso para un faisán de granja.

De este modo, con el recelo desmochando ya la veracidad de su percepción, abandonó el camino principal y tomó, a la izquierda, otro más estrecho que ascendía el talud, adentrándose en el bosque. Allí, la sorprendente ave se entregó a una operación inimaginable. Procuraba quedarse un poco rezagada para después abalanzarse rauda y golpear con las alas las piernas del maravillado corredor. Subió y bajó el talud varias veces, entretenido en tales escaramuzas. A la tercera, tendía el brazo y el faisán subía por unos segundos a la mano, estrujando con sus uñas aceradas la carne desprevenida hasta provocar un reguero de sangre que se infiltraba por la bocamanga o goteaba dejando sobre la hojarasca relucientes mojones de grana. Un amigo hace sufrir tanto como un enemigo. El dolor nacido de tu aparente fragilidad revela que el mundo no es todavía un aula de disección desierta y que siguen existiendo cosas cuya importancia está por encima de nuestro miedo. No es fatuidad la altivez que pone en la balanza vida de un lado y muerte del otro, ni es insolencia el arrebato que nos lanza a una lucha perdida nada más que por una cuestión de principios ; siempre hay detrás de ello un orgullo ancestral, incapaz de renunciar a lo básico, que certifica y extiende nuestra inveterada ejecutoria sin la cual nada es posible, ni tendría sentido. No ser refrenado por lo máximo, dejarse retener por lo mínimo, divino es. Sublime entonces ese impulso tuyo, tan sólo para recordarme que soy humano y que sigo aspirando a estar vivo. Sí, la vida nos hace guiños de complicidad incluso al borde del abismo. Ven, sube otra vez a mi mano, mantén arrogante el porte, no puedes ser real, pero bien sé que tu gesto es un mensaje de amistad y confianza, aprieta sin miedo, la sangre es lo más espiritual que contiene el cuerpo del hombre, con ella sellaremos un pacto indeleble. Acércate otra vez, no temas, pues yo estoy contigo.









































DEVORATOR.





Camino por el andén con el convencimiento cumplido de que el tren situado a mi derecha es el mío, así como de la inminencia de su partida. La inmensa bóveda de medio punto que se extiende en las alturas, delimitando un vasto espacio interior muy por encima de mi cabeza, está llegando a su fin y el sol de mediodía cae a plomo repentinamente, cegándome un poco al principio, propulsando después mi visión hacia delante, como si me hubiera impuesto la obligación de alcanzar todos los detalles de la perspectiva, examinarlos con la minucia propia del orfebre, cada puerta y cada ventanilla de la hilera infinita de vagones a diestra tanto como a siniestra, los rostros y las espaldas de los viajeros yentes y vinientes, cada ventana y cada balcón con su respectiva barandilla de hierro forjado incrustados en las fachadas de los edificios colindantes, como si pesara sobre mí el compromiso de perderme en aquel retazo pavonado de cielo, sorprendentemente oscuro por encima de la eclosión de tanta luz, desgajado de la degradación que conduce a las claridades de los bordes, invisibles desde donde estoy, en el cual parece reinar la angustiosa opresión de la nada. Llevo el abrigo abierto y el manteo negro ondea ligeramente junto a mis pies. La sensación de pesar muy poco, contraria a la habitual ilusión de que el calor adensa los cuerpos enervándolos, yergue el mío como un virote. Se trata de una mañana tan espléndida que la plenitud y el agobio se confunden, mezclan sus aguas turbulentas creando una espuma albugínea, hirviente, reverberando en el agitado fondo de la conciencia con un resplandor demasiado intenso, alucinante.

De vez en cuando echo un vistazo a la derecha, hacia el interior del tren, para comprobar que los vagones siguen repletos de gente, sentada y de pie. Quizá más allá, los últimos, o más bien los primeros, contengan aún asientos libres. Llama la atención el empaque del tren, su silueta aerodinámica, su precaria, engañosa, serenidad de bestia veloz y me extraña que haya sido afectado a una línea de cercanías. Todavía más me sorprende, empero, mi aplicación estúpida a contar los departamentos, a multiplicarlos por el número de ventanillas, a calcular la cifra exacta de plazas, a estimar… tengo que ejercer cierta violencia sobre mí mismo para arrancarme de esas operaciones inútiles, pero cuán apetecidas por mi cerebro, el cual se muestra goloso de ellas como si contuvieran vitaminas de las que siente carencia. Mas enseguida me veo evaluando el total de páginas contenido en la bolsa de libros recién adquiridos. Debo hacer un esfuerzo por calmarme, al menos hasta conseguir tomar asiento y encauzar entonces, de modo más conveniente, este prurito extraño en la lectura de uno de ellos.

A pesar de ir caminando tieso como una garrocha, con la mirada alta y el manteo negro ondeando junto a mis pies, presiento que algo no va bien dentro de mí, es como una impresión de bienestar que quiere transformarse de un momento a otro en malestar, una euforia excesiva, desaforada, que no pudiera sino resolverse en náusea. Sin embargo no tengo tiempo para realizar pesquisas, pues se produce un ligero tumulto delante de mí, también detrás. Una corriente eléctrica aplicada a la masa flotante de gente genera un recubrimiento electrolítico sobre los estribos de los vagones. Desconcertado, hago lo propio, me veo convertido en una partícula más, propulsada por el recién surgido vector de fuerza que lo arrastra todo a mi alrededor. Sólo entonces oigo la señal que previene del cierre inmediato de las puertas correderas. Consigo subir a bordo por los pelos. Reanudo la marcha en el mismo sentido, cuando una leve facilidad en el avance me anuncia la salida del tren. Afortunadamente no tengo que caminar mucho sobre esta alfombra voladora pues advierto enseguida asientos vacíos a mi derecha. Aliviado, me dejo caer en el que está más próximo a la ventanilla.

Los edificios van ahora demasiado raudos para que intente siquiera contar el número de ventanas, lo cual me reconforta un tanto. Hacia la izquierda del vagón percibo, no obstante, nueve mujeres jóvenes y una mayor, que bien podría ser su madre. Me observan calladamente. Al parecer, mi entrada intempestiva en el vagón ha interrumpido su plática. Procuro disimular mi aturdimiento levantándome, extrayéndome de mi abrigo, dejándolo cuidadosamente en el asiento adyacente, asomándome al interior de la bolsa cual si fuera saco de provisiones, lo que es en cierto modo, y eligiendo un volumen al azar, pero eso ellas no lo saben, cedo ante el apetito de mi cerebro. Sin embargo, nace de inmediato otro poderoso centro de interés. Finjo ahora concentrarme incontinente en la lectura. La estratagema surte su efecto pues al cabo de unos minutos reanudan la conversación.

Intento no escuchar lo que dicen, aunque el murmullo grato de sus voces me atrae poderosamente. Será tal vez la profunda configuración femenina de las mismas la que hace vibrar en mí una cuerda muy íntima. Y a juzgar por los fragmentos del coloquio que a pesar mío me llegan a los oídos, deduzco una inesperada ausencia de vulgaridad en el mismo. Aun así resisto la tentación de alzar la vista, levanto bandera de rebelión contra ese interés nunca antes percibido por el tapiz que el mundo despliega ante mí, por esa bandeja fascinante que ofrece el presente, como si no hubiera ya otros tiempos en la paleta. Verbigracia el futuro, respecto al cual mueven razón quienes afirman su inexistencia, si bien no es menos cierto que nuestros proyectos no son sino dolorosas proposiciones de futuro, esbozos de un tiempo que acabará tomando forma a favor o en contra de ellos. Vamos a ver, tómate como ejemplo a ti mismo sin ir más lejos, rememora tus aspiraciones más secretas. Reclino la cabeza y cierro los ojos. El blanco es completo, o peor, el negro es impenetrable y sin embargo estaba convencido de que…. El estrépito repentino de una puerta metálica me obliga a abrirlos. Realmente este tren se desliza sobre los raíles cual si volara entre nubes, el menor ruido sobresalta más de la cuenta. Es el revisor. En este caso la revisora. Mientras conversa amablemente con las diez mujeres, al tiempo que horada sus respectivos billetes, yo busco el mío. Me extraña encontrarme con una cartera nueva, crujiente, entre las manos. Alguien me la habrá regalado subrepticiamente y colocado con toda minuciosidad documentos así como las restantes pertenencias en su sitio, si bien la urgencia del momento me impide cerciorarme de esto último. Registro con calma todos los compartimentos pero no doy con el billete. ¿Será posible que no lo haya comprado esta mañana y haya hecho ya un viaje gratis? Cuando termino la inspección, constato que se ha apoderado de mí un innegable nerviosismo. Sobre todo porque la escena que se va a producir sin remedio deberá ser presenciada por estas damas tan distinguidas, cuyo juicio me inquieta, debo reconocerlo. Encuentro una cierta modalidad de consuelo al comprobar que llevo dinero líquido en cantidad más que razonable. Puesto en pie, comienzo a hurgar en todos los bolsillos, también en los del abrigo. Nada. Tomo asiento de nuevo, resignado. Ya se habrán percatado de mi cuita todos los del vagón. Incluida la revisora, por supuesto. Obtengo la seguridad de ello en cuanto se da la vuelta para dirigirse a mí, con sólo verle la expresión. Decido pues ahorrarle la pregunta de rigor.

-Mire usted, no encuentro el billete por ninguna parte. Tendré que pagar una multa.

-Desgraciadamente no veo otra solución.

Tras sacar una libretita, me pide el Documento Nacional de Identidad. Maquinalmente se lo doy como quien da un sello o el importe de un periódico y mientras efectúa las correspondientes anotaciones yo siento todas las miradas que operan en el departamento clavadas sobre mí, por lo que procuro no apartar la mía de ella.

-Tenga esto, es su recibo.

Lo guardo con la displicencia de quien, además, se ve obligado a conservar una prueba de su humillación. Hecho lo cual, busco de inmediato refugio tras el parapeto del libro. El silencio es ahora absoluto, confío en que irrevocable. Instintivamente miro por la ventanilla asegurándome que estoy viajando realmente en un tren de última generación, hendiendo los aires con misterioso sigilo, dejando tras de sí a lo sumo un ligero zumbido de flecha, mas como una mosca sobre el pastel me hallo de inmediato atrapado por el paisaje, viéndome obligado a designar cada uno de sus accidentes, carretera, vehículo, campo, arrozal para ser exactos, árbol, montaña azul, cielo más azul cuanto más arriba, como si los estuviera viendo por primera vez, acaso como si tuviera que nombrarlo todo antes de admitir su existencia. Somos palabra inextricablemente unida a carne, al menor movimiento de la misma, surgen vocablos cual si fueran emanación del calor de nuestro cuerpo, un humo indisociable de su fuego.

-¿A dónde se dirige usted?

Doy un barrido con la mirada hacia la izquierda para encontrarme con dieciocho ojos grandes y atentos, clavados en mí. Los de la madre, o quien quiera que sea, no. Ella aparece como ausente, mirando al frente, tal vez para marcar con esa actitud su desaprobación ante la curiosidad de la joven. ¿A dónde diablos me dirijo? Conforme voy bajando hacia el fondo de mi consciencia sin que el nombre salga a mi encuentro, va ganándome un pánico hasta ahora desconocido. Siento que mi vida patina como un automóvil sobre una placa de hielo y pierdo el control de la misma. Me estoy demorando mucho en contestar. Una de ellas me sonríe y creo comprender el significado de este gesto. Piensa sin duda que mi aturdimiento se debe a ignorancia respecto a quién dirigir mi respuesta. Un lapsus no es un hecho infrecuente, sólo que si afecta a la ciudad en que uno vive es sencillamente un desastre. Al fin llega ese nombre y me apresuro a articularlo:

-A Sajará.

-¿Sajará ?

La joven se queda perpleja y mira a su madre. Las otras bajan todas la vista. En el rostro arrugado de la vieja se añaden unos pliegues, otros se estiran. Sonríe. Juraría que ha sonreído.

Puesto que el silencio cae de nuevo como un cendal que nunca termina de llegar al suelo, doy por concluida la plática y vuelvo a mi lectura. Es un decir, miro sencillamente los surcos negros de letra impresa, pero en realidad estoy anonadado viendo cabalgar el miedo dentro de mí.

No puedo resistir la tentación de mirarla otra vez a los ojos para ver en ellos lo que temía, una tristeza profunda e inefable. Se levanta y desaparece. Su perfume denso permanece un momento conmigo.

Siento como si estuviera observando la carga de mi existencia volcada en una curva, desparramada por la cuneta, hundiéndose en el barro de los arrozales. Aguardo su regreso cual si se tratara del ujier que habría de traerme, en tanto que reo, la deliberación de un jurado con autorización de pronunciarse respecto a la pena capital.

Al rato vuelve y ocupa su asiento. Ahora ya no me atrevo a contemplarla. No me considero digno de ella. Estoy confuso, pero esa circunstancia no me permite olvidar que he caído en desgracia.

El tren aminora la marcha. La vieja se levanta y abandona el vagón. Las jóvenes la siguen en silencio.

Estoy solo. Sajará. Temo dirigir mi pensamiento hacia esa ciudad porque adivino lo que voy a encontrar, un vacío inmenso, un solar lleno de ruinas. Peor, de ripio.

Suena detrás el chasquido de una puerta metálica. Por la izquierda emerge el uniforme azul oscuro de la revisora.

-¿Hacia dónde dice usted que va?

-A Sajará.

-Siento lo de la multa, porque su buena fe está fuera de duda. Voy a proponerle algo. Si no tiene mucha prisa podría detenerse en la próxima estación, donde le pondré en contacto con alguien que está autorizado a quitársela en caso de que lo juzgue oportuno. Después podrá continuar en el siguiente tren. Los hay cada media hora.

Prisa no tengo ninguna. Voluntad para oponerme tampoco. Así es que doy mi conformidad.

-Muy bien. Vuelvo enseguida.

El sol produce destellos cegadores sobre el agua de los arrozales. Duelen las pupilas como si sufrieran molturaciones de vidrio, como si tuvieran dentro un fósforo encendido, por lo que encuentro algún alivio al cerrar los ojos. Es cierto, en Sajará hay un formidable vacío que no puedo colmar, qué digo colmar, ni siquiera amueblar con un solo detalle, y desisto.

Al apearme busco el cartel anunciador de la parada. Sueca. Jamás había oído hablar de tal ciudad. Sigo dócilmente a una mujer que ya no tiene fuerzas para disimular y calla. Me introduce en una sala de espera.

-Un momento por favor. Voy a ver si encuentro a alguien que le atienda.

Estoy en un subsuelo, la luz aquí es toda artificial, el moblaje exhibe una sobriedad elemental y atiende sin más a cumplir su función.

Sale un hombre bien vestido, cuya única semblanza con lo ferroviario radica en el color de su traje, idéntico al de los revisores de los trenes pero desembarazado de los paramentos de éstos. Es más bien bajo, rechoncho, con toda la parte superior del cráneo desarbolada. Me levanto.

-Tenga la bondad de seguirme.

Me introduce en su despacho, apenas algo más lujoso y abastecido que la sala de espera, pero amueblado en la misma línea.

-Siéntese por favor.

Lo hago con el vago presentimiento de que pronto tendré que volver a levantarme para escuchar mi sentencia de muerte.

-Esta mañana ha olvidado usted comprar su billete. No se preocupe, es más frecuente de lo que cree. ¿Cuál era su destino?

Mi destino.

-Sajará.

-Mire, le voy a ser franco. Sajará no existe. No solamente en esta línea, sino en cualquier otra de las líneas nacionales. No estaría yo aquí, hablando con usted, si no lo supiera.

Mientras arguye, sus dedos juguetean con un bolígrafo. Me mira con expresión afable, aunque apenada.

-¿Puedo ir un momento al aseo?

-Naturalmente. Faltaría más…

Se levanta a fin de indicarme el camino. Voy directo al espejo para darme de bruces con la confirmación de lo que había estado esforzándome por no admitir. He aquí la razón según la cual se infiere que mi pensamiento insista una y otra vez en devorar con tal avidez el presente, la explicación de ese entusiasmo irresponsable, de esa sensación de ingravidez, alacridad excesiva que daba miedo, antes de subir al tren. El pasado no existe y por lo tanto tampoco el futuro.

Al salir del lavabo encuentro que me está aguardando de pie, sus ojos menudos escrutan mi semblante en espera de reacciones, no de la causa que amenaza con provocarlas.

-No se reconoce usted, ¿verdad?

-No.

-Pierda cuidado. Le ayudaremos. Siéntese, hágame el favor.

Descuelga el auricular de un teléfono negro y comienza a componer un número. Todos tenemos un número, el cual debe permanecer secreto incluso para nosotros mismos, hasta que alguien lo compone o lo grita.











AURORA





Marcos Montseny empezó a componer muy joven su monumental historia de Sajará. Un trabajo documentado y serio en cuanto a sus fuentes, aunque salpicado aquí y allá por anécdotas salidas impúdicamente de su propio magín, bien que no carentes por otra parte de cierta verosimilitud ; orientado todo él, o las más de las veces, hacia conclusiones que pasaban por extravagantes en aquella época. La verdad es que, durante mucho tiempo, ni siquiera él mismo pensó en su publicación.¿A quién puede interesarle –decía- la historia de una ciudad que parece estar sumida de continuo en su laboriosa digestión cara al sol ?

No era fácil dejar de darle la razón porque entonces Sajará, o cualquier otra ciudad, en eso había pocas diferencias, no sólo no se interesaba por su historia, sino que no parecía hacerlo por nada, ni de este mundo, ni del otro. Así vivimos durante largos años. Recuerdo que trabajábamos o estudiábamos haciendo caso omiso del sol o de la lluvia que tamborileaba en los cristales. Los domingos nos poníamos de punta en blanco y salíamos a darle vueltas al parque de la estación, como el asno a su noria, aprovechando para vernos las caras con el rabillo del ojo, dejándonos morder enseguida por la culpa, igual que si hubiéramos pecado. Por la tarde nos íbamos al cine, procurando rezagarnos con cualquier excusa en cualquier parte, para eludir el NODO ; comprábamos en el bar las empanadillas y la limonada y avanzábamos a tientas hacia nuestra cita hebdomadaria con los « western » filmados en Almería, o las películas de romanos en cuyo cielo prístino aparecía, con nitidez palmaria, la raya caliza de los aviones a reacción.

Yo lo conocí por aquellas calendas, o algo más tarde; quiero decir cuando ya no íbamos al cine en pandilla, pero antes de que el contexto cambiara sustancialmente. Y debo confesar que me pareció un tipo extraño, no extravagante sino raro, emboscado en sí mismo y bastante torpe en sus gestos. Eso que no sabía nada aún de su historia ni del empeño titánico en el que, a fin de cuentas, no creía.

Vivía solo, frugalmente, en un pequeño apartamento cedido por sus padres, donde había residido la familia durante casi toda su infancia.

Alguna vez fuimos a buscarle. Si era por la tarde, lo encontrábamos siempre en una habitación algo exigua aunque sin llegar a producir agobio, las paredes forradas de libros hasta el techo, los cuales reposaban sin embargo sobre anaqueles sobrios, hechos de madera de pino al igual que la mesa sobre la cual yacían, encabalgándose, multitud de volúmenes abiertos. Se trataba de una pieza bien orientada, con muy buena luz y, dado que Sajará goza de un excelente clima, a menudo reverberante de sol, donde era grato demorarse. Especialmente durante las horas vespertinas de invierno en que aquella claridad caliente nos envolvía por completo. Sentados allí, mirando la campiña con las montañas de Corbera al fondo, daban ganas de alargar la mano para probar, en medio de esa paz eleusina, los frutos maduros de la ciencia del bien y del mal. Pero sus propias cuartillas las escamoteaba con un arte de prestidigitador.

Lo conocí por medio de un amigo común, Paco Villacampa. Un viernes por la tarde, cansado de darle vueltas a las diversas influencias de la yod derivativa, decidí salir de casa algo más temprano que de costumbre. Me encaminé hacia el local donde solíamos darnos cita los amigotes antes de enristrarnos en cualquier otra dirección, aún a sabiendas de que a tales horas no iba a encontrarme con ninguno de ellos ; por lo tanto, a medida que avanzaba por las calles desiertas, notaba cómo emergía poco a poco un cierto disgusto, ya que no me halagaba la imagen que muy pronto iba a dar, sentado solo en la barra frente a un martini seco con cubitos y un platito de almendras saladas.

Proverbialmente, al llegar a la entrada, me encontré con el tal Paco Villacampa, que venía con Marcos Montseny, de quien ya había oído hablar. Saludé a mi antiguo camarada de colegio y éste me presentó enseguida a su acompañante. Entramos juntos.

El « pub » estaba poco concurrido a esa hora prematura de la tarde, una iluminación discreta mostraba sin demasiada insistencia las mesas colocadas a lo largo de las paredes, había poco humo aún y una música no demasiado estridente terminaba de amueblar el local. Con una rápida ojeada, Paco comprobó que todos sus clientes estaban ya allí, aguardándole.

Parsimoniosamente se dirigió a la barra, pidió tres cervezas y algo de picar. Miró de reojo a Marcos, quien se hizo el desentendido. Marcos no era de los moralistas, de los encaramados a la escalerilla de mano de la virtud, pero se le notaba que asistía al entreacto menos atractivo para él por lo poco aleccionador. Cuando llegó el pedido fuimos a sentarnos ante una mesa.

Todavía no habíamos acabado de instalarnos, cuando se acercó el primero de los parroquianos, para mí otro viejo conocido, Eugenio Montés, ultrarradical de izquierdas y, sin duda alguna, el alumno más díscolo que jamás haya pasado por el viejo instituto. Ahora llevaba una perilla a lo Vladimir Illich y una perenne e irónica sonrisa a lo « carpe diem ». Paco le anunció enseguida que tenía algo especial para él. Lo de siempre, más algo especial. La sonrisa se transformó en risita convulsiva y acabó diciendo :

-¿Lo has conseguido, eh ? Bien. Bien…….¿Dónde la tienes?

-En el maletero.

-¿Funciona ?¿La has probado?

-Pues claro que funciona. Ahora mismo vamos y te enseño a manejarla.

-¿A mí ? A buenas horas….. No, mañana la probamos.

-Como quieras. Te he traído esto. Es lo tuyo. Ahora voy a por los otros.

-Bien, bien. Ve….

Paco se levantó y se fue directo al rincón del fondo donde le aguardaba una pareja, los dos muy jóvenes, cogidos de la mano.

El local ya no estaba tan vacío, la mayoría de las mesas aparecían ahora ocupadas y un ligero murmullo comenzaba a disputarle el protagonismo a la música. Eugenio se puso a contemplar, divertido, a Marcos.

-He leído tu último artículo en el boletín –le anunció.

El aludido no pareció inmutarse.

-¿Sí?

-Sí.

-¿Y bien?

-Una bazofia.

-No hay duda de que eres muy amable. Realmente no hacía falta tanta delicadeza.

Eugenio aceptó este punto de vista como si de verdad se tratara de un cumplido.

-Eso sí, muy bien escrito en la lengua de la ocupación.

-Cualquier lengua es buena, si se tiene algo que decir –contemporizó Marcos, mientras veía a Paco guardarse unos billetes en el bolsillo de la cazadora.

Eugenio disimuló mal la contrariedad que le supuso el fracaso de su provocación.

-¿Decir ?-añadió irritado-. ¿Acaso has dicho tú algo, alguna vez? A ti lo que te importa es que te lean, pero por lo que se refiere a la realidad…….

-La realidad me importa un comino a estas alturas.

-¡Bien ! ¡Muy bien ! ¡Así quería yo verte ! De modo que la realidad….

-Me importa una nuez foradada, ¡sí señor !

-Así quería yo verte….., ¡muy bien! Flamenco......

-Pues sí, ya ves. La realidad es para los que les gusta ver el partido de los domingos. Los demás, si quieren realidad, tienen que apechugar y fabricársela. Como tú.

-¿Yo ? ¿Estaré yo loco acaso?

-Como un cencerro.

Llegado a este punto, en que le pagaban con la misma moneda, la irritación de Eugenio fue mayor pero duró poco, pasó como un destello fugaz, apenas perceptible, por sus ojos, resolviéndose casi de inmediato en una sonrisa que parecía deportiva sin serlo, obedecía sólo a que había sentido el repentino y tentador acicate de la inspiración. Dio un largo trago de cerveza, sin apercibirse siquiera que ese vaso no era el suyo, sino el de Paco, quien seguía revoloteando más allá, entre las mesas, ajeno al expolio.

-¿Por qué ? ¿Porque estoy en el PSAN y creo que la revolución la harán los auténticos revolucionarios y no las hermanitas del Sagrado Corazón de Jesús ?

-En efecto. Por eso mismo y porque además lo sabes, y te inquieta, te saca de quicio cada vez que lo piensas….De ahí la opípara merienda de chocolate y coca que acabas de procurarte. La realidad tú te la meriendas, lo mismo que yo, salvo que a mí me cuesta mucho más barato. Unas cuantas cuartillas, un bolígrafo de vez en cuando…..

-Si así fuera, al menos yo no mentiría a nadie.

-Excepto a ti mismo. Tampoco yo miento en mis artículos, me limito a decir lo que en modo alguno puede ser, no lo que cabe esperar, que es nada. Además, se acabaron los artículos.

-Lo que suponía –risitas, y nuevo trago de cerveza-. Completamente pervertido, acabado. Estás con un pie aquí y el otro allá. Artista, en fin ; y los artistas lo único que sabéis es adoptar una pose antes de morir.

Con esta última frase era evidente que sólo conseguía salvar los muebles, pero él parecía muy satisfecho de sí mismo. O lo fingía….. Afortunadamente, aún no había terminado de hablar cuando se vio rodeado por cuatro señoritas, todas risueñas como él pero guapas y vestidas a la moda, al tiempo que Paco regresaba a la mesa.

-Las he invitado a tomar unas copas en Cullera. También nos fumaremos algunos canutillos…-dijo Eugenio Montés, mirando alternativamente a las recién llegadas y a Paco.-

-No sabía que tuvieras coche –repuso Paco, algo picado por lo de la cerveza, mirando alternativamente a Eugenio Montés y a las recién llegadas.-

-Pues claro que tengo coche : el tuyo.

Paco sonrió largamente mientras se encendía un cigarrillo. También yo contemplaba la escena regocijado, aunque no se me pasaron por alto las deprimentes ideas de Marcos Montseny, a pesar de que las hubo expresado con cierta distanciada y orgullosa frialdad.

-No cabremos todos en mi coche –dijo al fin Paco, tras exhalar una espesa bocanada de humo, y añadió dirigiéndose a Marcos.-Tendremos que pasar a por el tuyo.

-Bien. Vamos.

Una niebla húmeda y fría empañaba las luces y los cristales. Paco condujo en silencio hasta la calle en que vivía Marcos. Así es, reconocí, también yo prefiero la niebla por lo que tiene de excitante de la facultad intelectual sin reservas, de la curiosidad libre pero sin trampas, sin falsas salidas, como intuía que lo hacía Marcos Montseny : doble salto mortal, sin red.





En la playa de Cullera, Eugenio nos dirigió hacia un local que se llamaba « El salado río », cuyo dueño aseguraba conocer muy bien. Había poca iluminación, sólo unas tenues luces amarillentas tras la barra.

Nada más entrar, nuestro guía de los infiernos se fue directamente a saludar al propietario y, en efecto, éste le correspondió con evidentes muestras de agrado. Después de un prolongado intercambio de risitas y palmadas en el hombro, pidió, rumboso, dos botellas de champagne.

-De buena marca –añadió-, puesto que de todos modos paga la casa.

Sorprendentemente el patrón accedió. Si bien es verdad que sin mucho entusiasmo, tampoco interpuso demasiados remilgos.

Juntamos, pues, dos de aquellas macizas mesas bajas y nos acomodamos. Eugenio mismo hizo el servicio. Trajo las copas, luego las dos botellas. Las abrió, enviando sendos cañonazos a las tinieblas inciertas del fondo, aparentemente sin evaluar la posibilidad de que estuvieran habitadas, e « invitó » al dueño a sentarse con nosotros.

Es preciso reconocer que el champagne era de buena calidad. Ello nos puso a todos de un excelente humor.

Aquellas chicas constituyeron para mí un descubrimiento semejante al que debió maravillar al hombre de Neandertal la primera vez que se encontró con el « homo sapiens ». Tendrían fácilmente entre seis y ocho años menos que nosotros y no eran las mojigatas a las que estábamos acostumbrados. Lo estábamos, por cierto, sin darnos cuenta, porque nosotros lo éramos tanto o más que ellas. Estas eran poco más que unas adolescentes y se desenvolvían admirablemente entre hombres, con una naturalidad que liberaba de un nerviosismo que parecía ancestral. Sin embargo, cuando recordé por qué estaban allí, intuí que este intento, como todos los primeros intentos, corría el riesgo de abortarse.

Debimos invertir en ese lugar un tiempo considerable, que transcurrió de un modo engañoso a causa de la extraña euforia que nos embargó y que no parecía razonable atribuir exclusivamente a la sola presencia del champagne en nuestras arterias. No obstante, Eugenio decidió que el momento de ir a merodear por la playa había llegado.

Nos levantábamos ya cuando se acercó el patrón con el rostro compungido. Se quejó ante Eugenio de que éste había cogido, por equivocación, por un lamentable malentendido entre ellos, dos botellas de champagne francés de colección, que valían un Potosí. Eugenio supo consolarle de su destino trágico, pero en ningún momento propuso indemnizarle, ni siquiera de un modo simbólico, por su cuantiosa pérdida.

Salimos al fin, y casi sin esperar a doblar la esquina, estallamos en una risa cruel, cuyo sochantre fue, cómo no, el propio Eugenio, quien se desternillaba de risa hasta querer partirse en dos. A punto estuvo de asfixiarse. Eso en lugar de compadecerse, como debía, por la aciaga suerte de su supuesto « amigo ».

Llegados al paseo marítimo, nos sentamos en el pretil. Nuestro hierofante sacó el papel de fumar y se aplicó metódicamente a la tarea de liar el primer porro. Paco lo secundó de inmediato. A las chicas entonces les faltó poco para sentarse en sus rodillas. Excepto una de ellas, que parecía albergar una cierta curiosidad por Marcos. Se llamaba Elena.

Pronto empezó a circular el primero de los canutos. Cuando le llegó el turno a Marcos, rechazó cortésmente. Reconfortado por esta actitud, yo hice otro tanto.

Al cabo de tres o cuatro rondas, de las que Marcos y yo mismo nos abstuvimos empecinadamente, volvieron las risas, esta vez sin ton ni son. Miré de reojo a Marcos y vi que se aburría. Afortunadamente para él Elena lo advirtió y le dio conversación. Yo apuré mi tedio hasta mascar los posos. La noche raras veces decide exaudir el óbolo amargo que le consagramos. Aquella lo hizo sólo al final, permitiendo que se dejara descubrir la perla rara que nos seduce con sus brillos y compensa nuestro afán, concediendo un don que llegó, inesperadamente, bajo la forma de un relato. Una de esas historias que, empleando una fórmula consignada en algún pasaje de « Las mil y una noches », merecen ser escritas en el blanco del ojo.

Serían más de las doce cuando nos dividimos en dos grupos, los que querían irse a dormir y los que aceptaron seguir a Paco en la búsqueda de un antro perdido en la otra orilla del río. Yo, sin saber muy bien por qué, me incluí entre los últimos, quizás porque temí que al volver a casa me asaltaran los remordimientos y me viera obligado a sacrificarle aún unas cuantas horas al enjuto tomo de Menéndez Pidal. Marcos, Elena y Clara regresaron a Sajará.

En efecto, durante los dos o tres meses que siguieron, Marcos y Elena sostuvieron, digamos, algún tipo de relación. Sin embargo, cuando aquello pasó, como quiera que Eugenio insistiera en arrancarle algún comentario al respecto, lo único que le hizo decir es que « estuvo muy bien, pero no podía durar ».

Siempre me he preguntado cómo alcanzaría a compensar Marcos ese despego por las cosas. Cuando pienso en ello, resuenan en mi mente los versos solemnes de Manrique como un oficio de difuntos y, con ellos, me vienen a la memoria todos los tópicos medievales del « contemptu mundi », « vanitas vanitatum », etc.…., no obstante para aquellos hombres austeros existía al menos una consolación y una meta. La verdadera vida. Pero….¿cuál es la verdadera vida para Marcos Montseny ?

Volvamos, empero, a aquella noche. Conseguimos al fin, no sin dificultad, llegar a un chiquero situado en medio de la ciénaga, donde menudearon los porros y la ginebra. Tal vez fuera el cansancio incipiente lo que hizo disminuir la estulta hilaridad característica del cannabis, permitiendo que empezara a tejerse un esbozo de conversación por el que aparenté interesarme.

Fue sólo al final de la velada cuando a alguien se le debió ocurrir hablar de Marcos Montseny. Evidentemente a las dos chicas que quedaban les pareció un carácter arisco y algo raro, aunque después de todo no tanto como les habían asegurado.

-Lo que se dice raro-abundó Paco-, lo es un rato largo.

Entonces nos propuso contarnos una historia a propósito de Marcos, pero antes pidió una ginebra doble, con mucho hielo. Los demás le imitamos a pesar del elevado grado de intoxicación etílica que padecíamos, a lo mejor porque tuvimos el presentimiento de que algo insólito nos iba a ser revelado. O porque estábamos completamente borrachos y habíamos perdido todo control.

En cualquier caso, durante el transcurso del relato, hasta el réprobo Eugenio Montés permaneció serio y en silencio. Yo lo escribí a mi manera al llegar a casa, rasgando como pude los vapores del alcohol. Lo escribí con rabia. Más tarde, cuando adquirí algo de confianza con Marcos Montseny, recabé su versión y corregí algunos detalles, muy pocos. Le puse por título AURORA, una de las escenas contenidas en él me impulsó a ello, eso es todo, porque lo cierto es que, en aquella época, a pesar de los cambios políticos que se estaban operando, no veíamos ningún resquicio por el que pudiera llegarnos el menor atisbo de esperanza.





Idéntica certeza cruzaba la mente de Marcos Montseny a la misma hora, al mismo minuto casi, de la madrugada : -« Ya no es el tiempo del sueño –se decía ». Y a tientas se ponía la ropa sucia del trabajo que, tiesa, le aguardaba colgada del barrote de una silla. Tras el desayuno que consistía en un gran vaso de agua y un mendrugo de pan, dejaba su apartamento con una gran azada colgada al hombro.

Ajeno a la angustiosa y fría soledad de la calle, Marcos cruzó a la otra acera mientras la glauca, miserable luz del alumbrado público proyectaba sobre la parte baja de los muros de las fachadas, que rezumaba meados de perro, su negra sombra mineral de titán oscuro, de carguero recién aparecido a través de la densa niebla que circundara el puerto, la gran jeta, humeante y babeante, que abriera a las tinieblas una maldita ciudad norteña.

Tomó la primera calle a la derecha y después de caminar durante unos minutos alcanzó los postreros bloques de la ciudad. Allí la iluminación era muy deficiente. En las escotaduras de dichos edificios la oscuridad se remansaba, adensándose. Llegado al último de aquellos entrantes, un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, como todos los días, sin que el hábito fuera lo bastante para atajarlo, paliarlo al menos.

Al pasar junto a él, sintió casi su aliento tibio sobre el cuello y tuvo como el presentimiento del blanco de sus ojos desplazándose unos centímetros en su seguimiento, acompasándose a la velocidad con que su cuerpo atravesaba aquella abertura. Sin dejar de caminar esperó a que el acidulado brillo de un cuchillo mangorrero rasgara sus músculos y sus tendones, punzara sobre sus huesos.

Continuó avanzando sin que nada ocurriera, tampoco esta vez se había atrevido. Quizá más adelante, cuando ambos estén en pleno campo ; morir, matar en la fría calígine del campo abierto, de modo que el cadáver sea descubierto con mayor dilación. Esto lo pensaba todos los días a la misma hora, al mismo minuto casi, al sentir la vaharada sobre su cuello, al adivinar el blanco de sus ojos.

A partir de ese punto terminaba la acera, así que se bajó al borde de la calle y prosiguió la marcha. Se trataba en realidad del lugar preciso en que la calle se convertía en carretera, la ciudad en campo, pero no todavía el punto en el que Marcos Montseny dejaba la humanidad tras de sí. A mano derecha surgía una lamentable hilera de unas quince o veinte casas muy modestas, con una simple bombilla con caperuza de latón, a modo de sombrero chino, en cada una de ellas, por toda iluminación. Y por todo ornamento un olivo frente a cada casa. Un olivo para tamizar la amarillenta luz de cada bombilla. Una luz que parecía estar hecha de huesos antiguos . A mano izquierda había sólo unos desportillados almacenes dilatando su oquedad en la penumbra y al fondo, frente al último olivo, un viejo secadero de arroz.

Marcos caminaba junto a la larga fila de olivos percibiendo con toda nitidez los pasos del otro, muy cerca ya de los suyos. A veces andaban casi a la par. Ello fue, naturalmente, el resultado de un proceso ; un lento crescendo en la osadía. Un hábito adquirido con los días.

Tras la última casa y el último olivo, se adentraron en una oscuridad completa, una oscuridad de pegote de asfalto ; sólo quienes habían recorrido este trecho miles de veces podrían transitar por aquellos parajes en semejantes condiciones. Toda la cúpula celeste del hemisferio norte de aquella hora se hizo patente en lo alto con un brillo de níquel que sin embargo no lograba caer hasta el suelo. Apretó entonces el paso y pronto escuchó como respuesta el resuello de su perseguidor quien, no obstante, no perdía terreno.

Un rumor como de olas le indicó que la pequeña carretera por donde avanzaban pronto alcanzaría el cruce desde el cual continuaría, hacia la izquierda, jalonada esta vez por espesos plátanos de sombra que, desde allí, sólo podían percibirse con la entrada solemne de la brisa en su follaje. Por esa dirección se iba al cementerio. Su imaginación incontrolable echó a volar hacia aquella parte, trayendo consigo a su regreso el alto fragor de los eucaliptos y una instantánea del depósito de cadáveres tal como lo había visto en su infancia innumerables veces, durante sus solitarias correrías nocturnas, iluminado por esa deslavazada luz de hueso de muerto, esa misma luz inteligente y pobre, clorótica luz de después de una guerra, que había perdurado como recuerdo crónico de la desolación y que ahora dejaba atrás, lejos, donde ya se habían enfriado sus pasos. Hacia la derecha, a unos quinientos metros, se llegaba hasta la intersección con la nacional, situada justo en el arranque de la subida del puente. Pero casi en la línea recta delante de Marcos había un pequeño camino de tierra, bordado de hierba, por el que se adentraron silenciosos como dos peces de aguas profundas.

Ahora caminaban entre huertos de naranjos y la quietud era ya insondable. Sólo algunos mirlos, guarecidos demasiado cerca del camino, lanzaban repentinos gritos de terror que rasgaban el velo negro del templo que es todo hombre, antes de lanzarse en el corazón sin límites de la noche.

De pronto Marcos Montseny se detuvo, sentándose al borde del camino. Muy cerca de él oyó cómo un suspiro aplastó la hierba. Después de ello el silencio de nuevo, el silencio de las estrellas y los planetas y los agujeros negros ; el silencio elevado a la séptima potencia en el logaritmo de la tiniebla. Un silencio que aturde y vacía la mente como el sueño. Aquí el temple y la serenidad de los hombres, aquí todo su valor y todo el desprecio hacia sí mismos, para no llenar con un grito el inmenso vacío del alma y del universo.

Lentamente el cielo recorrió todos los matices desde el negro hasta el azul y las estrellas comenzaron a perder su brillo. También la presencia a su lado pasaba a convertirse en silueta, más tarde distinguió de nuevo el blanco de sus ojos, seguidamente fueron apareciendo las facciones, el pelo lacio y grasiento, la barba hirsuta de muchos días y al final el desleído e indefinible color de sus vestidos. Por último recordó el odio brutal que debía albergar aquel cuerpo denso de huesos y músculos, cubierto por una piel chamuscada y sucia por la vida al aire libre. Un odio antiguo que debió entrar por descuido, o por miseria, en la autopista de la locura. Marcos miró al suelo y esperó. El otro hizo lo propio.

El rosicler de la aurora fue adquiriendo consistencia hacia la parte izquierda, y cuando el primer rayo de sol traspasó el cielo de punta a punta, Marcos Montseny tomó el cabo de la azada que yacía a su lado y, tras escupirse las manos, comenzó a trabajar la tierra con delirio, como cuando se lucha por la vida, levantando el hierro lo más alto que podía, dejándolo caer de inmediato con todas sus fuerzas, cortando la tierra con una furia insana, inmoderada.

Dándole la espalda al otro, cavaba metódicamente, sin dejar un solo palmo de tierra por remover. Cavaba mientras le quedaba un poco de fuelle en los pulmones, sin hacer caso del Rilo, quien se paseaba por delante de él, por detrás, teniendo buen cuidado de evitar la espesa lámina de acero que subía y bajaba como un juguete de Dios, con toda la potencia de la naturaleza salvaje. Entonces el Rilo apretaba sus dientes amarillos de vagabundo y abría un enorme cuchillo cuya hoja relucía al sol como el vidrio sobre el azogue.

Cuando Marcos Montseny caía extenuado sobre la tierra mullida, cerraba los ojos. Y al abrirlos, lo primero que veía era el cuchillo plateado y relumbrante del Rilo, entre los brillos y las transparencias deformadoras del sudor. Al instante se levantaba y la emprendía de nuevo con la tierra hasta caer exhausto otra vez. Así transcurría la mañana hasta que el sol llegaba a lo más alto. De esto vivía Marcos Montseny, de trabajar un huerto de proporciones medianas . Una vez todo él estaba cavado, sin pensarlo dos veces volvía al comienzo y, aunque no había crecido ni una sola brizna de mala hierba, reanudaba la labor con la misma furia de siempre.











EL SECRETO DEL GENERAL SANTOS BUENAVENTURA.





Salió a la galería de la primera planta, dejó caer el sombrero jipijapa sobre una mesa baja de bambú y se apoyó sobre la balaustrada para ver las luces lejanas de los cruceros bajo las estrellas, confundiéndose con ellas en la nebulosa de zafiros, esmeraldas y granates remotos con que su excelente visión le obsequiaba. Tenía la impresión de que una energía serena cabalgaba por encima del cansancio, rebasándolo. Tal vez era el efecto benéfico del aire marino, del sol crepuscular que había tomado en la cubierta del barco, o acaso el torbellino de ideas y recuerdos que giraba en su memoria. La experiencia debería ser algo material, que pudiera tocarse, guardarse a buen recaudo y transmitirse de padres a hijos. No mediante una cesión tan solemne como requiere el dinero, que necesita toda una parafernalia legal de albaceas, actas y codicilos, sino algo así como se legan los huesos de albaricoque que sirvieron en los juegos infantiles, el machete de las primeras exploraciones, o cosa semejante que cumpliera en ellos la misma función que en su tiempo desempeñó para nosotros. Desgraciadamente esto no es así. También ellos deben recorrer ese mismo camino sembrado de celadas, ante nuestra mirada impotente. Las palabras que en boca nuestra dejan ese sabor amargo del escarmiento, en sus oídos suenan con el chirrido impertinente de un artilugio inútil. Queremos advertirles, prevenirles, y lo único que logramos es proferir un viejo sermón plagado de lugares comunes. Realmente nuestro egoísmo pretende hacerles ancianos en plena juventud, escamotearles la vida extirpando sus peligros.

El personal de servicio se activaba con los preparativos de la cena. Alguien se puso a encender las luces de los jardines y la piscina, con lo que su visibilidad en lontananza quedó disminuida. Sin duda Mario había previsto bañarse antes o después de la colación. Ese alguien encargado de dispersar las tinieblas era Gaspar, como suponía. Levantó la mano derecha para convocarle con un signo, luego se sentó en la mecedora.

-Me traes un whisky con hielo, por favor. Y le dices a Mario que tenga la bondad de subir.

A los pocos minutos volvió Gaspar con la bebida.

-El señorito Mario está hablando por teléfono. Me ha encargado decirle que vendrá enseguida.

En efecto, debió colgar casi de inmediato pues no tardó en presentarse.

-Aquí estoy, padre.

-Sí, ya te oí. Siéntate, vamos a charlar un rato ¿te parece ?

-Como gustes.

-Esta tarde, al bajar del barco, sé que en tu fuero interno me has censurado. Con los años he aprendido a leer en los ojos de tu madre y los tuyos son los mismos. Sin duda te ha parecido excesiva la cantidad de dinero que le he dado al muchacho por haber trasladado mi maleta hasta la parada de taxi, cuando la verdad es que podría haberla transportado yo mismo pues no soy un viejo decrépito, todavía. Digo muchacho y debería decir niño. Sí, ahora que lo recuerdo bien, no tendría más de diez años. Por cierto, tu maleta has insistido en llevarla tú mismo, aunque te cercaba una nube de ellos con esa pretensión.

-Es tu dinero, padre. A mí no me incumbe en absoluto discernir a propósito de cómo te lo gastas. Por otra parte, no todo lo que ocurre en el fuero interno es bueno que trascienda al exterior.

-Cierto, hijo. Pero el oficio de padre se niega a admitir muchas de las barreras que rigen en las relaciones con propios y con extraños. Yo soy así y el gran amor que te tengo me impide renunciar a ese cometido, aunque ya seas todo un hombre y mayor de edad. Tendrás que tener paciencia conmigo. Ven. Mira delante de ti, toda esa extensión que alcanza hasta el mar te pertenece. Son tus tierras. O lo serán con el tiempo. Te lo digo con más consolación que orgullo, porque sé que, con ser importante, no basta. Sin embargo, tú sólo te atreves a cruzarlas de día y bien armado, pues están infestadas de alimañas ponzoñosas. Esos niños del puerto, en cambio, que durante el día se afanan prestando los más variados servicios por un puñado de monedas, por la noche duermen en las playas situadas al borde de la selva, allí enfrente, bajo las barcas de los pescadores. La oscuridad que los rodea, oprimiendo sus menudos miembros con caricia fría, no se halla ni mucho menos despoblada ; la habitan por ejemplo serpientes venenosas que se deslizan sigilosamente sobre la arena en busca de calor humano y entonces hay que procurar no mover ni un músculo. En tales ocasiones, el tiempo transcurre muy despacio, a veces uno cree que ha dejado de existir o que sus engranajes se han puesto de repente a girar en el vacío. Evidentemente los pescadores encuentran con mucha frecuencia sus pequeños cadáveres de madrugada. Con toda probabilidad sin pensar en el horror que les ha acompañado hasta las puertas mismas de la muerte.

Alargó la mano hacia el vaso y dio un sorbo, que paladeó largamente, con los ojos cerrados.

-Tal vez te preguntes cómo conozco yo esas cosas.

Mario no respondió, acaso porque se sabía a sí mismo esforzándose por parar la sorpresa de estar viendo a su padre como jamás lo había visto.

-Yo mismo fui uno de esos niños que se ganan la vida transportando maletas en el puerto, hasta la parada de taxi, bueno entonces todavía no había parada de taxi sino sólo de autobús, o el hotel, y luego duermen en la playa, bajo las barcas de los pescadores.

Por un instante dejó de mirar hacia las luces distantes de los barcos para observar el efecto que tales palabras habían producido en el rostro de su hijo. Este le miraba fijamente con unos grandes ojos de nácar perceptibles aun en la oscuridad.

-No te lo había dicho. Mas son cosas que deben decirse tarde o temprano. De mí no te viene la sangre ilustre de una rancia familia, benefactora de la Patria. Para eso tienes la de tu madre.

Sí, los mismos ojos que ella, enormes, blanquísimos, utilizando idéntica lengua silenciosa, pero no por ello privada de expresión.

-Claro que, más tarde me hice rico. ¿No quieres saber cómo conseguí hacerme rico ?

-Sí.

-¿Recuerdas lo que le dije esta tarde al chaval ?

-Le dijiste : « Cuando te lo gastes, o te lo roben, considera que lo que hay dentro de tu cabeza es mucho más valioso. »

-Me gustaría que este consejo se hiciera extensivo a ti. Y que no lo olvidaras nunca.

Entonces le explicó lo que ocurrió aquella mañana radiante, tan alejada ya, tan hundida en la trastienda de la memoria, junto a la escalerilla por la que descendían los pasajeros del ferry. Los otros niños se agolpaban al pie de la misma, precipitándose sobre los recién llegados a medida que descendían, tratando de arrebatarles las maletas de las manos. El en cambio había aprendido a elegir los clientes. Empezaba por quedarse rezagado, luego se situaba a una distancia prudencial, justo enfrente de la escalera. Desde allí, oculto tras la barrera de cuerpos que empezaba a formarse, observaba a su sabor el aspecto de cada uno de los viajeros, mientras éstos se ocupaban de tomar las habituales precauciones que rigen en los descensos más o menos precarios. Una vez elegida la presa, avanzaba hacia ella en el momento preciso por el otro flanco.

Cuando vio aparecer en lo alto el cegador traje de lino blanco y el canotier, no lo dudó un instante. Sólo que, en el momento de pasar a la acción, notó el peso de su mirada sobre la conciencia y sintió un cierto embarazo por la pequeña trampa que se disponía a efectuar. Temía una reprimenda pública que, además, abriría inevitablemente los ojos de sus competidores respecto a sus turbios manejos. A pesar de ello lo hizo. Y para gran sorpresa suya se encontró con que antes de poder abrir la boca, el desconocido le tendía ya la maleta.

Era de edad provecta, aunque caminaba raudo. Claro que tenía una altura poco común, por lo que avanzaba a grandes zancadas, o a él se lo parecían. Afortunadamente la maleta no abultaba mucho y pesaba muy poco.

-¿Tomará el señor el autobús o prefiere alojarse en el hotel ?

-Tomaré el autobús –repuso, sin dejar de mirar al frente.-

-¿Se dirige a la capital?

-Es obvio que me dirijo a la capital.

-Por aquí, señor.

Llegados a la parada, le dio una propina equivalente a tres veces la cantidad más generosa que jamás había recibido.

-Gracias, señor.

Se fue. Mas a los pocos pasos decidió dar la vuelta.

-¿Sabe ? Podría serle de gran utilidad en la capital. Me he criado allí.

-Lo siento, pero no necesito de tus servicios.

Agachó la cabeza y volvió a retirarse. Aun así, caminando hacia atrás, añadió :

-Podría hacer los recados, sé planchar, coser… Conozco los mejores hoteles y las mejores fondas por un precio razonable.

El forastero se dignó al fin mirarle.

-No hay tiempo de prevenir a tus padres.

-No tengo padres, señor.

El autobús acababa de detenerse frente a la parada.

-Anda, ven.

Entonces la carretera del puerto a la capital tan sólo estaba asfaltada en su tramo final y había como dos horas de viaje a través de la jungla. Dado que era la estación de las lluvias, el agua mermaba mucho la superficie de la misma, provocando socavones, dejando al descubierto pedruscos enormes, y en varias ocasiones hubo que apearse para superar los tramos más difíciles. En uno de ellos surgieron hombres armados. Tras encañonar a los pasajeros, subieron también ellos al autobús.

No tardaron en desviarlo por un camino estrecho que se adentraba en la selva. Allí aguardaban otros compinches. Hicieron descender a todo el mundo y el que parecía el jefe se dirigió directamente hacia el hombre del canotier, como si la función hubiera sido preparada tan sólo para él.

-Sígame.

Miguel avanzaba también a tan sólo unos pasos detrás del grupo. Torcieron a la derecha para ocultarse tras la maleza. El chaval pudo oír claramente todo lo que se dijeron.

-Dénos todo el dinero que lleve encima.

El forastero echó mano a la cartera y se la entregó.

-¿Cómo ?¿Cincuenta dólares ? Ni tarjeta de crédito. Ni cheques de viaje ¿Así va usted por el mundo ? ¡Registradle !

Le hicieron un reconocimiento en regla, mas sin resultado alguno. El cabecilla se puso furioso y empezó a proferir insultos, los cuales parecían en principio dirigidos a alguien que se hallaba del otro lado de la barrera vegetal, junto al autobús o más allá. Posteriormente su frustración se cebó en el elegante desconocido que viajaba sin dinero en el bolsillo, a través de un país que no era el suyo.

-¡Cabrón !

Y le puso la pistola en la sien. Mas éste lo contemplaba como si se tratara de una especie rara de mariposa, desconocida para la ciencia. Sonó un tiro. Pero quien cayó al suelo fue el capataz de los forajidos.

-El que da todo lo que tiene, no está obligado a más –sentenció el bandolero que había disparado.-

Los demás le apuntaron a su vez.

-Eso, ahora matadme a mí y haréis un pan como unas hostias, porque entre todos no sabéis hacer la « o » con un canuto. Agradecedme por el contrario que os haya librado de esta hiena.

Se miraron unos a otros y bajaron las armas. El nuevo jefe se dirigió al hombre del canotier y el vestido de lino blanco.

-Cuando se tiene dinero, más vale llevar un poco de suelto encima. De lo contrario puede costarle a uno la vida, ya ve. Tras cobrar el giro que ha enviado al banco, le sugiero que se guarde algo para la vuelta. Los salteadores de caminos también tenemos derecho a la vida.

-Tal giro no existe. No obstante, dentro de una semana justa regresaré al puerto por donde he venido. Repita usted la operación y no quedará defraudado.

-No quiera usted engañarme y tenderme una trampa. Cometería una acción muy fea, sobre todo teniendo en cuenta que acabo de salvarle el pellejo.

-La carretera es larga y sinuosa. Usted sabrá tomar las debidas precauciones y elegir el momento más propicio.

Ya en el autobús, Miguel lo contemplaba de reojo. Al final se decidió a hablar :

-¿De verdad que no tiene dinero?

-De verdad. Ya lo has visto, me han registrado cuidadosamente. Lo poco que llevaba se lo quedaron.

-¿Y cómo vamos a hacer para pasar una semana en la capital? Otra cosa, ¿qué otro camino vamos a emplear a la vuelta ? Porque yo no conozco otro, como no sea el de abrirse camino, machete en mano, a través de la selva.

El desconocido sonrió.

-¿Machete en mano ?¡Dios nos libre !El dinero va y viene, muchachote. Mas cuando uno lo necesita, nunca deja de acudir a la cita. Si se sabe convocarlo, obviamente. Por eso yo viajo siempre sin dinero.

Llegados a la capital, el forastero se puso a caminar con su habitual suficiencia, sin mirar siquiera los nombres de las calles. De este modo se adentraron en un barrio periférico, para acabar en un callejón sin salida. Se detuvo ante una puerta y llamó. Casi inmediatamente ésta se abrió, descubriendo en la penumbra un rostro con rasgos orientales.

-Pase.

Subieron en silencio por una escalera angosta y oscura. Entraron en un cuarto donde había únicamente un pupitre con recado de escribir y una silla. La cal de las paredes se descascarillaba, formando planisferios de otros mundos y una escarchada como de caspa por el suelo.

-Mientras escribo, mira por la ventana si acaso alguien entra en la calleja.

Concluida la operación, sacó un pañuelo, limpió cuidadosamente la pluma, la depositó junto al papel y abandonaron la habitación así como la casa, por otra puerta.

-Y ahora vamos a buscar algo de dinero para pagar nuestra posada.

Sin la menor vacilación, el misterioso desconocido encaminó sus pasos hacia la plaza mayor, donde se puso a escudriñar lo que ocurría en todos y cada uno de los soportales. Tomó la determinación de acercarse al portal de los escribanos, frente al cual una larga fila de hombres y mujeres aguardaba con cierta impaciencia. El propio escribano comenzaba a perder los estribos con los más próximos porque no respetaban la distancia mínima que, según él, garantizaba la confidencialidad. Una vez hubo conseguido restablecer el orden, continuó inflingiendo malos tratos a una sufrida máquina de escribir con sólo dos dedos, el índice de cada mano.

-Buenos días, ¿puedo hablarle un momento ?

-¿No ve el trabajo que tengo ?

-Precisamente por eso.

-¿Qué quiere ?

-Le propongo reemplazarle durante lo que resta de mañana por sólo el importe de dos comidas para mí y el chico y una habitación de hotel, en un establecimiento moderado.

-No.

-Considere que no se trata de hacerle la competencia, pues únicamente voy a permanecer una semana en la ciudad.

-Sólo por probar ¿eh ?

El escribano le cedió, suspicaz, el puesto y fue a sentarse junto a la columna, al lado de Miguel.

-Pues no tiene precisamente el aspecto de un desgraciado, que digamos. ¿Qué ha pasado, ha perdido todo en el juego ?¿En las peleas de gallos ?

-Nos han atracado en la carretera.

-¡Ah !

Entretanto el nuevo escribano concluía de hacer las preguntas obligatorias a su primer cliente. Entonces fue cuando irrumpió en toda la plaza un tableteo de ametralladoras como si una compañía entera de soldados la estuviera tomando súbitamente al asalto, en medio del cual se oía de vez en cuando un timbre como una bala trazadora de sonido distinto. Tamaño estruendo hizo saltar de su silla al escribano inveterado y asomar las cabezas a cuantos se hallaban en la cola. En un santiamén el folio salió del rodillo para volar hasta las manos del atónito parroquiano.

-¡Virgen Santísima ! –exclamó el patrón, rascándose ruidosamente la cabeza.-

-Siguiente –lo dijo con voz tan sosegada y sugerente que costaba trabajo admitir su procedencia de quien poco antes había armado todo aquel alboroto.-

En tanto se sentaba el nuevo cliente, él ya tenía el folio en el rodillo. Esta vez se trataba de responder a una carta. Bastaron pocos segundos para leerla. En la segunda ocasión, que ya había roto la mano y entrado en calor, fue como si dos ejércitos de cien mil hombres cada uno se hubieran dado y devuelto cien mil bofetadas.

-A ver –musitó el escribano, con un hilo de voz, cuando salió el papel del rodillo y fue a parar en una volada entre las manos del parroquiano.- Muéstrame esa carta. El campesino, pasmado, obedeció sin decir palabra, mirándole de hito en hito. Está perfecta –admitió, como si estuviera reconociendo que la sangre de un santo manara fresca de uno de sus polvorientos y negros huesos.-

En primer lugar de los portales vecinos, posteriormente de la plaza entera, venía gente para contemplar aquel prodigio. Con reverente susurro, el escribano daba explicaciones a los curiosos.

Por seguir con el símil de la ametralladora, la fila iba desapareciendo como las cananas que engulle dicha arma en lo más áspero de la batalla. Cuando ya sólo quedaba un tercio de la cola inicial, con un gesto de la mano pidió una pausa. El titular del puesto acudió solícito :

-¿Un cafetito?

-No, gracias.

Alargó la mano hacia el periódico y leyó en voz alta :

-« El jefe del Estado sobrevive a un intento de asesinato. Su Excelencia el Generalísimo don Apolonio Santos Buenaventura salda con unos leves rasguños de bala el séptimo complot, en el período de un año, que aspiraba a apartarle de las riendas del gobierno de la nación… »- la plaza entera lo escuchaba en medio de un silencio de mausoleo.- Lástima –prosiguió-, pues yo conozco un secreto que le permitiría detectar con toda certeza los pormenores de cualquier conspiración que se tramara contra él.

Al día siguiente se congregó más gente todavía ante el portal de los escribanos, donde tuvo lugar una réplica corregida y aumentada del espectáculo de la víspera. Y en la pausa, puesto que los periódicos seguían dando detalles de la desarticulada confabulación, volvió a efectuar el consabido comentario referente al antídoto infalible contra las conspiraciones, pero sin desvelar en lo más mínimo el misterio.

Por la noche, después de acostado, se levantó. Pasó junto al sofá donde dormía Miguel y al ver que se había destapado lo tapó de nuevo. Entonces fue cuando tuvo éste la certeza de que no se trataba del diablo. Tenía ya la mano en el picaporte, cuando oyó su voz :

-No me vayas a dejar aquí, solo.

-Mi ausencia no será larga. Pero ven de todos modos.

-¿ Dónde vamos ?

-A ver al Presidente de la Nación.

Efectivamente, aún no habían dado dos pasos fuera del hotel cuando una patrulla los detuvo para hacerles subir de inmediato en un coche inmenso, negro, que se deslizaba como una sombra veloz por las callejas mal iluminadas.

El general Santos Buenaventura los aguardaba en su despacho. Les hizo sentarse con buenos modos mientras encendía un habano descomunal. Y envuelto todavía en una espesa nube de vellón, le espetó al elegante desconocido :

-Veamos cuál es ese famoso secreto.

El general sonreía con unos dientes blanquísimos que no parecían de fumador.

-¿Sabe mucha gente que Su Excelencia me ha hecho conducir aquí ?

-He realizado la operación en el más absoluto secreto.

-¿Cuál es la plaza más concurrida de la ciudad ?

-La plaza del mercado.

-Pues le sugiero que mañana reúna a su Consejo y mande que me detengan allí, a plena luz del día, en el momento de mayor tráfago.

Así se hizo. Y en presencia del Consejo en pleno volvió a formularle pacientemente la pregunta.

-Es un secreto que sólo puedo comunicar a su Excelencia en privado.

-Tenga la bondad de seguirme.

Miguel se hallaba tan impresionado ante los ilustres miembros del Consejo que, aunque se figuraba que no se lo iban a permitir, trató de seguir a los que abandonaban la sala. Fue su protector quien, al darse cuenta de ello, le conminó a quedarse. Las puertas del despacho presidencial se cerraron.

Inmediatamente dieron comienzo los murmullos y los comentarios sarcásticos.

-Uno de esos locos que creen poseer el secreto para acertar siempre en la lotería….

-La piedra filosofal, tal vez….

-Pues no sabe con quién se juega los cuartos. En cuanto oigamos el tiro, sabremos que ha acabado de exponer sus argumentos.

Por la segunda vez, Miguel no las tuvo todas consigo. Recordó lo sucedido en la jungla, cuando el bandido apoyó el cañón de su pistola en la canosa sien de aquel hombre imperturbable e imaginó que ahí dentro estaba teniendo lugar una escena semejante. Todos sus nervios estaban en tensión, temiendo que de un momento a otro sonara el tiro fatal.

-No sé –intervino otro, un militar.- Ayer fui a verle por curiosidad al portal de los escribanos, vestido con las ropas de un borracho que todavía duerme con un pijama de pintas rojas, aquí abajo, en el fondo de una mazmorra. Pues me miró de tal manera que no me hubiera sorprendido en absoluto oírle decir : « Entendido, mi general. » Otro, con los nervios menos templados, ante una ojeada tan certera podría haber creído que se trataba de una personificación del diablo. Quizás yo mismo lo haya creído en algún momento. Pero bueno, también a ése tendremos que verle los bigotes tarde o temprano.

No solamente esperaron en vano la detonación, sino que, cuando salieron al fin del despacho del Presidente, éste parecía entusiasmado y, llamando ostensiblemente a su secretario íntimo, le ordenó :

-Que le den cincuenta mil dólares a este hombre de mi cuenta personal.

Los miembros del Consejo se quedaron estupefactos.

De vuelta al puerto, los salteadores detuvieron el autobús casi en el mismo lugar. Lo que no dejaba de ser una prueba de confianza. Uno de ellos subió a bordo y les hizo signo de que bajaran. El nuevo jefe aguardaba no lejos de allí, escondido en la maleza, por si acaso. Una cosa es la confianza y otra muy distinta la ineptitud.

-¿Y bien ?

-¿Y bien qué ?

-El dinero del giro.

-Le repito que no es un giro.

Le alargó, no obstante, la cartera. En esta ocasión una cartera mucho más grande que la antigua. El bandido inspeccionó su interior. Cuando hubo visto lo que contenía, palideció. El forastero dio media vuelta, pasó junto a Miguel y le revolvió un poco el pelo.

-Vamos.

-Un momento –reaccionó al fin el jefe de los bandidos.- Tome al menos esto para poder comer en el barco.

Miguel le transportó la maleta al muelle, hasta el pie mismo de la escalerilla.

-Toma. Guárdatelo pronto en el bolsillo – ordenó el hombre del canotier, cuya identidad desconocería para siempre.-

Le dio dos mil dólares.

-¿Y usted ? No va a poder siquiera comer en el barco.

-El dinero va y viene. El dinero hay que saber ganarlo y hay que saber despreciarlo. Cuando se te acabe, o te lo roben, recuerda esto : lo que hay aquí –le puso un dedo en la frente- es más valioso todavía. Reflexiona a menudo sobre ello.

Con un gesto distraído volvió a enmarañarle el pelo, luego subió la escalerilla sin mirar atrás.

Todavía le parecía sentir, a pesar de los años, la suave presión de aquel largo dedo por encima de su entrecejo.

-¿Sabes, Mario, qué pienso del secreto del general Santos Buenaventura ? Pues que no hubo secreto ninguno.

























EL JUEGO SECRETO.





Notó que tenía el ritmo del corazón un tanto acelerado cuando irrumpió en la deslucida atmósfera de su habitación, la cual lo acogió como si estuviera viva y le dedicara un gesto de complicidad, propiciatorio de la paz que ambos deseaban compartir sin interrupciones inoportunas durante los días siguientes. Depositó enseguida, por un tiempo razonablemente largo, su pesada cartera repleta de cuadernos y manuales escolares, pareciéndole de improviso que podría revolotear si quisiera por el alto, desopilado, espacio que reina por encima de la cama y los demás muebles.

Desde los barracones emplazados en el jardín contiguo, justo detrás del seto, le llegaba, atenuado por el fragor del viento agarrándose a las tupidas ramas de los abetos y a las despojadas de los abedules, apartando la hilera de tuyas como un gigante malherido, cimarrón acosado por la jauría, que buscara un hueco para esconderse, para quedarse allí encogido, soñando con una muralla no ya de piedra sino de imposible olvido, frenando así su marcha forzada, acuciante, furiosa al tiempo que ineluctable, el sonido delgado de un martillo golpeando sobre el yunque, repitiendo infatigablemente un nombre, el suyo: Etienne, Etienne…. Yo soy, heme aquí, respondió desde la ventana oblicua de su habitación abuhardillada, salpicada de gotas de lluvia, muchas de las cuales, no pudiendo mantener por más tiempo su posición inicial sobre el plano inclinado, cedían ante la empecinada fuerza que las obligaba a resbalar a través de toda la superficie del cristal, arrastrando en su imparable caída cuantas compañeras encontraban en su carrera. Aquí me encuentro otra vez, todo para ti, todo tuyo, pero haz el favor de callar ya, no soporto las repeticiones inútiles de lo ya sabido, yo soy, como soy, y es lo máximo que puedo ser por mucho que me esfuerce. Etienne, Etienne, no me lo recuerdes más, te lo suplico. Me agobias, me aprietas demasiado, me estrujas, me ahogas, déjame ya.



No era una curruca, ni venía su canto de las inmediaciones, sino que del otro extremo del edificio comenzó a llegarle la voz tenue de la flauta de Pierre, borrada también ella de vez en cuando por las rachas del vendaval, puntuada por las invocaciones del martillo en la forja. Basta, se dijo, estremeciéndose al adivinar la expresión dolorida de su rostro. Y el martillo enmudeció. Entonces sacó el largo pañuelo que llevaba sin plegar en el bolsillo, lo depositó longitudinalmente sobre la mesa de trabajo para contemplarlo en toda su extensión, cual si se tratara de una espada mágica, forjada a fuerza de conjuros irrevocables.

Esa misma tarde, tras haberse proclamado vencedor absoluto en el juego secreto, no experimentó el sentimiento de júbilo que anticipadamente se había prometido. No acertaba a hacer una lectura definitiva de la mirada de los otros, que se le antojó un tanto turbia, en la cual percibía la admiración, por supuesto, aunque sobre ella flotaba una substancia emulsiva que la empañaba, quitándole ese brillo inequívoco que tan profusamente se les acuerda a los vencedores en cualquier otro juego. El cuello le ardía como si se hubiera enrollado en él una bufanda de fuego; si bien, en honor a la verdad, preciso es reconocer que sobrevino un sopor suave, muy oportuno, que parecía quitarle fuerza al zarpazo quemante. Ya casi no le dolía cuando Elodie le deshizo, con una decisión repentina, el nudo, mediante un solo movimiento presto, semejante a una caricia indeliberada, nacida de la compasión sin duda. Preferiríamos mil veces una ponzoña que devorara lentamente nuestras entrañas como ácido, cuando esperamos amor y nos entregan compasión.

Se dirigió hacia la otra ventana, delante de la cual un caballete sostenía el cuadro que había estado pintando durante los últimos días. La realidad, o lo que tiene la reputación de serlo, tras el cristal, en el recuadro grande, el sauce, el abedul, el abeto, un seto de tuyas, la llanura cubierta de un bozo verde por las briznas de trigo, interminable bajo un cielo caliginoso y mineral ; la copia, más o menos imperfecta, en el recuadro pequeño.

Si consiguiera pintar tan bien este paisaje que se confundiera con aquel otro que se extiende allá abajo, tal vez entonces cuanto le pusiera al recuadro pequeño ocurriría sin remedio en el recuadro grande. Si ambos espacios se hablaran secretamente y se llamaran como un agua llama a otra.

Papá le había asegurado que existe el alma del mundo, la cual controla todos los movimientos de universo, si bien no desdeña entablar una negociación con el hombre.

Si supiera cómo hablarle, si pudiera pintar mis palabras y mis deseos…

Resulta curioso, pero lo cierto es que invariablemente nos quedamos con la impresión de que en el trabajo de ese alma del mundo siempre hay algo que rectificar, un acuerdo que establecer, a cada paso echamos en falta una armonía, notamos un desequilibrio con relación a nuestros deseos. Lo cual viene a ser tanto más sorprendente cuanto que dicha alma del mundo parece ser fue creada por el mismo Dios y no por ninguno de sus ayudantes. Esa es al menos la opinión de papá. Uno llega a preguntarse para quién y en qué condiciones trabaja ese alma del mundo, si nos conoce siquiera y nos tiene en cuenta o si sólo atiende a intereses ocultos, desconocidos para nosotros, en cuyos designios no contamos absolutamente nada, o a lo sumo representamos una pieza de recambio barata, fácilmente reemplazable cuando revienta como un triquitraque, y sobre todo cómo expresar nuestro descontento, nuestra discrepancia, nuestro punto de vista para que nos oiga. O si por el contrario nos conoce muy bien y trabaja deliberadamente contra nosotros, estirando y apretujando para obtener algo que, aun bajo tortura, apenas podemos dar, pero que damos para que levante los hierros, para que olvide, mas no olvida.

Tampoco haría falta estar continuamente modificándolo todo. Ahora mismo no sé si tendría ganas de cambiar nada. Al fin y al cabo lo peor de la Navidad ha pasado ya, aún antes de comenzar.

Lo peor de la Navidad para Etienne era cuando su madre los reunía a los tres hermanos con objeto de comunicarles los días de vacaciones que les corresponde pasar con ella y los que les toca pasar con su padre. En ningún otro momento del año llega a ponerse tanto en evidencia la ruptura familiar como en los entrañables días de la Navidad, por eso Etienne les tiene tanta aprensión.

Es como cuando uno sabe que ha de madrugar severamente, lo cual casi le impide dormir justo en la ocasión en que más necesidad tiene de ello, le hace pasar una buena parte de la noche en vela. Mas llegado el día siguiente, a pesar del cansancio añadido a la ansiedad, uno se levanta con muchas más fuerzas y determinación que había esperado. También este año, como los anteriores, acabarán por acudir a la cita, por disipar con su habitual resplandor esta niebla que lo envuelve todo, que lo empaña todo, que deja una corteza gris de polvo y de frío sobre la superficie de las cosas.

Siempre que llega el momento solemne de la repartición, tiene que esforzarse por reprimir las ganas de replicar : Pero entonces por qué diablos pintas en tu furgoneta « familia Vergnon », si en Navidad nos mandas a casa de nuestro padre, el cual no se llama en absoluto Vergnon, sino Delplace.

Por supuesto no ignora lo que su madre pretende conseguir con el rotulito de marras, esencialmente lo mismo que él hubiera querido consumar hacía tan sólo un instante, bueno hubiera querido hacerlo desde mucho tiempo atrás si únicamente supiera cómo. Y ello es pintar sus deseos tan bien pintados que todo el mundo los confundiera con la realidad, por cuya razón acabaran siendo la realidad misma.

Hay regiones donde los cielos, cargados siempre de plomo, no dan crepúsculos. De repente es de día o de noche y si uno no permanece atento a la conmutación, le parece que el tiempo ha apretado el paso o que es el sujeto mismo de la experiencia quien ha estado excesivamente sumido en sus cavilaciones. La oscuridad había tomado posesión de la habitación sin que la hubiera visto llegar, sin que pudiera determinar desde cuándo se hallaba su dominio en poder de las tinieblas. El martillo había cesado de golpear, no así la flauta de Pierre que seguía desenrollando su filigrana sonora, lo cual no dejaba de ser una manera sutil de recordar su presencia y su poder. La flauta mágica de Pierre que mantiene estático un estado de cosas, un espacio fijado para siempre, con todo lo que contiene, donde ejercer su autoridad, frente a la cual la puerta de la habitación es un obstáculo aunque no un impedimento serio, la desprotegida entrada a un condado, no a un reino independiente.

A menudo se había preguntado si Pierre no estaría hecho de yeso pintado, hueco por dentro. Ante tal hipótesis se levanta por supuesto la objeción contenida en el hecho irrefutable de que sus miembros, a veces, están dotados de movimiento. Por tanto, preciso es reconocer que Pierre dispone de una existencia efectiva, puesto que se mueve, vive con su madre, es el padre físico de André, su hermano pequeño. Otra cuestión es determinar el modo en que Pierre existe, lo cual no es materia exenta de dificultad, pues si bien no puede afirmarse, como acabamos de ver, que se manifieste como una cosa, entre otras razones porque toca muy bien la flauta, instrumento del que es por cierto profesor en el conservatorio, no siendo razonable predicar que una cosa pueda llegar a ser profesor de un conservatorio, también resulta por otra parte problemático asegurar sin la menor sombra de duda que posea una existencia real como persona, pues Pierre no se inmuta jamás. Pierre tiene unos principios inflexibles, especialmente por cuanto concierne a la educación de sus hijos, que hablando en propiedad no son sus hijos, excepto el último, André. Pierre adopta una lógica personal ante cada situación y la sigue hasta sus últimas consecuencias, sin que nada ni nadie le haga cambiar de parecer. En eso se parece más a un programa que a una persona.

Durante algún tiempo fue materia de reflexión, más bien de suputación, entre los tres hermanos mayores el asunto de si André, cuando creciera, sería tratado de la suerte en que usualmente lo son los demás. Aunque André apenas ha crecido, todavía se le puede considerar como poco más que un bebé, la cuestión ha dejado de ser de actualidad pues la duda ha quedado disipada para siempre. André no constituye una excepción en nada.

Es evidente que a Pierre, lo mismo que a su esposa, les resulta bastante fácil educar a sus hijos porque saben mantener las distancias. Nunca se hallan a más de metro y medio de ninguno de ellos. Desde allí, se limitan a dar órdenes en tono perentorio.

Nosotros obedecemos todos sin chistar. Haría falta estar mal de la cabeza para contrariarles, siendo así que cualquier desobediencia es seguida invariablemente por un castigo, sin la menor duda, casi sin análisis de la situación, o con uno muy sumario.

Así, la existencia debe ser bastante sencilla y llevadera, digo cuando se está hueco, cuando sólo se es persona de manera muy superficial, cuando uno consigue responder de modo automático a todo.

Sin ningún género de dudas, tal comportamiento, si no fuera natural, tendría un mérito enorme. Lamentablemente cabe sospechar que no es el caso por lo que se refiere a esta pareja. Si tuvieran alma, se les habría visto alguna vez por cualquier costura. Etienne tendría al menos alguna sospecha, aunque fuera débil, aunque se tratara tan sólo de una esperanza.

A papá, en cambio, sí se le nota que sufre.

Únicamente los objetos forman parte del devenir lógico del mundo, sin alzar jamás la mano para protestar, sin refugiarse detrás de una puerta para llorar. En cambio, el fulgor de Lucifer cayendo de lo alto de la torre quedará grabado de manera indeleble en los ojos de los mejores.

Algunas veces, cuando se terminan los días que nos corresponde estar con él, se le humedecen los ojos tras los voluminosos cristales de sus gafas y aparece como más torpe de lo habitual. A mí, el sufrimiento de mi padre me duele más que el mío propio. Y sin embargo, cuando veo que mi madre, a pesar de todo, tampoco es feliz, cuando me doy cuenta de que, detrás de esa mirada aparentemente indiferente, relampaguea muy a menudo, si no otra cosa, al menos el miedo a comprender que en el interior de su cuerpo, cada vez más hinchado, se le está secando la médula, me descubro a mí mismo incapaz de toda compasión, incapaz, incluso, de comprensión.

Al igual que Pierre, la madre de Etienne se dedica a la docencia. Es maestra de escuela. Eso sí, como maestros de escuela tienen ambos una utilidad impagable. El Ministro de Educación, así como el Rector y los inspectores, pueden albergar una total confianza en la probidad de estos funcionarios modelo y acordarles liberalmente los puntos necesarios para que asciendan con la mayor celeridad posible los grados del escalafón, pues ante los niños aparecen como esfinges impredecibles y mientras éstos deciden si es o no es blanco o por aventura negro o gris, ya les han inculcado los rudimentos de ciertas habilidades esenciales para comenzar. Pero después, o al mismo tiempo, haría falta una auténtica persona, para enseñarles lo que tales autómatas no poseen y por lo tanto no pueden transmitir, es decir, humanidad.

Esa factura de personaje suele hacer también buenos capataces y en general quedan bastante bien detrás de una ventanilla. Como padres son una enfermedad incurable, a pesar de que no hay sino ellos para amaestrar a sus hijos, para imprimir en ellos desde la más tierna infancia las buenas maneras, sin esfuerzo aparente, con una eficacia indiscutible. Con una imponente autoridad de fantasmones.

No, realmente ya no le apetecía modificar nada, porque los milagros no serían sino la confirmación de un hecho terrible. Las cosas deben seguir su curso. Ocurre, por ejemplo, una catástrofe en Asia, mueren más de doscientas mil personas en el transcurso de unas cuantas horas y el tiempo no se detiene ni un segundo a contemplar tanta calamidad, tanta desgracia y tanto sufrimiento. Un hombre solo tiene un valor infinitesimal, apenas perceptible, que esté contento o triste, vivo o muerto, carece por completo de relevancia.

Durante el verano pasado había leído « Notre-Dame de Paris » creyendo que era un libro para niños. Su madre le había autorizado. Pero el argumento es triste y acaba mal. En una breve introducción, Víctor Hugo declara cómo, en un rincón oscuro de una de las torres de dicha catedral, encontró una palabra griega, anágké, grabada a mano con letra gótica y que sobre esa palabra había construido su libro. En una nota a pie de página estaba traducida como « necesidad ».

¿Se puede escribir un libro entero sobre la palabra necesidad?, le preguntó a su padre. No solamente un libro puede concebirse sobre ella, sino que el mundo entero está construido sobre la piedra angular de la necesidad. Pero el hombre se le debe oponer con todas sus fuerzas, porque implica el encadenamiento puramente mecánico de los movimientos, desprovisto de orden y de medida; es el azar, es el estado en el cual uno puede esperar encontrar toda cosa en la que Dios está ausente. Pero su poder no es absoluto.

Anágké, musitó Etienne, en la tiniebla de su habitación. Eres como una montaña inexpugnable, como una estepa sin otro límite que la muerte, igual que esta llanura en invierno, recubierta de un bozo verde, inmensas. Y estás demasiado lejos para que puedas oírme.

Con las mismas se sentó ante su mesa de trabajo, encendió el flexo, tomó recado de escribir y empezó a redactar una carta muy comedida dirigida a su madre, en la cual lo importante era lo que conseguía no decirle porque, después de todo, era su hijo, pero que alguien debería decirle, a ella, a Pierre, a otros muchos que ignoran que el alma de un niño es una porcelana fina cuyo valor es infinitamente superior al suyo propio y que, una vez hayan terminado de modelarla y de decorarla, lo mejor que pueden hacer es morirse.

Etienne se esforzó por conseguir una letra bien perfilada y derecha, como solía hacerlo cuando escribía a su madre, pues era perfectamente consciente de que para ella la caligrafía reviste una importancia capital. No en balde durante un año su madre fue también su maestra y la confusión que produjo en él esa hipóstasis, copelación de dos metales distintos, de dos papeles que siempre habían estado separados, no lo había abandonado jamás desde entonces, de modo que, al finalizar la carta, experimentó una satisfacción comparable a la del deber concluido honorablemente, una tarea que al día siguiente iba a ser corregida y valorada en su justa medida por su maestra, o por su madre, no sabía muy bien.

Sonriendo todavía, con gesto distraído, alcanzó el pañuelo que vino a él con la docilidad de una serpiente amaestrada y se lo anudó alrededor del cuello. Definitivamente, las fuerzas y la determinación que había estado esperando rehusaban acudir a la cita de este año, se negaban pertinazmente a disipar con su esplendor esa tiniebla obstinada que lo envuelve todo, que lo empaña todo, que deja una corteza gris de polvo y de frío sobre la superficie de las cosas.

























ERA UNA CUESTIÓN LINGÜÍSTICA.









La plaza Charles de Gaulle no parecía la misma, cubierta de un edredón álfico, reverberante bajo las luces eléctricas, engalanada para una fiesta de fantasmas silentes. Nevaba recio, con una intensidad que Trilla no había conocido jamás. Los cielos volcaban montañas de algodón sobre la tierra. Milagro de lo blanco impoluto surgiendo de lo más negro, como si tuvieran que abatirse las tinieblas más tupidas sobre el mundo para que pudiera redimirse con estos mantos espesos de eucaristía.

Cuando, tras bajar la escalinata, puso los pies en la calzada, le pareció andar pisando una capa prensada de azúcar glaseado, polvo prieto.

El reloj de la atalaya marcaba las once y diez. Se dirigió al coche, como todos los demás, con pocas palabras, en una retirada desprovista de gloria, más bien desbandada. Arrancó el motor y salió procurando circular despacio con marchas lo más largas posible. El limpiaparabrisas funcionaba a pleno rendimiento y apenas conseguía desembarazar la vista. Pensó en poner las cadenas dentro de la ciudad, donde disponía de luz abundante, pero desestimó la idea, nadie al salir de la reunión había hablado de cadenas. Confiaba en que la autovía habría sido salada y que los servicios departamentales estarían haciendo funcionar las máquinas quitanieves.

La red secundaria que solía utilizar sería impracticable sin lugar a dudas, lo más sensato era olvidarse de ella a pesar de que era la única que realmente conocía bien, pero de poco le serviría el conocimiento del terreno si no podía avanzar. Eligió pues la autovía, aunque no todo el ramal se hallaba terminado, sino que enlazaba luego con la antigua nacional, la cual siempre se encontraría en mejores condiciones que la comarcal y, a ratos, la municipal que él usaba a diario.

En la redonda, donde tuvo que confirmar la decisión, había un coche parado, empantanado o perdido. La duda le inquietó un poco antes de lanzarse por el camino escogido y abandonar definitivamente el preservado espacio intramuros. Una vez encauzado, no podía volverse atrás pues tenía por delante un tramo de sentido único durante una distancia considerable. El caso es que la abandonada autovía corría como un glaciar, entre paredes de hielo. Impresión reforzada por el hecho de que la nieve había cubierto todo rastro de señalización incluidos los indicadores y se avanzaba sobre una continuidad blanca, balizada únicamente por las protuberancias formadas por los terraplenes de ambos lados, cuando los había.

Por el reducido número de veces que había tomado este trayecto, sabía que, de un momento a otro, arrancaría a su derecha una cuesta con la que efectuaría el primer cambio de dirección. Su preocupación era no dejar que se le pasara esta primera salida. A la velocidad que llevaba, las balizas temporales estaban totalmente cambiadas y durante un buen rato llegó a estar convencido de haberla rebasado, creyendo hallarse ya en el camino de Rouen, preguntándose dónde podría practicar un cambio de sentido con el menor riesgo posible. Finalmente la reconoció, más bien la intuyó. El problema era ahora tomarla a la velocidad justa, ni demasiado deprisa para no salirse, ni demasiado despacio para no quedarse atascado, con las ruedas patinando, incapaces de imprimir movimiento al vehículo. Notó que su sensibilidad iba más allá de las plantas de los pies y de las yemas de los dedos, hasta llegar a la base de los neumáticos con los que le parecía palpar la helada harina que cubría el asfalto. El motor, obligado a subir con una marcha inhabitualmente larga, emitía un sonido distinto pero redondo al fin y al cabo, ascendiendo sin dar el menor signo de flaqueza. Respiró con alivio. A partir de ahí estaba al menos bien encaminado.

La nieve, no obstante, seguía cayendo con intensidad cada vez mayor y empezó a preguntarse si no llegaría un momento en que la autovía iba a quedar totalmente intransitable. El tiempo volvió a transcurrir con una lentitud provocadora, aunque esta vez, al menos, tenía la certeza de navegar con el rumbo correcto, por el momento, mas poniendo la proa hacia lo más espeso del temporal, hacia el lugar de donde provenían las fuerzas desatadas de una naturaleza que parecía haberse levantado irritada de una siesta demasiado larga.

Alcanzó, con todo, el final del tramo de la autovía. Allí se encontró con toda una serie de redondas de construcción reciente. Fue entonces cuando comenzó un peculiar juego de acertijos pues, a lo sumo, podía leer tan sólo el final de los nombres de ciudad que figuraban en los carteles. En la primera de ellas tuvo que parar incluso, con el riesgo de no conseguir arrancar de nuevo, a fin de procurar entrever, a través de una espesa cortina de copos que no parecía abatirse sino voltear como un torbellino de nieve alrededor de la propia redonda, los fragmentos disponibles de una escritura truncada, sílabas tan sólo, a duras penas reveladoras de lugares.

Parado en esa redonda, vórtice en el que la nieve ascendía en un vertiginoso movimiento circular, contemplando los elevados letreros, inalcanzables, enigmáticos, tuvo uno de esos momentos de remisión, un instante mágico en el que le pareció alcanzar la ingravidez, flotando con el mismo impulso que elevaba todos esos retazos de sábana, esos fantasmas de derviches entrando en trance por la danza. Experimentó un estado de suspensión de las funciones anímicas, durante el cual se sintió una partícula más flotando en ese torbellino desaforado, propulsado por una fuerza inconmensurable a la cual era locura oponerse.

Fascinado por esa sensación de levedad, dejó pasar más tiempo del necesario para decidirse. En realidad es difícil medir el tiempo transcurrido durante esos momentos únicos, asombrosos. Podrían ser segundos, o podría sucedernos como al monje del cuento que se entretuvo un instante escuchando el canto de un pájaro, mas cuando volvió al monasterio habían pasado varias generaciones de hombres y lo encontró todo cambiado, poblado de caras distintas.

Los paneles figuraban también antes de los círculos fatídicos y si tenía la suerte de adivinar algo de su secreto, después le bastaba contar las salidas, operación nada sencilla en medio de esa camufladora uniformidad blanca, procurando no perder la cuenta cuando, al entrar en la circunferencia, el coche tendía a patinar con un movimiento reflejo, centrífugo, que parecía partir de las ruedas traseras, el cual era preciso contrabalancear, mientras durara, con un giro de volante totalmente incongruente con respecto a la dirección que se pretendía seguir.

Trilla se sintió reconfortado en cuanto dejó atrás ese laberinto curvo, ese juego de adivinanzas inoportuno, pasatiempo malsano. Pero al entrar en la nacional, la preocupación era otra, se trataba de encontrarle los límites laterales y un par de veces la rueda le cayó fuera de la calzada, costándole después trabajo recuperar el movimiento rectilíneo.

En los aparcamientos de los restaurantes de ruta, largas filas de camiones dormían rodeadas de un extraño silencio, impropio junto a tanta máquina poderosa habitualmente ronroneante, y la esquiva carretera era sólo para él, concentrada en un juego único, el mismo juego en realidad que hacía un momento pero con distintas reglas : sorprenderle.









El trayecto se estaba haciendo interminable, hasta el punto de que empezó a preguntarse de nuevo si había tomado la dirección correcta. La carretera se le antojaba cada vez más estrecha y el único signo de vida que encontraba a su paso era la dudosa visión de unos pueblos fantasmales, ateridos, mal iluminados, en el interior de cuyas casas oscuras, siniestras en la penumbra desolada, tal vez dormían su sueño profundo algunos seres humanos, o tal vez no.

En otra casa, en la suya, mujer e hijo dormirían con los puños cerrados. Este pensamiento consiguió distenderle. Estando ellos bien, él también lo estaba. Llegaría más pronto o más tarde, o si no, llegaría mañana. Era una cuestión sin importancia en realidad, la última que concernía al hermanamiento, del que se había ocupado durante años. A su debido tiempo, llamaría al instituto desde su móvil y a su mujer un minuto antes de que sonara el despertador. Incluso si llegaba a quedarse sin combustible, no le importaba caminar, estaba acostumbrado a los largos paseos por el bosque, ello no sería una novedad, excepto por lo que concierne a la hora intempestiva, por supuesto. Se sentía con fuerzas para caminar durante muchos kilómetros. Se sentía razonablemente libre.

Por cierto, ¿cómo andaba de combustible ? No muy bien. Había salido con más de medio depósito. Suficiente para hacer cuatro veces el trayecto de ida y vuelta en condiciones normales. Sí, pero en lugar de afrontar esas condiciones normales, había tenido que circular a una velocidad reducida durante un tiempo dilatado. En ese momento tan sólo le quedaba algo más de un cuarto de depósito.

Dado que no podía superar los cuarenta, o a lo sumo cincuenta kilómetros hora, le era muy difícil estimar la distancia recorrida de ese itinerario que había utilizado tan pocas veces, hacía mucho tiempo. No lograba tampoco reconocer el paisaje y las casas, cubiertos de nieve y de noche.

Muchos automóviles hundían sus manos o su costado en la cuneta, yaciendo en esa posición de abandono, desertados por sus propietarios. Guillermo frunció el ceño tratando de apartar la imagen en la que se veía con su familia, durante un viaje a Sajará por ejemplo, envuelto en una situación semejante. Deseó que aquellos que viajaban en los coches arrumbados se hubieran encontrado solos en el momento del percance, como él lo estaba en ese momento, o hubieran conseguido hacer lo necesario para que alguien viniera en su ayuda.

Viendo los vehículos encallados pensó que si eso mismo llegara a ocurrirle a un camión, podría bloquear la carretera para toda la noche. Afortunadamente hacía mucho tiempo que no se cruzaba con ninguno de ellos. A decir verdad, también lo hacía que no se cruzaba con un coche en marcha. Miró el reloj situado en el cuadro de mandos. Eran las doce pasadas. Sea como fuere, lo cierto es que ya no regresaba el mismo día en que salió. Echó, de paso, una mirada furtiva al nivel de carburante.

De repente dejó de nevar, como si hubieran sonado unas trompetas inaudibles, ultrasonoras, proclamando la orden de cesación de las hostilidades. Cuando la calzada, tras un repecho, rebasó el bosque, pudo comprobar que, entre algunos retazos de nubes, muy pocos, aparecía el cielo estrellado, con una gran nitidez, atenuado tan sólo en esta ocasión por el resplandor de la luna, como suele manifestarse en estas zonas apartadas y fundamentalmente rurales de Normandía. Sin embargo la carretera empezó a orientarse hacia el norte. La adivinó bajo la luz argentada del satélite lanzarse en línea recta, a través de una interminable llanura de sal, hacia esa dirección equivocada. Verdad es que el tramo de la autovía en construcción había tenido por efecto la modificación del trazado de muchas carreteras adyacentes, pero una derivación tan marcada no podía ajustarse a dicha explicación. Él debía dirigirse hacia el este y luego, en un punto bien conocido, torcer hacia el sur.

Sin duda había cometido un error en las redondas, en las juguetonas ruletas, debía decir, distribuidoras de sorpresas. Y había perdido en el juego de los acertijos, como Gollum.

Era preciso dar la vuelta. Y cuanto antes mejor. Aunque para ello debía encontrar un lugar que permitiera la ejecución de la maniobra sin riesgo, pues en medio de la carretera era imposible efectuarla, no sólo por el hielo sino también por la estrechez de la misma. Aquello ya no era desde luego una nacional.

Pasó mucho tiempo, o así se lo pareció a él, antes de que encontrara un cruce en el que pudo al fin realizar el cambio de sentido.

Alzó los ojos para descubrir un cielo totalmente limpio, despejado por doquier quisiera lanzarse la vista, en el que las estrellas palidecían a causa del fulgor que reflejaba la luna. Sin la cobertura de las nubes, el frío se haría más intenso. A pesar de todo, era inevitable reconocer que esa llanura banal, que se extendía entre Vitraux y Chartres, jamás se le había aparecido tan sugestiva como en esa ocasión en que el inmenso manto blanco absorbía la luz de la luna, mostrando toda la extensión de la noche bajo un halo blanquecino.

Miró de nuevo el reloj, el cual marcaba las doce y media. La varilla del combustible estaba ya por debajo del cuarto de depósito. En cuanto a la carretera, continuaba llevándole a ninguna parte. Peor aún, tenía la impresión de no estar pasando por los mismos lugares que hacía un rato. Impresión que quedó confirmada cuando derivó otra vez hacia una dirección no deseada, el noroeste. De confirmarse esa trayectoria, jamás llegaría a enlazar con la autovía o la nacional. Era menester corregirla en cuanto pudiera y ya era la segunda vez que la enmendaba. Mas el tiempo pasaba y no se le presentaba la menor oportunidad.

La explanada de un cementerio le permitió efectuar este nuevo cambio de sentido. Concluida la maniobra, se apeó para estirar las piernas y respirar aire puro. También para distenderse un poco. Hasta las cruces de las tumbas se hallaban cargadas de blanco. El techo de dos aguas de la iglesia, al igual que la torre linterna, habitualmente negros como el jade, se veían recubiertos por una espesa capa de leche cuajada. Diseminadas alrededor del cementerio habría cuatro o cinco casas. Pensó que era un buen lugar para aguardar la mañana y recabar entonces la información que precisaba, pero desechó la idea por prematura.

Volvió al coche y tomó la dirección opuesta. La cual no tardó en revelarse otra vez equivocada, otra vez inaceptable. Ya no podía rehuir la evidencia que se desprendía de los acontecimientos, tuvo que admitir que se había perdido por completo. Para colmo de males, la luz de la reserva se encendió al fin. Entonces supo con certeza que esa noche no llegaría a casa. Imposible encontrar por esos parajes una gasolinera abierta a tales horas. Ni siquiera la había, abierta o cerrada, en el tramo de autovía que llevaba hasta Vitraux. Si no conseguía orientarse pronto se vería obligado a parar, pues quedarse sin combustible, para un motor diesel, podría ser nefasto.

Era casi la una y media cuando vio una pequeña explanada junto a la carretera y decidió detenerse allí. La varilla del depósito rozaba ya el cero absoluto. Paró el motor y el silencio, así como el frío, se abatieron lenta pero implacablemente sobre el habitáculo. La noche iba a ser larga y difícil.









Trató de dormir, pero sólo lo conseguía durante breves lapsos de tiempo. Cuando creía que habían pasado horas, avanzaba un punto la llave de contacto para que se encendieran las luces del cuadro de mandos y comprobar que no habían transcurrido más de diez minutos.

El frío acabó por hacerse insoportable, así que decidió caminar. Procuró consolarse pensando que el ejercicio, al fin y al cabo, es sano; lo que no podía predicarse sin duda del entumecimiento de los músculos por hipotermia. Después de todo, estaba habituado a caminar durante tres o cuatro horas a través del bosque. Visto desde este ángulo, el enfadoso incidente podía culminar en una saludable marcha nocturna, en una pequeña aventura controlada. Considerando esta idea, se sintió fuerte. A decir verdad, desde el punto de vista físico, tenía la impresión de estar pasando por la mejor etapa de su vida. Miró a lo lejos y la distancia no le causó miedo, bastaba con procurar no resbalarse.

Mientras avanzaba sobre esa nieve tan fina que parecía una nube de polvos de talco, le vinieron a la memoria viejas estampas, probablemente incluidas en olvidados libros de texto, que presentaban a los soldados de Napoleón regresando a pie, derrotados, harapientos, de la campaña de Rusia. El coronel Chabert, preguntando en cada oficina de correos que hallaba en su camino si no había un giro postal a su nombre. Los héroes son los hombres del momento, de esa situación en que los valores sacrosantos de la patria, o de la civilización, están en peligro. Pasada la ocasión, al diablo con los héroes. Su encantadora y joven esposa no necesitaba héroes, Francia tampoco. Nadie consiguió reconocerlo, tal vez porque no se parecía a un héroe, porque los héroes no se reconocen a simple vista. Los héroes tan sólo se reconocen en el campo de batalla. El hombre se acredita en la adversidad, no en la taberna. Mucho tiempo atrás había conocido a un hombre así, a un auténtico héroe de muchas guerras, y por poco se muere de hambre y de soledad y de despecho. Pero él no quería saber ya nada de heroísmos, se había rebelado casi con las mismas palabras que Escarlata O’Hara y poco más o menos por los mismos motivos…. « juro que nunca más volveré a pasar hambre. Lo juro. » Eso fue lo que el viento se llevó, el orgullo, las hazañas y todas las causas por las que valía la pena luchar, si es que alguna vez las hubo.

Súbitamente paró mientes en que tal vez no era prudente alejarse del coche. Podía entrar en calor igualmente paseándose, sin necesidad de perderlo de vista. Detuvo su andar para divisarlo, minúsculo punto gris en medio de un mar todo espuma. Se encogió de hombros y siguió caminando.

Bien mirado, se dijo con su razón algo fatigada ya, lo que estaba ocurriéndole aquella noche singular podía interpretarse tal vez como una alegoría de la propia vida, es decir, de la vida misma, sin exagerar, apenas. A lo mejor era por eso, por lo que Trilla no se sentía irritado consigo mismo ni con los demás a causa de la pérdida de tiempo, puesto que a él lo único que le molestaba realmente de cualquier actividad era no aprender nada. Cabría, en efecto, comparar la vida a una larga marcha a través de la noche, pero una noche que suele ser a menudo mucho más oscura que ésta, después de todo, aunque no siempre tan bella, en la cual uno no está jamás seguro del paso siguiente, acaso nos lleve al descubrimiento del objeto maravilloso de nuestra existencia, aquello por lo que somos y constituye nuestra explicación esencial, acaso el camino conduzca a una fosa profunda o a un barranco cuyo precipicio aguardaba pacientemente desde hacía eones a que nos despeñáramos y en tal caso el caminante no constituía otra cosa que su ansiada presa, la cual era también, sin saberlo, su definición, ser el pedazo de carne que alimenta su condición de vacío y la confirma. Sí, la vida es substancialmente una sorpresa que alienta día a día, segundo a segundo, casi, y en cualquier momento podemos tener acceso al conocimiento de aquello para lo cual hemos sido hechos. Cada paso implica pues una elección, tras la cual se oculta un castigo o un premio potencial, o nada. Pero la tiniebla es tan espesa que podrían cortarse rebanadas de ella con un cuchillo. Por eso conviene aguzar el entendimiento, aprender a discernir sin precipitación pues es mucho lo que va en ello, utilizando, cuando la vista no basta, cuando ya no se trata de diferenciar lo oscuro de lo negro sino que es imposible distinguir entre los distintos tonos del negro, los sentidos restantes, o si acaso la inteligencia llegara a carecer del menor apoyo en ellos, siempre queda la intuición, que es posiblemente el sexto sentido. También conviene adiestrar la voluntad para hacerse ducho en la técnica del resistir contra viento y marea, o tal vez contra mucho más, posiblemente contra un destino adverso si tenemos mala suerte, y entonces el camino y la noche pueden llegar a ser, ambos, muy largos. Pero detenerse significa morir o, peor, matar. Hay que ser igualmente maestro en la ciencia de conocer la posición de las estrellas para saber en todo momento hacia dónde dirigirse, aunque sea en sentido amplio nada más pues la salvación suele estar de un lado y la condenación del opuesto, tomados ambos términos en su acepción más holgada, y por lo menos esa lección de latitud grosera no hay que ignorarla. No obstante, cuanta mayor precisión obtengamos sobre el lugar de destino y sobre las etapas que deben ser superadas para alcanzarlo, mejor será. Sabiendo que al final de todo camino se halla la muerte, podemos fijarnos metas sin vanidad. En todo caso, debemos caminar y tenemos que pasar la noche a la intemperie, sin que haya otra elección.

De todas esas cualidades que hacen falta para andar por la oscuridad, la que Guillermo poseía con mayor largueza era la voluntad, la cual había puesto al servicio de sus objetivos, entre los cuales daba preferencia a los de orden privado, por ellos sería incluso capaz de plantarle cara a la propia muerte, aunque fuera inútil, aunque la batalla estuviera perdida de antemano. De hecho, tan sólo por eso la temía, porque el amor le haría anticiparse al dolor de los suyos si acaso llegara antes de sazón, sin que sus asuntos estuvieran despachados y en regla. Por lo demás, la muerte no existe, « ella no nos concierne ni muertos ni vivos : vivos, porque lo estamos ; muertos porque hemos dejado de estarlo por siempre jamás », o mejor dicho, nuestra muerte muere con nosotros cuando aún estamos vivos. « Como nuestro nacimiento nos aporta el nacimiento de todas las cosas, así provocará la muerte de todas las cosas nuestra muerte » (Montaigne, cap. 20, Que filosofar, es aprender a morir).

De tal manera, mientras avanzaba, se sentía bien, mucho mejor que cuando se hallaba en clase, o corrigiendo exámenes, o en sociedad, con todas sus potencias en reposo estéril, si no perjudicial. Siempre se sintió mejor caminando, especialmente hacia lo desconocido, por lo menos así había sido durante los mejores años de su vida, porque entonces tenía la seguridad de que le aguardaba el conocimiento. Ya en su infancia se encontraba más a gusto en la soledad de los campos, entre los naranjos hasta el anochecer, que cuando salía a pasear por la ciudad los domingos, para lo cual aguardaba siempre a que fuera lo más tarde posible, más allá de la puesta del sol. Le gustaba mucho más ser perseguido por los guardias forestales que ir al cine. Sobre todo porque jamás consiguieron alcanzarle, nunca lograron ponerle la mano encima por mucho que lo intentaron, él los veía de lejos esconderse dentro de las regueras secas, o detrás de los setos, o simplemente tras los naranjos porque sabía muy bien que en los campos de su tierra había que mirar más por debajo que por arriba, para luego prepararles burlas y chascos, sin otra intención que la de jugar.

Más tarde, la adolescencia fue un fiasco del que nunca logrará recuperarse del todo. Únicamente la literatura le permitiría que las heridas no llegaran a infectarse, hasta que la filosofía y el tiempo le enseñaron la renuncia y el compromiso, el necesario pacto con una sociedad innoble y aburrida, hecha a medida, no de los hombres, sino de los dulces de sal, medicina que consiguió cicatrizarlas mas no hacerlas desaparecer. Trilla pensaba que cada uno tiene lo que necesita, pero no lo que él cree necesitar. Por eso tal vez obtuvo el lote del exilio y cuantas pruebas lo precedieron y siguieron, porque parece que haya alguien empeñado en que él sepa y se cure.

















Debía llevar un par de horas vagando con cierta despreocupación desde que había aceptado la suerte que su sino le tenía reservada para ese lance, cuando atisbó a lo lejos una quinta aislada, una de esas construcciones tradicionales, sólidas y por lo general antiguas, que llaman en la región « manoir », el cual refulgía como un relicario de oro sobre la sabanilla del altar, recibiendo en lontananza, bajo el cielo cárdeno de las noches con luna, una luz dorada semejante a la iluminación que reciben algunos edificios públicos y monumentos en las ciudades, en medio de la fulguración espectral de la planicie transida.

No pensaba dirigirse a él pues, disponiendo de su móvil, en cuanto llegara el momento efectuaría por sus propios medios las llamadas oportunas. Al alba únicamente se permitiría preguntar a algún vecino madrugador en uno de los pueblos, que no tardaría en cruzar, por la gasolinera más cercana. No se llama a una puerta en mitad de la noche, a no ser por una cuestión de vida o muerte. Sin embargo, conforme se iba acercando, empezó a concebir la sospecha de que esa carretera conducía directamente al manoir. Podía pasar justo al lado, como así haría sin duda, pero la intuición era que conducía a la casa, con exclusión de cualquier otro lugar y terminaba allí.

Absurdo, se dijo.

Aquella casa tenía, no obstante, algo que atraía poderosamente la mirada, la fascinaba. Al encontrarse más cerca percibió un ligero temblor en la luz, indicio de que no se trataba de luz artificial sino natural, lo cual quedó de manifiesto un poco más adelante cuando comprobó que provenía de numerosas antorchas, ardiendo sujetas a la fachada y a lo largo de una avenida plantada de tejos corpulentos, copudos, seguramente antiquísimos, que conducía a la mansión. La reminiscencia que acudió esta vez a su mente era literaria. Un castillo perdido en la soledad, rodeado del opresivo silencio de la planicie nevada. Una mujer, casi una niña, se divertía con sus compañeros de juego a través de los pasillos y de las alcobas inmensas. Era « El Gran Maulnés », una de esas obras que ya no renunciarán jamás a sus lectores. Disuelta en el frío que le calaba hasta los huesos, vino de pronto una irrestañable tristeza, como si hubiera perdido sus proporciones por efecto de una droga, tan grande era que parecía irremisiblemente bella, la misma tristeza que impregna toda esa novela de cabo a cabo, prosa indeleble pues, concluida la lectura, quedará registrado en algún lugar de la conciencia el estigma definitivo de su lancinante belleza. ¿Qué oscura perversión habrá en el hombre para que la tristeza le parezca siempre bella y la belleza triste ?

Se detuvo ante el arranque de la avenida de tejos, buscando en balde a uno y otro lado la hipotética continuación de la carretera, cubierta por el espeso manto de nieve. Mas fue preciso rendirse a la evidencia, desde quién sabe dónde, la carretera conducía únicamente a ese lugar, a ese punto avaro e irrepetible del universo que no admite concesiones con ninguna otra parte, fin último e inapelable del viaje. En todo caso, añadió obedeciendo a una necesidad intuitiva de concesión, para quien elija esta singular singladura, porque quería despegarse de los dedos la desacomodada idea de que el elegido había sido él, no ella.

Hasta allí le había conducido pues su pequeña aventura controlada, como él mismo la había denominado al apearse del coche.









Tejos, los hay machos y los hay hembras. Se imaginó que la fila de la izquierda estaba toda ella compuesta de árboles machos y la de la derecha de hembras, o viceversa. De modo que cada uno de ellos tuviera enfrente a su pareja, como en un minué de estilo rococó. Y en lo alto se tomaban de las ramas e intercambiaban caricias, gestos, sonrisas de complicidad e incluso, con ayuda del viento, reverencias. Pensamiento ocioso, desde luego, al que había dado curso obviamente porque no tenía ninguna prisa sino que, por el contrario, se preguntaba cómo ocuparía el resto de la noche, hacia dónde se dirigiría después de haber desandado una parte del camino.

Cuando descendió su mirada de lo alto, dispuesto ya a dar media vuelta, se encontró con que a través de la avenida se acercaba una dama vestida con un abrigo de armiño impecablemente blanco, sin las motas negras habituales, cada una de las cuales es la cola del animal. Por esa razón no la había visto antes, porque llevaba el camuflaje perfecto contra un fondo de nieve.

Pese al abrigo que rozaba casi el suelo y la distancia, se la adivinaba alta y esbelta, al tiempo que rotunda. A la luz de las antorchas, semioculto por la capucha, se ofrecía un rostro de facciones perfectas y tez pálida, sobre el que caían unos mechones dorados. Sus ojos, de un azul casi transparente, estaban fijos en él, lo cual equivale a decir que le retenían, no solamente por la fascinación que emanaban sino también a causa de las más elementales reglas de la cortesía. ¿Y qué mejor ocasión para ejercer la cortesía que ante una gran dama ? Pues de ello no cabía la menor sombra de duda, la mujer que se acercaba majestuosamente por aquella avenida de tejos, machos y hembras, avanzando con pasos largos, de una agilidad y flexibilidad animal pero sin precipitación, tanto es así que parecía no acabar de llegar nunca, como si el tiempo se hubiera parado y ella se fuera a quedar acercándose para siempre, era una verdadera dama, desde los pies hasta la cabeza.

Cuando estuvo al fin a su altura alargó, mediante un movimiento de una naturalidad impecable, con el mismo gesto espontáneo y tierno de una madre o de una novia, la mano para tomar la suya. La encontró fría pero suave como la sedosa camisa de una gala. Era una mano alargada, hecha de alabastro fino. Lo ilógico mismo de la situación, la errática y nocturna andadura a través de la llanura congelada, su involuntaria llegada al manoir, la arcaizante iluminación de las antorchas, paradójicamente le quitaba al gesto algo de su incongruencia.

-Lo estaba esperando desde hace mucho tiempo.

Guillermo no supo si se refería a horas, días, años o siglos. Pero se quedó con la duda.

-Mucho me temo, señora, que se haya confundido usted. Si estoy aquí, es sólo por casualidad –respondió honestamente, con la mayor suavidad de que fue capaz, mas sin rechazar aquella mano de porcelana, el don inesperado y prodigioso de la noche.-

-Las casualidades no existen. Venga a reposar conmigo. El camino ha sido largo y penoso. Ahora necesita un poco de quietud.

Guillermo pensó que tal vez hubiera querido decir : « Venga conmigo a reposar… » Y era únicamente a la precipitación del lenguaje hablado a la que debiera atribuirse la responsabilidad de ese enunciado, cuanto menos, ambiguo.

Las ramas de los tejos formaban un túnel con bóveda vegetal, a través del cual avanzaba de la mano de esa belleza clara y peregrina. Los hachones iluminaban el prodigio y la nieve le ponía el mito, la leyenda invernal de los cuentos fabulosos en los que la reina desciende de las almenas para conducir por las bridas el corcel de un caballero aterido, exhausto y descaminado, pero casi todo el misterio provenía de los ojos azules de la dama, dos aguamarinas conteniendo el frescor y la pureza de un manantial. Había algo en la transparencia de esos iris que hablaba de un mundo incontaminado, eternamente nuevo e incorruptible. Los ojos idóneos, pensó, para hacer la publicidad de un agua mineral. Quizás ese mundo acrisolado, impoluto, se encontraba ahí mismo, al final del túnel.

-A mi llegada estaba usted contemplando las ramas altas de los tejos, enlazándose unas con otras. Tal vez estuviera pensando en el amor…..

Atrevida, tuvo que admitir Trilla. Tan bella como atrevida. O es posible que fuera más bella que atrevida, para hacerle realmente justicia. Mas era atrevida, de todos modos.

-Sí, es cierto. Pensaba en el amor. Bien que sea la primera vez que la imagen del tejo me sugiere la idea del amor.

-¿Ah, sí ?¿Y qué le ha sugerido hasta hoy la imagen del tejo ?

Su voz conseguía ser a un tiempo profunda y femenina, tan nítida que parecía oírla dentro de sí mismo.

Consideró que la respuesta a esa pregunta, tardíamente reconocida como previsible, desbordaba un tanto los límites de la cortesía. Pero ya no tenía otra opción, mas que contestar.

-La muerte –repuso con prudencia, casi con remordimiento, pues sin lugar a dudas no era diestro predicar aquello de los tejos de la dama.-

No obstante, por indelicada que fuera la respuesta, la reacción de ella fue excesiva, fulgurante, si bien no duró más que un instante. Un instante, empero, durante el cual comprobó que el aguamarina de aquellos ojos sabía ser también espada de hielo, penetrando en sus carnes como si estuvieran hechas de mantequilla tibia.

Sólo fue un destello duro, fugaz aunque intenso. Después volvió a tomarle de la mano con gran suavidad. Guillermo se prometió solemnemente llevar, en todo lo que restara de conversación, por lo menos tres movimientos de avance.

-El tejo - añadió a modo de disculpa, pues el mal estaba ya hecho y prefería aún aparecer como descortés que como estúpido- es considerado como el árbol emblemático de los cementerios franceses, aunque también abunden en las más suntuosas mansiones. Y sus hojas son mortales para todo animal que no sea rumiante, verbigracia, el hombre.

-Por otra parte, son casi todos centenarios, incluso milenarios. En ocasiones son más antiguos que la iglesia en ruinas junto a la que están plantados –argumentó la belleza ofendida.-

También la muerte es antigua. Y durará hasta el fin de los tiempos, dijo Trilla para sus adentros, sin atreverse a exteriorizar semejante pensamiento, aunque sólo fuera por no porfiar. No lo hubiera hecho de cualquier modo y en cualquier circunstancia porque, salvo error ocasional del que nadie está libre, tenía el hábito de la prudencia y de la discreción.

-Como usted mismo ha dicho, no resulta infrecuente encontrar una avenida de tejos ante un manoir o un château.

-En efecto –admitió él, buen lector.-

El incidente parecía zanjado. Sin embargo notaba que en alguna parte de su conciencia se agitaba y retorcía una leve inquietud que se situaba tan sólo un poco más allá de lo evidentemente insólito de la situación. Estaba seguro que, si no se hallara tan abatido por la dilatada marcha y el frío, sería capaz de encontrar la razón, el detalle que se le escapaba cuando ya creía tenerlo atrapado entre las manos, resbaladizo intríngulis de aguas profundas. Pero la presencia que tenía a su lado era tan fascinante, tan poderosamente atractiva, que no permitía distracciones.

-La nieve borra el perfil de las cosas y hace todos los caminos iguales. Durante las noches en que nieva, todos ellos desean conducir al mismo sitio.

-A mí me han conducido hasta aquí. Y yo lo estaba deseando sin saberlo –había decidido que ahora le tocaba el turno a él de ser atrevido.-

La beldad sonrió, halagada. Guillermo formó otra vez propósito de permanecer siempre atento, para no ofender nunca más a aquella mujer soberbia, que se merecía tales miramientos y muchos más. Realmente había un arte de ser mujer en el que ella excedía, cada gesto suyo traicionaba sus conocimientos en la materia, incluso llegó a disculparle ese cambio brusco de humor, fulminante, que casi lo electrocuta. Ars vivendi en femenino. Una mujer corriente jamás se atrevería a tomar a un desconocido de la mano, porque ni siquiera sospecha que ese acto tal vez no signifique nada.

El túnel les condujo hasta una explanada, iluminada por los hachones del frontispicio. Desde allí contempló de nuevo hasta el horizonte un mar de espuma bajo la luz lunar. El cielo, sin embargo, comenzaba a azulear francamente. El este no tardaría en teñirse con el rosicler de la aurora. Hubo una voz en su interior que le dijo : « demasiado tarde ». Pero él corrigió : « demasiado pronto ».

La dama le dejaba contemplar el paisaje. Ella misma se puso a observarlo durante unos instantes.

-La belleza está hecha tan sólo para los fuertes –susurró.-

-Entonces yo no tengo derecho a ella.

-Quién sabe…. Hay muchos tipos de fortaleza. Los hay a corto plazo y a muy largo. Además, considere que usted ha conseguido llegar hasta aquí, atravesando el corazón helado de la noche. Los cobardes, por el contrario, no son nunca viajeros perdidos en las tinieblas, a ellos hay que ir siempre a buscarlos, allí donde se encuentren.

La llanura cruda y transida, escenario de las batallas de los hombres, sepultura de la sangre, enamorada de la muerte. Bella a pesar de todo, pero no la quiero.

-Ahora venga conmigo. Dentro arde un fuego que reconforta hasta del dolor y cura del olvido.

Sí, un fuego que evapore toda la tristeza que impregna el alma la cuita de estar vivo, el aire malsano y húmedo de la ciénaga donde no existe el reposo.

Se dejó llevar, cansado y seducido, fascinado por la imagen mental de ese fuego delitescente. Siguiendo la estrella de esa sonrisa prodigiosa, mistagógica. Ante él tenía ya el umbral, abierto de par en par a una penumbra en la que temblaba, en efecto, el resplandor rojizo de un fuego cuyas llamas ávidas oía crepitar cada vez con más fuerza. Vio un suelo de baldosas blancas y negras, una monumental escalera con peldaños de mármol, una balaustrada en lo alto, unas vidrieras como de catedral, al fondo, que empezaban a palidecer con las primeras luces del alba. Todo en el interior ofrecía el inequívoco aspecto de un mausoleo.

De repente reconoció el nombre del áspid que serpenteaba en lo más profundo de su conciencia, hundido en la sombra, ese detalle que se le escapaba una y otra vez de entre las manos. No le sorprendió saber que era una cuestión lingüística, desde el principio había sentido el prurito de la lengua, extraño en él cuando se trata de un idioma que no es el suyo pues en tal caso tiende a acordar una confianza casi absoluta al hablante nativo, pero una venda en los ojos le había impedido ver hasta entonces lo evidente. Desde el inicio de la conversación había estado platicando ella en perfecto valenciano, utilizando la variedad exacta hablada en Sajará, el acento justo, la palabra precisa. Sajará, ese lugar lejano en el que él había abierto los ojos y donde siempre había deseado terminar, devolviendo a su tierra el polvo prestado. No, él quería ser sólo tierra de Sajará y no otra. Ese polvo debía entregárselo a la suya y no a una tierra extranjera.

Ésta no puede ser otra que la muerte, se dijo. Y calló su descubrimiento.

Aspiró profundamente y retuvo el viento de la llanura en sus pulmones. Oyó en su interior los gritos y las canciones de guerra. Tambores y relinchos de caballos enloquecidos. El fragor de la batalla y la furia desatada de los elementos. Una irrupción de las fuerzas telúricas al retirar la mano, imitadora del rayo.

Ella había adivinado la intención tan sólo un segundo antes. Demasiado tarde. El formidable apretón que hubiera pulverizado la muñeca, no pudo sino deslizarse sobre la piel dejando en ella un reguero de brasas. La explosión de cólera quedó materializada en un atrabiliario aullido de rapaz y el fogonazo azul que descerrajaron sus ojos.

Pero como antes, la reacción violenta no duró más que un instante. Tras el cual quedó postrada, con una rodilla hincada en el suelo, el rostro oculto por la capucha.

Su voz se hizo de nuevo dulce, casi lúbrica.

-¿De veras no deseas entrar conmigo ahí dentro?

-Todavía no. No soy un héroe.

Abrigo y caperuza parecieron abatirse. Cayeron unos cuantos centímetros como si el cuerpo que los sustentaba hubiera perdido masa muscular.

-Entonces, si no eres un héroe, la próxima vez que venga a ti lo haré con mi verdadero rostro….

Apenas tuvo tiempo de parpadear, únicamente vio ante sí alzarse un abrigo de pieles, como un paisaje ártico disparado por un resorte oculto.

-¡Éste !

Un abrigo albar que se erguía ahora como una bandera, como serpiente empinada, lista para lanzarse al ataque. Bajo los flecos de la capucha percibió la mirada negra, sin alma, capaz de cualquier cosa, de las dos cuencas vacías.

Retrocedió un paso y el esqueleto no se movió. Se limitaba a respirar, a cabecear como el mascarón de un barco, mientras la brisa removía los alamares de la capucha y hacía flamear las mangas atravesadas tan sólo por un asta que asomaba sus garras por los caireles. Dio otros dos pasos atrás y tampoco se movió, sino que seguía palpitando, henchido sólo de aire el sórdido velamen.

Se dejó oír a lo lejos un sonido semejante al de una sirena de fábrica. Primero débilmente, acabando pese a todo por imponer el contenido de su mensaje. Únicamente una tregua, intuyó, pero de las que nadie sabe hasta cuándo van a durar.

Paulatinamente, fue acercándose hasta la comprensión de lo que en realidad estaba sucediendo. No se trataba de ninguna sirena de fábrica, sino del claxon de su automóvil, sobre el que se apoyaba su frente. Alrededor estaba haciendo tanto frío que le producía un dolor intenso en todo el cuerpo. Se había quedado dormido.

¿Dónde ?





















REGISTRO DE CUERPOS DESHABITADOS.



Caso 1.a. Transvase.



Está rayando el alba, los gorriones alborotan en las ramas de los naranjos cercanas a la carretera y se baten en fulgurantes escaramuzas sobre los tejados aislados. La brisa matinal expande un intenso perfume de azahar, levanta la frescura benéfica y lustral del rocío y de las sombras, todavía densas, estilizadas. Tres muchachos muy jóvenes avanzan en fila india, sin hablar. Ninguno de ellos tendrá más de doce años, demasiado pocos para encontrarse en el campo a esa hora temprana. Sin embargo, han caminado durante toda la noche. Han recorrido en tinieblas, bajo el azote monótono de la lluvia, un valle dormido, de punta a punta. Han atravesado pueblos entre dos luces, en los que su paso taciturno, indiferente al somnoliento rebullir de las calles, infundió sospechas. Andan como autómatas, olvidados del cansancio y hasta de las piernas, empleada tan sólo su voluntad en el verbo llegar, conjugado en los tiempos más convenientes, en todas las personas posibles, aplicado a las perífrasis adecuadas.

Al amanecer, mientras se difunde el rosicler de la aurora, llegan al pie de la montaña y sin comentario alguno, sin mirar siquiera hacia los blanquinosos riscales de las cumbres, se disponen a iniciar la ascensión. Progresivamente la pendiente se va acentuando, el camino comienza a serpentear entre los naranjales, evocando la fatiga perdida en los meandros uniformes de una noche sin paisaje y sin sueños. Los mirlos entran y salen como flámulas negras de las higueras plantadas junto a las casas solitarias, silban y gritan, se dejan caer al suelo como pesadas sombras maduras. Tras las figuras de los jóvenes caminantes, el panorama va tomando fondo por encima de las ramas altas de los árboles, va surgiendo un campanario, un pueblo pálido, desblanquecido, en el que todavía brillan unas luces cobrizas, los arrozales cruzados por la línea glauca de los plátanos de sombra señalando el trazado de la carretera, clavándose como una lanza en el costado de Sajará, y finalmente el mar con la bola roja del sol emergiendo más allá de sus aguas matizadas por un azul verdoso. Así concluía invariablemente el sueño.



En su casa dirían que iban a pasar el fin de semana en un chalet propiedad de los padres de uno de ellos, olvidando sin duda añadir que éstos no irían en esa ocasión.

Echaron mano de la bicicleta y se dirigieron, los tres, hacia el « cavall de Bernat ». Cuando hubieron bajado la pendiente del otro lado del puente sobre el río Júcar, verde río de limonada, la carretera, todavía de adoquines datando de los tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, entraba en un túnel, recto como el orificio de un cañón, formado por las ramas vigorosas de copudos plátanos de sombra situados a uno y otro lado, a lo largo de toda ella. El tiempo era magnífico, aquella tarde primaveral se reía con la dulzura y la inocencia tan sólo conocidas en los días de la infancia. Los arrozales estaban labrados, listos para recibir el agua del Júcar que los anegaría en breve así como la semilla. Los gorriones se afanaban con briznas de hierba y paja construyendo sus nidos, batiendo con sus alas el aire tibio, cargado con el perfume de la tierra abierta mezclado con la fragancia de las flores.

Al salir del túnel vegetal, de repente se vieron tan cerca del « cavall de Bernat » que parecía que éste los iba a aplastar sin querer con sus patas. Torcieron a la izquierda y pedalearon durante tres o cuatro kilómetros hasta alcanzar el primer pueblo. De un lado, los naranjales ascendían hasta la falda de la montaña, del otro, se extendían las tierras de arroz hasta las inmediaciones de Sajará. El aroma había virado al tomillo y al romero calientes, así como al azahar intenso y oriental. El sol dejaba caer sobre todas las cosas de ese mundo nuevo, primigenio, una gran cascada de luz amarilla y los jilgueros, verderones y pardillos parecían enloquecer como derviches minúsculos, los mirlos lanzaban al paso de los ciclistas su grito de alarma, al tiempo que agitaban furiosamente sus alas en espectacular y aparatosa huida, las tórtolas zureaban tranquilas a lo lejos. Luego torcieron hacia la derecha y comenzó la ascensión. La carretera serpenteaba, empinándose cada vez más. El sudor les caía a raudales, pero no era la primera vez que subían, estaban pues al corriente de lo que les aguardaba hasta llegar a lo alto. El chalet que buscaban era justamente el último y se hallaba en una posición equidistante entre la cima y el pie de la montaña.

Llegaron exhaustos y se sentaron en la terraza a contemplar el mar en lontananza. Sólo por eso ya merecía la pena haber venido. No tardaron en recuperarse pues la juventud no es rencorosa con la fatiga.

Caída la noche, cenaron a la luz de una lámpara de gas, pues por aquel entonces la electricidad todavía no subía hasta esas alturas, unos bocadillos que traían. Enseguida se pusieron a jugar a la baraja. Guillermo siempre ha detestado esos juegos llamados de sociedad, de modo que dejó pasar unas cuantas manos como prueba de buena voluntad y lanzó las cartas sobre la mesa. Tras ello salió a la terraza para apreciar el cielo estrellado, divisando luego las luces lejanas de Sajará para tratar de adivinar la posición del mar.

Los otros dos no tardaron en salir, a su vez.

-¿Bueno, qué ? –dijo Ximo- ¿nos vamos a dormir ?

-¿A dormir ? Por una vez que tenemos toda la noche, todo el monte, para nosotros solos, ¿y tú te quieres ir a dormir ?

-¿Qué vamos a hacer, entonces ?

-Pues vamos a coger las linternas y nos damos una vuelta. Eso es lo que vamos a hacer.

-¿A que no sois capaces de subir a la cruz, ahora ? –intervino Salvador.-

La cruz se hallaba en una prominencia situada justo delante de las anteojeras del caballo, ligeramente más baja que las orejas del mismo.

-¿Que no somos capaces ?¿Cómo no vamos a ser capaces? Eso habrá que verlo enseguida.

Ximo no parecía tenerlas todas consigo, pero no dijo nada. Buscó las linternas y les entregó una a cada uno.

La senda que conducía hasta lo alto comenzaba allí mismo, a unos cuantos metros de la casa, la cual no debía presentarles problemas pues la habían frecuentado tantas veces de día que en la oscuridad podrían reconocerla sin grandes contratiempos. Tras un leve titubeo que debió asemejarse bastante a un arrepentimiento momentáneo, iniciaron la difícil ascensión.

Llegados a la cima, tomaron asiento junto a la cruz de hierro. Una raja fina de cuarto creciente iluminaba débilmente las cumbres, pero nada podía hacer por las hondonadas de uno y otro lado desde donde parecía elevarse, como una bruma siniestra, un conglomerado negro, insondable y denso. Hacia la parte del mar se veían algunos islotes de luces parpadeantes, entre ellos el de Sajará. Hacia la parte del valle interior absolutamente nada, sino el negro de humo.

Salvador, mirando en esa última dirección, lanzó de nuevo su desafío :

-¿A que no sois capaces de bajar al monasterio de la Murta, ahora ?

Ximo sí reaccionó esta vez.

-¿Estás loco?

Guillermo miró hacia el cielo y permaneció en silencio. Unas cuantas nubes venían raudas en su dirección. A su diestra, el ingente caballo de piedra parecía resollar tenuemente.

-¿Qué, sois o no sois capaces de hacerlo ?

-¿Y tú ?¿eres capaz de hacerlo ?

-Yo sí.

-Pues si tú eres capaz de hacerlo, nosotros también.

Ximo avanzó una objeción.

-Mañana temprano vendrán mis padres. Se asustarán si no nos ven.

Guillermo intervino.

-Cuando mañana vengan tus padres, te encontrarán dormido en tu cama. Eso sí, no les va a resultar fácil despertarte.

-Bueno, entonces vamos.

El descenso fue harina de otro costal, pues la otra vertiente les era desconocida. No encontraron la senda, o más bien la perdieron enseguida, bajando en línea recta casi, atravesando matorrales cuyas zarzas les arañaban las manos y les pinchaban las piernas a través de los pantalones, excepto cuando encontraban un precipicio y tenían que rodearlo. La progresión, en esas condiciones, era forzosamente lenta. Entretanto, las nubes, conforme iban llegando al obstáculo constituido por la pared rocosa, se quedaban encajonadas como agua rebalsándose, aparentemente sin atreverse a saltarlo. Durante un buen rato les cayó encima un vapor frío y pegajoso que disminuía aún más la visibilidad.

Poco antes de alcanzar el pie de la montaña, desapareció la niebla, pero veían pasar los bancos amenazantes por encima de sus cabezas, cual ejército fantasma.

Ya casi en el borde del valle, empezaron a preguntarse por dónde caería el monasterio. Apenas tuvieron tiempo de expresar sus conjeturas, pues la respuesta no tardó en serles revelada como una gracia gratis data mediante una iluminación, una visión fugaz de intenso sabor gótico. Una centella alumbró el cielo entero con una luz de color azul pálido, sobre cuyo fondo se recortó con todo lujo de detalles el perfil del vetusto edificio, poniendo así en evidencia su posición exacta. El retumbo del trueno coincidió con la vuelta a la tiniebla, mucho más espesa que antes, así como con el inicio repentino de un aguacero tupido que resonaba como el reflujo del mar en la maleza y sobre las ramas de los pinos. No lo dudaron un instante y corrieron a refugiarse en las ruinas.

La primera dependencia que les vino a la mano presentaba una descomunal puerta de madera carcomida y astillada. Levantaron la barra de hierro para precipitarse en un interior cálido que exhalaba un olor entre agrio y dulzón de paja añeja. Los haces luminosos de las linternas eléctricas comenzaron a examinar un espacio vasto sobre el que flotaba un silencio de siglos, mas todos confluyeron rápidamente sobre unos carros enormes semejantes a esqueletos de dinosaurio, cuyas lanzas se elevaban hasta casi tocar el techo, o así les pareció desde su estatura. Se hallaban pues en los antiguos establos.

La lluvia arreciaba con furor creciente, los relámpagos se sucedían con interrupciones cada vez más breves y el valle entero parecía resquebrajarse con los truenos rodados.

-Menos mal que hemos encontrado este refugio –adujo Salvador, tratando de hallar el lado positivo de la situación que justificara, al menos en parte, el descenso, o atenuara sus consecuencias.-

No obtuvo respuesta. De vez en cuando, uno de ellos enfocaba el fondo del bastimento como asaltado por la quimera de un frote de sandalia en el suelo terroso o del roce de un hábito sobre aquellos extraños aperos de madera.

Ximo enfocaba repetidamente su reloj con la pila. El cielo parecía que no iba a consentir nunca en aplacar su cólera. Debieron pasar varias horas durante las cuales no cesó de descargar todo ese aparato.

Al final dejaron de oírse los truenos y la lluvia se estabilizó en un paso moderado.

-Esto va para largo – intervino Guillermo.- Hay que tomar una determinación.

-Es cierto, debemos regresar antes de que lleguen mis padres.

-Sí, pero no podemos hacerlo por el mismo camino. Nos volvería a pasar lo mismo, perderíamos la senda y ahora con el barro sería mucho peor, resbalaríamos a cada paso corriendo el riesgo de rompernos la crisma. Ha llovido demasiado.

-¿Quieres decir que vamos a tener que dar toda la vuelta a la montaña?

-No hay más remedio. Hacia abajo el camino es amplio y dentro de poco estará asfaltado.

-Nos vamos a poner como una sopa.

-Prefiero mojarme a que mis padres se enteren de esto. ¿Podremos llegar antes de que se haga de día ?

Guillermo no tenía ni la menor idea.

-Si salimos ahora, tal vez sí.

Reemprendieron pues la marcha en el sentido opuesto al que les había traído. Por primera vez oyeron el tintineo lúgubre de una campana.

-¿Qué es eso ?

-El sonido de una vieja campana, parece, azotada por la lluvia.

-¿Y cómo es que no la habíamos oído antes ?

-No sé… los truenos, el viento que soplaba fuerte, a lo mejor en otra dirección. Además, la puerta estaba cerrada.

No obstante estas razones, los tres apretaron el paso.

Caminaron durante toda la noche a lo largo del valle, en fila india, ya sin hablar apenas, pues el repiqueteo de la campana, que no cesaba, les intimidaba un poco. Siempre lo tenían detrás, pero unas veces parecía provenir de las entrañas de la montaña, del monasterio, que quedaba ya lejos, mientras que otras daba la impresión de surgir de los matorrales más cercanos o de la oscuridad misma que los envolvía y los oprimía.

-Será el viento, que anda como loco esta noche.

Al pisar los adoquines de la carretera comarcal, sintieron que se les quitaba un gran peso de encima. Luego atravesaron pueblos a la hora incierta en que sus moradores empezaban a espabilarse y a salir de sus casas, suspicaces, para dispersarse después a través de los campos con las luces de los coches y de las motocicletas todavía encendidas.

Al cabo se hizo de día y ellos seguían caminando, subiendo de nuevo la montaña por la ladera opuesta como autómatas, sin sentir ya el cansancio ni las piernas, mientras los gorriones armaban su habitual trifulca mañanera entre las ramas de los naranjos y en los tejados aislados. Los mirlos entraban y salían como flámulas negras de las higueras plantadas junto a las casas solitarias, silbando y gritando, dejándose caer al suelo como pesadas sombras maduras. Tras las figuras de los jóvenes caminantes, el panorama iba tomando fondo por encima de las ramas altas de los árboles.

Al fin llegaron a casa. Comieron un bocadillo con apetito voraz y se dejaron caer rendidos sobre las camas. Entonces fue cuando tuvieron ese sueño por primera vez. Los monjes negros les iban pisando los talones. Gracias a un halo turbio que los rodeaba y los mantenía en levitación, pudieron verlos perfectamente, traían los rostros cubiertos por las casullas, venían musitando plegarias que se alargaban hacia ellos como un murmullo sordo, cortado periódicamente por el tañido de la campanilla. Por mucho que apretaran el paso, nunca conseguían ganar distancia. Al contrario, los tenían cada vez más cerca. Cuando subieron al empedrado de la carretera comarcal, ya les había alcanzado el olor a heno rancio de los hábitos mojados.



Durante mucho tiempo les acometió este sueño, a los tres. Ellos subían a la calzada, mientras que los hábitos negros se quedaban en la cuneta, sin poder pasar adelante. En cada reproducción advenían los mismos sucesos, sin adición de detalles. Por fortuna, superado el umbral de exacerbación, la frecuencia con que se presentaba fue remitiendo hasta desaparecer. Acabaron por olvidarlo todo, el sueño y la aventura real. Vivieron las vidas que les correspondieron a cada uno en esta misma ciudad.

Sin embargo, a medida que iban cumpliendo los cuarenta años, la pesadilla volvió a frecuentar sus noches. Aunque esta vez había adquirido una modalidad productiva. Durante el transcurso de cada repetición aparecía un detalle nuevo. Un cántico, iniciado como la sospecha de un rumor, iba ganando nitidez y subiendo de tono; un hábito entrevisto, con el fogonazo de un rayo, en las ruinas de la iglesia; un revuelo de voces y presencias intuidas tras la mampostería desmoronada, unas sandalias asomando ante una escotadura, un resplandor de antorchas vislumbrado a través de las rendijas de la puerta, todo ello acompasado por el tañer periódico de la campanilla. Luego la figura entera de un monje negro considerándolos, impasible, desde el fondo de la caballeriza. Después, a lo largo de una irrestañable serie de réplicas, todo se precipitó, apareció la comunidad entera, la sala capitular, los rostros inquisitivos hablando una lengua apenas comprendida, la soledad de la celda, los intentos frustrados de fuga, la persecución a través del bosque, los exorcismos.

Hubo un punto en que necesitaron tratamiento médico durante los momentos críticos. Hoy sólo son tres cuerpos vacíos deambulando en silencio por el parque y los pasillos de este hospital. Si bien suelen presentarse ocasiones en que se levantan hacia la mitad de la noche para entonar cánticos. Entonces es preciso conducirles de la mano a sus respectivas habitaciones y encerrarles para que no molesten a los demás enfermos. Un caso clínico más que consigno en este registro aparte, cuyo contenido conviene silenciar por deontología médica.

























UN EXPEDIENTE SEGURO.





Cuando emergió de sus reflexiones, se encontró con la cara hundida en las palmas de las manos, las yemas de los dedos refrescándole los ojos fatigados, alumbrando luces de colores a la menor presión involuntaria, como si estuviera en las afueras de un pueblo, absorto ante la eclosión de un castillo de fuegos artificiales. Arrancó laboriosamente el rostro de su pedestal y dio rienda suelta a la mirada para que vagara sin rumbo sobre la superficie de su amplia mesa de trabajo, haciendo inventario de todos los accidentes con que tropezaba, una motita de polvo como una isla en medio del océano, vista desde un avión, varios bolígrafos igual que despojos de buques echados a pique, la nervadura seccionada de la madera enroscándose cual remolino o borrasca, los numerosos cuerpos de libros que yacían dispersos como cadáveres flotando entre la bruma de un campo de batalla. Miró el reloj. Debía esperar a que dieran las ocho en punto.

Estaba aguardando a que dieran exactamente las ocho y faltaban tan sólo unos minutos. Otra posibilidad hubiera sido llamarle a su móvil, mas tratándose de un asunto de trabajo prefería respetar las reglas, la jornada laboral de Luís comenzaba a las ocho, no antes, y a pesar de la fuerte puesta que esta vez figuraba sobre el tapete, la transacción de su vida quizá, susceptible de despertar en la competencia el mismo interés exhaustivo, inaplazable, no se permitiría efectuar la llamada ni un minuto antes de la hora. En un naufragio se hundiría con el barco, por no haber llegado el momento cabal de desembarcar.

Acomodado en un sillón, percibiendo en el cutis y en el dorso de las manos el tibio sol matutino, contemplaba el lejano bosque de pinos ascendiendo por la falda de la montaña. Observó que la lámpara de su mesa de trabajo se había quedado encendida, a pesar de que la habitación contenía una luz rutilante desde hacía un buen rato.

Decidió repasar mentalmente las fases esenciales del trabajo efectuado durante la madrugada, el cual, paradójicamente, poco había tenido que ver con la historia del arte para acercarse bastante a la labor de un químico. Ya tendría tiempo y ocasión de gozar del placer estético, probablemente cuando la pieza estuviera vendida. Su tarea había consistido en partir del soporte e ir emergiendo hasta la superficie pasando por el fondo, la pigmentación, hasta llegar al barniz, estableciendo en cada estrato un catálogo de los elementos genuinos que suelen salir, o que tienen al menos la posibilidad de salir, del taller de ese preciso pintor barroco, confrontándolo luego con el informe establecido por los especialistas referente a la obra en cuestión. Teniendo en cuenta que un falsificador puede adquirir el cuadro de un discípulo menor con el fin de utilizar el soporte, e incluso algún que otro componente más, para realizar la imitación del maestro o de un alumno aventajado, una vez borrada la obra original. Seguidamente resulta sencillo darle a la imitación un aspecto antiguo, basta con dejar la pintura envejecer unos cuantos meses, barnizarla, ponerla al horno, calentarla delicadamente hasta que una ramificación de tenues fisuras aparezca sobre la entera superficie ; para concluir, se impregna todo con la grasa antigua extraída del material primigenio perteneciente al alumno bodoque. Sin embargo, si en lugar de aparecer el ultramar, que es el azul de la época, aparece el azul de Prusia descubierto en 1704, o el azul de cobalto que lo fue en 1802, o en el peor de los casos el azul sintético, desprovisto de impurezas y cuyas partículas son todas de la misma dimensión pero que no puede aparecer hasta 1824, entonces se trata por supuesto de una superchería, por bien elaborada que esté, excepto, evidentemente, cuando el área analizada ha hecho objeto de una restauración.

Por lo que se refiere a ese cuadro, no tenía noticia de restauración alguna. Aunque para adquirir la certeza absoluta haría falta consagrar meses e incluso años de investigación exhaustiva y aun así nunca hay garantías, a no ser que una concatenación de casualidades nos lleve a exhumar el documento que dormía desde hace siglos en el fondo de un cajón, mezclado entre los papeles privados de alguno de sus antiguos propietarios, eso si la casa familiar no se ha derrumbado ya de puro vieja.

Dieron al fin las ocho en punto en el reloj del salón. Marcó el número de la galería y esperó a que surgiera la voz de Luís o de Elvira, su secretaria. Fue aquél quien descolgó pues debía estar aguardando la llamada.

-Compra –le espetó, sin más.-

-Entendido.

Ambos colgaron de inmediato. Si durante los minutos siguientes el teléfono no daba ninguna señal de vida, su patrimonio se vería notablemente incrementado. Bueno, en primer lugar peligrosamente menguado, para explotar enseguida, para expandirse como una marea poderosa, como un maremoto. Por cierto, hablando de maremotos, tal vez vaya luego a pasar una buena semana a una isla tropical, si las previsiones meteorológicas son buenas. Se reclinó de nuevo en el sillón con los ojos cerrados, ilusionado.

El estrépito de una zambullida consiguió detener durante unos segundos el concierto ad libitum interpretado por la orquesta filarmónica de la república canora, el corazón de cuyo territorio le parecía habitar en su chalet de la sierra. Luego se instaló el rumor rítmico de las brazadas. Así sonaba la música de su despertar desde hacía algunos días y no le parecía del todo mal.

Se levantó a verla nadar. Su estilo era perfecto, la cabeza siempre debajo del agua, los pies dejando una estela tras de sí mediante movimientos breves y uniformes, unos brazos esbeltos emergían sin precipitación pero también sin morosidad, los dedos bien pegados. Al llegar a la pared, la vuelta era impecable, sin salpicar, tomando un empuje largo, silencioso.

Sonó el teléfono.

-Malo.

Le costó arrancar los ojos de la nadadora y a disgusto abandonó la ventana. Tomó el auricular.

-¿Armando ?

-¡Ah, eres tú !

-¿Por qué no iba a ser yo?

-Como sé que trabajas más bien por la noche….

-¿Te has acostado ya con ella ?

-No.

-Lástima, pues llamaba con la intención de molestaros, si acaso os encontrabais enlazados bajo las sábanas, adormilados y disfrutando del tibio sol de la mañana, acariciándoos mutuamente vuestra piel desnuda.

-Cuidado, no vayas a ir mezclando los estilos. Eres una narradora, no una poeta.

Curiosa la situación de Armando, entre una nadadora y una narradora.

-Descuida, la prosa siempre acaba por imponerse.

-Pues no. Ya ves. Todavía no hemos dormido juntos. Pero no creo que resista durante mucho tiempo, la verdad. Ahora se está entrenando para las próximas olimpiadas. Mas cuando salga del agua, su cuerpo, imponente, llevará encima menos tela de la que, incluso apelotonada, necesitaría un ratón para esconderse debajo, entonces lo dejará en exposición sobre la hamaca hasta que sea la hora de preparar la comida.

-¿Te prepara todavía la comida ?

-Sí, claro.

-Bien mirado, no deberías tardar en sucumbir.

-Sucumbiré cuando me dé la gana. Faltaría más.

-Bueno, hombre, no te lo tomes así. Tú mismo has dicho que no crees poder resistir durante mucho tiempo.

-Así es, si bien es cierto que cuando se trata de un expediente seguro me encanta diferirlo, de un modo razonable por supuesto.

-Lo sé, sólo que únicamente tú conoces la medida de lo que es razonable para ti, en un momento dado. Estoy al corriente de tu estilo. Lo he experimentado en propia carne por suerte y desgracia mía.

-Bien, pues entonces hasta luego.

-Hasta luego.

Ya iba a colgar, cuando se arrepintió.

-¿Carmen ?

-Sí. Aquí estoy.

-Oye, ¿no estarás tú aprovechando todo esto para escribir un relato?

-¿Estás loco?

-No sé… Cambiando los nombres de los personajes, tratando de distorsionar un poco la cosa…

-De ninguna manera. No solamente renuncio a ello, sino que además desecho argumentos que antes me hubieran parecido válidos, por poco que guarden una similitud vaga con las circunstancias reales a que te refieres. Sobre ese particular puedes estar tranquilo. Es casi una obsesión.

-Está bien. Nos vemos cuando terminen estas vacaciones, un poco forzadas ciertamente, pero entrañables.

-A lo mejor te hacen mucho bien.

-A lo mejor…

Colgó.

-Hacer como hace Dios –murmuró entre dientes, irónico.-

Así empezó todo, con esa frase irresponsable. Carmen Ollera, forjadora de tramas para dar a la estampa, quiso probar suerte en la vida real.

-No es únicamente para casarme contigo, sino para que dejes de hacer todos los días mala sangre en vano con la Euménide de tu mujer, a quien se le ha agriado el carácter a medida que se le ha ido arrugando la piel como una pasa. Esos cutis tan secos…. no resisten la edad.

-¿Qué quieres, que la mate?

-Tú no, por supuesto. Tú jamás cometerías un acto semejante, ni yo; nada más lejos de mi intención. Excepto sobre el papel, claro. No obstante, podemos hacer como hace Dios, que nos pone a veces en la tentación, para probarnos, y a nosotros nos toca mantener fuerte el timón a fin de evitar caer en ella. ¿Me sigues? Si por ventura no lo hiciéramos así, a nadie más incumbiría la culpa.

Vaya con el demiurgo femenino. Resulta asombroso, consideró Armando, cómo es posible que detrás de unos ojos tan azules puedan concebirse unos argumentos tan pérfidos. La dejó hablar, a pesar de su escepticismo. La dejó hablar del mismo modo que la lee, con gusto.

-La última vez que estuvisteis en casa, ¿notaste cómo te miraba Marcela, mientras servía la mesa ?

-No –mintió.-

-Menos mal que Eloísa, milagrosamente, no percibió esa mirada, porque de lo contrario nada podríamos hacer. Marcela es una fuerza de la naturaleza, un volcán de pasiones raramente dormido. Si alguna vez no sabe hacer algo, es preciso explicárselo con suma delicadeza y aun así te descerraja una mirada negra, tan contundente como un tiro. Una pantera suave si se la alimenta bien, si se la maneja con incentivos, mas la imagino terrible ante el menor signo de violencia, aunque sea verbal.

Al cabo de unos días, Carmen le hizo una visita de cortesía a su vieja amiga Eloísa. Entre sorbo y sorbo de martini le explicó, como quien no quiere la cosa, que, desde el desgraciado accidente que le costó la vida a Carlos, tener una criada en casa era un lujo inútil, del cual le convendría prescindir desde varios puntos de vista. Si no lo hacía era tan sólo porque la tía de Marcela ya había servido en casa de sus padres antes de hacerlo en la suya y cuando ésta falleció, la familia le rogó, tras los funerales, que aceptara a la sobrina en el papel de la tía. La niña era, por supuesto, una paleta salida directamente del pueblo, pero con el tiempo había aprendido a hacer todo muy bien.

-Sin embargo tú, Eloísa, una mujer a quien le gusta disfrutar de su casa, que debe sobrellevar la pesada carga de un marido…

-No soy un convoy excepcional –protestó Armando, pero nadie le hizo caso.-

Carmen siguió mencionando las excelentes prendas de la muchacha.

-¿Y tú qué piensas de esto, Armando ? –inquirió Eloísa.-

Armando conocía demasiado a su mujer como para que no se le pasara por alto el carácter retórico de la pregunta, por ello consideró que el gesto más adecuado era encogerse de hombros. No solamente en relación a la circunstancia presente, la cual requería a todas luces una aceptación con reticencias, que su mujer debía traducir como una aceptación forzosa en presencia de Carmen, razonamiento que en ella contribuiría indudablemente a reforzar su determinación, sino también en relación con los acontecimientos futuros que Armando, cuyo escepticismo no había desaparecido a pesar de todo, no veía culminar en un desenlace fatal, aunque sí en una serie más o menos larga de incomodidades que debía sufrir por el amor de Carmen. Bueno, por el amor y por todo lo demás, por todo ese conjunto de formas cuya magnificencia nunca dejará de impresionarle como la primera vez. Se trataba de una sed que no le parecía posible poder aplacar por mucho que bebiera de la fuente.

Más tarde, en el habitual cuarto de hotel, la escritora concedió sus recomendaciones finales.

-Procura dar fiestas y recepciones. Que desfile la gente, que abunden los testigos. Las mejores son las reuniones íntimas, dos o tres parejas de asiduos que disuelvan las inhibiciones. Pero tú debes permanecer impasible ocurra lo que ocurra. Impasible no quiere decir imposible, ¿entiendes ? Dentro de un año empezaremos a ver los resultados.

La llegada de la chica, a principios de junio, coincidió con una ofensiva del calor en Madrid, por lo que Eloísa decidió adelantar las vacaciones.

-Nos vamos a la sierra.

-Pero yo no puedo abandonar la galería en este momento…

-Luís se encarga de la galería. Y tú también, con el móvil y el ordenador.

Por cierto, a propósito de Luís, decidió llamarle. Afuera, el rumor de las brazadas había cesado. Levantó el auricular, marcó el número y se acercó a la ventana para verla a su sabor. Ella se dio cuenta enseguida y arqueó levemente la espalda con un gesto pretendidamente perezoso que resaltaba sus senos desnudos, luego plegó una pierna.

-¿Luís ?¿Qué tal ?¿Cómo ha ido la adquisición ?

-Perfecto, el cuadro es nuestro. Acabo de incluirlo en el catálogo de la página Web y ya hemos recibido varias ofertas, a cuál más suculenta.

-Hay que esperar.

-Entendido.

Antes de colgar echó un último vistazo hacia abajo. Ella se dio la vuelta, sabia, para adoptar la postura prona, ofreciendo en pompa su prominente trasero.

El primer día en la sierra transcurrió con una serenidad idílica. Eloísa, que previamente había desvalijado un quiosco de revistas del corazón, leía sin descanso junto a la piscina. Armando daba buena cuenta del lote de libros especializados que reservaba para la ocasión propicia. De cuando en cuando bajaba a darse un chapuzón o efectuar un breve paseo por el monte. Al fin y al cabo, no había sido una mala idea.

Al anochecer surgió tras las montañas una luna llena inmensa, casi en su apogeo.

Durante el segundo día, en cambio, comenzó a brotar un esbozo de tensión. Se diría que la falda de Marcela había encogido, en el transcurso de la noche, unos cuantos centímetros, sugiriendo unos muslos potentes y bien torneados.

Armando procuró permanecer impasible, tal y como le había recomendado Carmen. De modo que sólo la miró unas cuantas veces, tomando precauciones inmensas.

La que no parecía tomar precauciones inmensas para disimular su irritación era Eloísa, quien bien podía estar debajo de un almendro pero no por ello dejaba de darse a todos los diablos.

El tercer y cuarto día, la señora de la casa no encontró bien nada de lo que hacía Marcela. Sus reprimendas eran agrias y progresivamente subidas de tono. Y a todo eso la falda cada vez más corta.

La doncella, por toda respuesta, se encastillaba en un círculo de silencio inexpugnable. Por el contrario, para Armando era toda dulzura y feminidad, hasta que éste llegó a encontrar apropiada la palabra insinuación. Eloísa prefería mencionar otras entre dientes y, en cuanto Marcela desaparecía tras la puerta de la cocina, se subía por las paredes, se levantaba incluso de la silla para rezongar a sus anchas.

El quinto día fue el de la confrontación en toda regla. Eloísa franqueó el paso a una etapa superior utilizando audiblemente los insultos. Primero la llamó sucia y como en toda mente monjil, ella había sido educada como externa en un convento, dicho concepto nunca anda lejos del contenido en la palabra zorra, también citó esta última. Se armó el cisco, como no podía ser de otra manera. Marcela, que entraba en ese momento con una fuente de puchero, la estrelló con todas sus fuerzas contra el suelo. Mas como si ese desahogo no le hubiera parecido suficiente para aplacar su ira, encendió todas las luces de la piscina, saliendo luego con el exiguo traje de baño que posteriormente Armando llegaría a conocer tan bien, aunque conservando afortunadamente en esa ocasión la parte superior, sólo que por detrás aparecían sus cachetes desembarazados por completo de todo tapujo. Estaba imponente con su pelo desceñido y sus pupilas negras destellando, bruñidas, en medio de unas córneas blanquísimas, enormes.

Entonces Armando sí que tuvo que sujetar a su mujer. La sujetó porque otro comportamiento suyo hubiera sido inverosímil en semejante situación, arduo de explicar a posteriori.

-Ni pensarlo. Nos costaría la torta un pan. Mañana la despides y aquí paz y allá gloria.

Esto último lo dijo porque le parecía obvio que ella había tomado ya esa decisión.

-Más bien se la devuelves a tu amiga Carmen. Ahora te tomas unos somníferos y te vas a dormir.

-Eso. Y tú mientras tanto te la cepillas.

No lo había dicho con ese propósito. Pero, puesto que ella hacía alusión, le parecía un desenlace razonable.

-¡Mujer ! ¿Qué desconfianzas son ésas ? Yo me voy a dormir contigo, eso no hay ni que decirlo y mañana será otro día.

-Nada, no necesito tranquilizantes de ninguna clase.

Era verdad, parecía mucho más calmada. La razón quedó de manifiesto poco después :

-¿Qué diría Carmen, si no soy capaz de imponerme y hacer reinar el orden en mi propia casa ?

Armando guardó silencio, pero sabía que aquello sería lo último que se detendría a considerar Carmen.

El sexto día amaneció y Marcela no aparecía por ninguna parte. A eso de las once, sin embargo, se la vieron venir de lejos, caminando lentamente. También ella parecía tranquila. Saludó como si nada hubiera pasado y se puso a preparar la comida.

Luís llamó requiriéndole de urgencia.

-¿Te puedo dejar sola con ella ?

-Sí, descuida.

-¿Estás segura ?

-Lo estoy. Esto lo arreglo yo. Todavía no sé cómo, pero lo arreglo.

Al anochecer, cuando ya se disponía a cerrar la galería, sonó el teléfono. Era la Guardia Civil. Su esposa había fallecido.

-¿Cómo ?¿Qué ha ocurrido ?

-Fallo cardíaco. Es lo que ha puesto el médico en el acta de defunción. Aunque se halla a la espera del resultado definitivo de la autopsia.

-Pero si hace unas horas que la he dejado yo y estaba tan bien.

-Eso, sabe usted….

La autopsia confirmó el fallo del doctor.

Tras el sepelio, los amantes se las prometían muy felices. Carmen se demoró, tal vez con la intención de quedarse.

Entonces fue cuando irrumpió Marcela en el salón. No es que entrara precipitadamente, en honor a la verdad ocurrió todo lo contrario, pero se diría que el efecto fue el mismo que si lo hubiera hecho. Llevaba el pelo desceñido y lucía un vestido corto, muy ajustado. Se sentó en el sillón, sonriendo, frente a la asombrada pareja. Cruzó ostentosamente las piernas y entrelazó los dedos en actitud que parecía más bien expectante, mas no resultó así.

-A lo mejor Carmen ha decidido quedarse a dormir con nosotros –dijo, sin perder la sonrisa.- Quiero decir contigo, Armando. Pero no se lo aconsejo.

-Te agradezco sinceramente la recomendación –replicó Carmen, utilizando el mismo tono de suficiencia con que la había tratado hasta entonces,- aunque mi gratitud sería inmensa si, además, añadieras las consideraciones que te conducen a tan prudente admonición.

-Cómo no. A pesar de que el forense ha decretado paro cardíaco, no ha sido paro cardíaco en absoluto.

-¿Ah, no? ¿Y qué ha sido entonces?

-Acónito.

-¿Quién se lo administró ?

-Yo.

-Bravísimo. ¿Y eso qué tiene que ver con nosotros, quiero decir con Armando y conmigo, para no poder brincar toda la noche en la cama si así nos parece oportuno ?

-Mucho. Siendo amantes desde un rato antes de la desgraciada muerte de Carlos, no os conviene precipitar las cosas. La menor sospecha podría conducir a la policía a considerar la necesidad de efectuar una nueva autopsia, en esa segunda ocasión bastante más exhaustiva, evidentemente. Ello os sería fatal.

Carmen reflexionó durante unos instantes. Acostumbrada a escribir tramas de ese tipo, captó enseguida la amplitud de la amenaza.

-Que Armando y yo seamos amantes habría que probarlo. ¿Quién podría probarlo ?

-Yo misma podría hacerlo fácilmente, por eso mismo os aconsejo prudencia. Hice numerosas fotocopias de cartas de Armando, algunas bastante explícitas por cierto, incluso guardé unos cuantos originales, sin contar los billetes de avión y documentación diversa. Nunca se sabe de qué estará hecho el día de mañana, me sermoneaba siempre mi tía. Pero con lo desastre que tú eres no podías enterarte de nada. Si yo no hubiera puesto de vez en cuando un poco de orden en tu despacho, aquello hubiera sido siempre una grillera, como dicen en el pueblo. Lo será ahora, sin ninguna duda. Aparte de eso, a Armando le conviene acostarse pronto, pero no para brincar en la cama, como tú dices, sino para dormir bien, pues mañana nos vamos temprano a la sierra. Con estos calores cualquiera se queda en Madrid.

Al ver que nadie decía esta boca es mía, se levantó sosegadamente y, tras ajustarse la falda que se le había subido mucho, abandonó el salón. No sin obsequiar a Armando con una sonrisa retrechera.

-¿Acólito ?¿Qué acólito es ése ?

-¡Por Dios Armando, ni siquiera en una situación como la presente eres capaz de prescindir de tu discutible sentido del humor !

-Pues da gracias a que no he dicho : ¿Incógnito ?¿Qué incógnito es ése, cuándo y cómo ha llegado para no verlo venir ? Nosotros que pretendíamos hacer como Dios hace.

Carmen se levantó, haciendo caso omiso de la reticencia, para dirigirse hacia los anaqueles del aparador y se puso a recorrer con el índice los lomos de los libros hasta dar con un tratado de botánica. Lo tomó, viniendo con él a sentarse de nuevo en el sofá.

-A ver… acónito, aquí está –empezó a leer- (Aconitum napellus) napelo, anapelo, verdegambre azul, acònit, matallops blau, escanyallops, herba verinosa, beldrr pozoidum (hierba venenosa –le tradujo a Armando, mirándole expresivamente a los ojos-)… crece salvaje en toda Europa y América del Norte… Tanto las raíces como las hojas contienen sustancias químicas conocidas como alcaloides, de las cuales la principal es la aconitina, extremadamente venenosa. Se considera que la dosis mortal es un miligramo. Los síntomas aparecen a los ocho minutos y la muerte sobreviene en pocas horas. Dosis más consecuentes pueden matar casi inmediatamente…. Afecta al sistema nervioso central, paralizando los músculos. La muerte sobreviene habitualmente como resultado de la parálisis de los músculos del corazón.

-Eso explica su desaparición del sexto día.

-¿Qué sexto día ?

-Sí, a la mañana siguiente del encontronazo con Eloísa, había desaparecido. No obstante volvió a eso de las once. Dijo que venía de bañarse en el río. Como el chapuzón de la noche anterior en la piscina parecía habernos sentado tan mal…. Llevaba un capazo de palma del que sobresalía una toalla.

Carmen cerró bruscamente el libro y fue a depositarlo en su lugar con cierta precipitación.

-Después de todo, creo que tiene razón. Si mañana has de levantarte temprano para ir a la sierra, te conviene dormir. No vayáis a tener un accidente por velar demasiado. Nos veremos a tu vuelta, ¿vale ?

Se levantó del sillón para verificar si todavía estaba tumbada en la hamaca. No lo estaba. Aunque la descubrió de inmediato al borde de la piscina, sumergiendo distraídamente un brazo. Allí sus formas quedaban mayormente resaltadas sobre la dura piedra. Al notar que la miraba de nuevo, sonrió.

También él sonreía mientras fue a sacar dos vasos altos en los que sirvió un poco de whisky. Luego se dirigió a la nevera, sacó la cubitera y deslizó dos pedazos de hielo en cada uno, finalmente rellenó los vasos con soda.

En eso sonó el teléfono. Era Luís.

-¿Armando ?

-Aquí me tienes.

-Acaba de ocurrir una catástrofe.

-Natural o artificial.

-Más bien artificial. El cuadro que hemos comprado, es un falso.

-¿Cómo un falso ? Si era perfecto.

-Demasiado perfecto. Un cultismo, me han dicho. Se ha manifestado el propietario del original aportando una prueba insoslayable. Parece ser que el cuadro auténtico había sido restaurado al menos una vez, a mediados del siglo XVIII, como consta detalladamente en el diario del marqués de Velly, uno de sus antiguos poseedores, en poder de cuya familia durmió durante más de un siglo, lo que explica la presencia del azul de Prusia en una zona precisa de la tela.

Ese pandemónium en el que se había visto envuelto durante los últimos días consiguió impedir que razonara con lucidez, conduciéndole a tomar una decisión excesivamente arriesgada sin agotar antes todas las posibilidades. Más aún, tenía que haber estado presente durante la transacción, concediendo una oportunidad al menos a su intuición que tan bien le había guiado hasta entonces.

-¿Armando ?¿Estás ahí ?

-Sí.

-¿Puedo hacer algo por ti ?

-Cerrar la galería, pues estamos en suspensión de pagos. Y por lo que a ti respecta, apuntarte al paro.

-Entendido.

Recogió los dos vasos con sumo cuidado para no derramar ni una sola gota, pensando que había hecho bien en prepararlos. Esa vez no había dilación posible. En esa ocasión era completamente seguro que iba a sucumbir sin demorarse en lo más mínimo.



















FUNDIDO EN NEGRO.





Guillaume Dutrou destruyó en cierta ocasión uno de sus cuadros; el cual, a no ser por este luctuoso tropiezo, no solamente hubiera podido incorporarse sin ningún género de dudas al vasto catálogo de sus obras maestras, sino que además habría figurado, presumiblemente, atendiendo sobre todo a los pocos datos objetivos con que contamos, entre las mejores piezas del mismo. Dis aliter visum. Se trataba del retrato de una mujer africana de avanzada edad, aunque los dos únicos testigos que tuvieron el privilegio de contemplar la tela admiten que bien podría tratarse de un anciano. Muchas veces, cuando el ser humano aparece tan cargado de años, la distinción genérica resulta bastante complicada a simple vista.

La misión que se me ha encomendado es escribir una reseña de ese objeto artístico nonato para que de algún modo pueda ser registrado, clasificado, aun mediante la característica peculiar de su ausencia, así como una crónica de su desaparición. A ese fin quedan pues consagradas las siguientes líneas, las cuales tal vez no conformen un trabajo realmente exhaustivo, como lo son la mayor parte de los publicados en esta revista, pero también cabe preguntarse si en verdad merece más atención, o acaso un derroche de tinta, una obra de arte inexistente que únicamente ha sido vista brevemente por dos personas además de su autor. No, esa realización artística, por elevado que haya sido el grado de excelencia en ella alcanzado, no nos aporta nada. Así es que, una vez al corriente de cómo nació y cómo murió, pienso que lo más sensato es olvidarla.

Sin embargo, no quisiera comenzar el relato de dicha peripecia sin antes mencionar un detalle curioso, el de la absoluta renuencia del pintor a hablar de este tema. Todo cuanto dijo durante nuestra entrevista le fue arrancado mediante una mezcla de presión y de ardid, método que, por supuesto, no me hace sentir demasiado orgulloso pero, reflexión mediante, lo doy por bueno en nombre de algo mucho más importante que mi propia sensibilidad. Al final nos despedimos de un modo bastante poco amistoso, son éstos los gajes del oficio y espero que no me lo tenga en cuenta, al menos no durante demasiado tiempo.

Algo dijo, después de todo. Sí, refirió lo bastante como para comprender lo esencial de los sucesos acontecidos durante los escasos días que duró la gestación y muerte del mencionado cuadro.

Los otros dos testigos, en cambio, se mostraron en todo momento mucho más expansivos, si bien uno de ellos considerablemente amargo; se diría que, de algún modo, necesitaban hablar largo y tendido del asunto.

He aquí que, con cuanta información logré recabar, decidí venir a Etretat para escribir el artículo in situ, lo cual constituye probablemente un acto desmesurado por mi parte, si bien no exento de buena voluntad, porque si me pongo a describir cuanto veo, esto va a hacerse más largo que la obra del Escorial y no va a haber bastante espacio en toda la revista para darle cabida, aunque se le consagre un número especial. A pesar de todo, mi presencia aquí, bien que no sea imprescindible al fin y al cabo, como empiezo a temerme, quizá resulte vagamente benéfica para mi relato. Pues, considerando bien la naturaleza del proyecto, más va a tener de relato que de artículo. En cualquier caso, el coste se eleva tan sólo a unas cuantas horas de tren y a unos veinte o veinticinco minutos de taxi, ¡ah! y a una factura, cuyo alcance constituye por el momento un pronóstico difícil, por no decir reservado, de hotel y restaurante. Pero, en el peor de los casos, lo mismo da escribirlo aquí que en cualquier otro sitio. Llego, además, más o menos en el mismo período del año en que se produjeron los hechos, es decir en pleno invierno, consiguiendo, por esa razón, tomar alojamiento no solamente en el mismo hotel sino también en la misma habitación, con vista panorámica al mar, que ocupó el pintor durante aquellos días en definitiva poco propicios para el arte. Y ya pretendiendo cerrar el collar de las coincidencias, mencionaré el broche consistente en la circunstancia, para ser sincero no del todo inhabitual en estos parajes, de que fueron también días de tormenta oceánica como la que se está produciendo ahora mismo, en el momento de la escritura. Negras nubes atraviesan la pequeña bahía e invaden la tierra firme cual hueste antigua, la galerna sopla de modo espantoso y olas del tamaño de edificios se estrellan contra los farallones y acantilados de los extremos, produciendo, ambos empujes, un estruendo que no favorece en modo alguno la concentración, la verdad sea dicha. A pesar de ello, unas cuantas chalupas faenan no muy lejos de la costa como minúsculas pajitas caídas en el interior de una olla con agua hirviendo. Los techos de pizarra parecen concentrados en el esfuerzo común de oponerse al viento avasallador y a la lluvia persistente, por cuyo efecto las casas, hechas con bloques de sílex, aparentan hundirse cada vez más bajo la tierra embebida.

Guillaume Dutrou pinta de memoria junto a la ventana aquel rostro que no vio durante su último viaje a Kenia y Tanzania. No lo vio pero lo soñó de manera insistente mientras permaneció en la región, iluminado siempre por el resplandor de un fuego invisible, recortando el fondo pavonado de ese cielo prodigioso que precede a la noche cerrada, horadado ya por la punta metálica de las primeras estrellas.

Robert va a verlo muy a menudo. Apenas habla con él pero controla meticulosamente los progresos de la pintura y no resulta inhabitual que sea él quien decida cuándo está acabada. Entonces la envuelve en un papel de estraza y sin más explicaciones se la lleva. Robert no desea que mencione su apellido, por lo cual no resulta improcedente suponer que tampoco él debe encontrarse demasiado satisfecho con el papel que le ha tocado desempeñar en este asunto.

-Ya empieza a dar, según veo, sus frutos el viaje a África, ¿ves como tenía razón al vaticinar que te haría mucho bien?

Guillaume en su fuero interno le daba la razón. Ese rostro únicamente puede ser soñado en África oriental, allí donde la humanidad dio sus primeros pasos y selló sus primeros pactos.

A pesar del silencio de su interlocutor, Robert aparecía pletórico:

-Anda, déjalo ya por hoy. Tómate la tarde libre. Te conviene reposar, me da la impresión. Mañana, con la fuerza del día, le darás los últimos toques. Siempre lo he dicho, las mejores pinceladas se dan al amanecer.

Guillaume obedeció sin hacer comentarios y comenzó a lavar los pinceles, mientras Robert procedía a enguantarse, luego a calar bien su sombrero de piel, pues el espeso abrigo de paño negro ni siquiera se lo había quitado. Cuando estuvo bien arrebozado, fue a situarse delante del cuadro para echarle un último vistazo reconcentrado y clínico, bajo la luz lechosa de la tarde desapacible, hostil.

Sonrió.

-Hasta mañana –dijo, sin conseguir apartar los ojos de la tela, indiferente o ajeno a la ambigüedad por él creada, pues para un hipotético observador no hubiera resultado fácil determinar de quién, o de qué, se estaba realmente despidiendo. En cualquier caso tampoco el pintor se dignó darse la vuelta. ¿Para qué? Si en de todos modos tenía la impresión de estar viéndolo, incluso de espaldas, por lo cual, en apariencia, pero sólo en apariencia, no percibió nada del mencionado equívoco, si es que de veras lo había entre ellos.

-Hasta mañana –se limitó a responder, sin dejar de lavar los pinceles, ligeramente inclinado hacia la pila cual si el ruido del chorro al caer sobre la loza absorbiera toda su atención. Tan sólo dio por concluida la minuciosa operación cuando oyó el chasquido de la puerta.

Depositó los pinceles en el bote y esta vez fue él quien se plantó delante del cuadro para contemplar aquel rostro que el tiempo había vuelto asexuado, si bien permitiéndole conservar una mirada dura, inquisitiva, intransigente. Guillaume conocía la interpretación correcta de ese brillo maligno y perentorio que refulgía en ella, pero en esta ocasión notó cómo el miedo se hinchaba con mayor rapidez dentro de él hasta crear un gran vacío en el centro mismo de su cuerpo. Retrocedió hasta el sillón pues las piernas empezaban a flaquearle. Entonces sonó el móvil pero no lo tomó. Por el sonido sabía que se trataba de un mensaje escrito y conocía asimismo su procedencia. Se demoró un rato dejando que sus ojos se refrescaran en la penumbra y luego leyó el mensaje. Redactó seguidamente la respuesta mediante la cual la autorizaba a subir.

Aún no se había apagado la luz azulada del teléfono, cuando ya sonaban unos golpes quedos, casi imperceptibles en el fragor de la tempestad, tímidos. Abrió la puerta y la besó largamente en la boca. Tras lo cual, como despertando, se le adelantó en silencio, cruzó el vestíbulo, el comedor y dirigió sus pasos hacia el estudio. Allí colocó la silla de enea en la posición habitual, junto a la ventana, y le rogó que tomara asiento. Sacó un nuevo caballete sobre el cual reposaba otra tela, donde aparecía esbozado el rostro de la joven.

Ella se reclinó adoptando esa extraña mezcla de arrogancia y embarazo que suele caracterizar a la juventud temprana. Su rostro alargado presentaba cierta angulosidad un tanto viril, compensada por el incipiente dominio de una seducción con carácter muy femenino. Era como si poseyera dos semblantes superpuestos, uno más bien agreste y otro que tendía a la suavidad de las líneas y a la armonía de los tonos. El cuerpo era ciertamente estilizado, aunque lindando con la delgadez.

Guillaume permaneció un rato inmóvil ante la tela, mientras repasaba mentalmente los objetivos que pretendía alcanzar en ese cuadro. Era preciso que consiguiera pintar en su mirada lo que de verdad estaba viendo en ella, la provocación desenfrenada, el desafío en campo abierto a todo lo que nos da seguridad y cohesión, al tiempo que hace de nosotros unos esclavos miserables de la tribu. Sentía que reclamaba su deseo por encima de las leyes sagradas del tiempo y de la moral establecida, le conminaba a que blandiera el mazo del bárbaro y se lanzara sin pensarlo más a la demolición de los pilares y fundamentos que sostienen nuestra civilizada existencia e incluso nuestra visión objetiva del mundo, la potestad indiscutida de Cronos, así como la prerrogativa de devorar a sus propios hijos. Le incitaba al placer subversivo y a depositar tan sólo las fuerzas residuales en las aras del bien común.

Pero en su imagen intuía una libertad mucho más plena, la que se gana al quebrantar el más pesado y macizo de todos los yugos. Ella se encontraba, no se sabe bien de qué lado, junto a esa frontera que separa la adolescencia de la juventud, un terreno árido e ingrato en el que todavía no ha tenido lugar la eclosión de la feminidad, la cual, sin embargo, comienza a percibirse en los alrededores como una fragancia, como una tonalidad que cubre ciertas zonas aún lejanas del paisaje pero no remotas. Contemplándola, oyéndola hablar con voz ligeramente grave, Guillaume experimentaba sensaciones contradictorias cuya conjunción poseía la extraordinaria propiedad de neutralizarle, cauterizarle, secarle ciertas glándulas internas.

De hecho, desde que la conocía, haría cosa de semana y media, había dejado de sentir la necesidad de ir a Le Havre para encontrarse con alguna de las numerosas frutas sazonadas que figuraban en el amplio repertorio de sus amistades y cuyo aroma, en tales casos poderosa e inequívocamente femenino, provocaba torbellinos dentro de su cabeza. Pero en su dominio interno tendría que reinar él como monarca absoluto y ni la más leve contingencia debería hallarse fuera de los límites de su potestad.

Tras la sesión, bajaron a tomar unas copas en un local cercano. En realidad la copa la tomó él, ella se contentó con un zumo de naranja.

-¿Has pensado en lo que te dije ayer?

Las rachas de viento hacían crujir esos edificios típicamente normandos, alzados básicamente con madera. La añeja construcción en la que se encontraban, a pesar de no estar situada en primera fila respecto al mar, rechinaba como un galeón cabeceando en medio de la marejada y la borrasca, halado desde todos sus costados por una incesante vorágine de ráfagas enloquecidas. Guillaume no contestó enseguida, se acercó la copa de calvados a los labios sin dejar de atisbar las jácenas y las vigas como si en ellas se hallara colgado un prontuario de palabras donde elegir las más adecuadas, las que digan lo máximo provocando el menor resquemor posible. Finalmente la miró a los ojos.

-Un hombre de mi edad y una chica de la tuya es sencillamente algo monstruoso. Y al decir esto, no estoy tratando de acompasarme al criterio moral aceptado en la sociedad actual, sino a mi propia noción de justicia.

Se detuvo ahí y escrutó detenidamente el movimiento de sus pupilas, atrincheradas dentro de un iris color ciruela verdal. Ella optó por reír con una risa casi de muchacho insolente.

Guillaume prosiguió:

-Vosotros, los jóvenes de hoy en día, volvéis a atribuir una importancia excesiva a lo que de nuevo llamáis con inflada pompa hacer el amor. Ahora justamente que tiene menos importancia que nunca. Consecuencia lógica de dicha sacralización es el deber indefectible de confesión a la persona amada. Si no he comprendido mal, eso es ni más ni menos lo que pretendes.

-Me repugna la mentira.

-Yo, por mi parte, detesto hacer daño gratuitamente.

-Nos encontramos pues en un callejón sin salida.

-Así parece.

Permaneció callada unos minutos y luego consumió de una sola vez lo que quedaba en el vaso.

-Me hubiera gustado tanto pasar todas estas noches contigo…..Pero veo que tienes razón.

-A lo mejor la razón la tenemos los dos, ¿quién sabe?

Regresaron silenciosos y abrazados al hotel. Se detuvieron ante la puerta de la habitación de ella para despedirse hasta el día siguiente.

En cuanto estuvo solo en la suya, notó Guillaume un leve malestar. El termómetro le confirmó que tenía algo de fiebre. Fue al baño en busca del botiquín, tomó una aspirina y se precipitó sobre la cama, sintiéndose enseguida mucho mejor al abrigo de las cobijas, reconfortado por su propio calor, el cual se hallaba obstaculizado en su huida. Mas el aullido de la galerna no le dejaba dormir. Luego, hacia la mitad de la noche, fue peor, la fiebre debió subir y su mente parecía incapaz de abandonar la estría en la que se había metido, enganchada la mortecina chispa de su conciencia a dos únicas frases que le devolvía sin cesar, en una modalidad de tormento semejante al de la gota de agua:

-Nos encontramos pues en un callejón sin salida.

-Así parece.

Al amanecer tenía la impresión de no haber dormido nada. Con un esfuerzo que le dejó exhausto y mareado consiguió arrancarse de la cama. Tambaleante, dirigió sus pasos hacia la ventana. El tiempo seguía siendo el mismo, la mar embestía con igual furia, rompiéndose una y otra vez contra las rocas. Colocó ambos retratos el uno cabe al otro y se puso a contemplarlos de pie, apoyado en la pared. En sus ojos relucía el brillo oleaginoso de la fiebre.

La vieja fulminaba a la joven con una mirada ponzoñosa, cargada de reproche, como si hubiera contravenido un decreto divino. Ésta se la sostenía con una audacia próxima al descaro.

Guillaume decidió separarlas. Guardó a la segunda en el armario y se dispuso a trabajar con la primera. No podía zafarse de una suerte de rencor particularmente insalubre que aumentaba en la misma proporción con que lo hacía la infección dentro de su cuerpo. Él conocía muy bien la interpretación correcta de ese destello maligno y perentorio que refulgía en los ojos del andrógino ancestral y déspota.

Decidió oscurecer el conjunto, hacer avanzar la noche unos cuantos grados, incrementar el resplandor del fuego.

A media mañana entró Robert con su habitual sigilo de gato negro. Se encontró a Guillaume en la cama, tapado hasta la cabeza.

-¿Qué te pasa?

-Debo haber cogido la gripe, o algo semejante.

-¿Has llamado al médico?

-Sí –mintió.-

Acto seguido, sin más conversación, se fue directo a donde se hallaba el cuadro. En cuanto le echó el primer vistazo pareció afectado por una profunda impresión que le hizo retroceder unos pasos, luego, en un esfuerzo por sobreponerse, adoptó una inmovilidad perfecta y siguió contemplando la tela. Finalmente se dirigió al armario, tomó un pedazo de papel de estraza, envolvió el cuadro y se lo puso bajo el brazo con cierta precipitación no exenta de cuidado. Cuando ya se disponía a salir, quizá convendría más el verbo huir, se encontró con un obstáculo que le impedía el paso. Era Guillaume.

-¿Qué pretendes hacer?

-Ya está terminado. Me lo llevo.

-No lo está. Falta un detalle esencial.

-¿Cuál?

-Eso es cosa mía. Tu cometido es sacarle el mejor partido a los cuadros. El mío es pintarlos.

El tono empleado por Guillaume sólo le dejaba dos opciones, ceder o luchar. Se decidió por la primera, desembaló el cuadro y lo depositó sobre el caballete. Hecho esto, soslayó el cuerpo del pintor evitando mirarle, recogió el gorro de piel y con las mismas se marchó sin deparar una sola palabra más.

Aquella tarde, Guillaume Dutrou subió a trompicones hasta la ermita desde donde observó, sentado en el escalón del atrio, la difícil y peligrosa labor de las chalupas en medio de la tempestad que no amainaba un ápice. Dio un paseo a lo largo del acantilado trastabillando varias veces al borde del abismo y regresó al hotel con los vestidos embarrados, casi cegado por la lluvia y la fiebre.

Tras desnudarse, se metió en la cama tiritando. La afección había alcanzado su clímax.

Por la mañana llegó Robert más temprano que nunca, pero aun así demasiado tarde. Se encontró de manos a boca con Lucie sentada a la cabecera de la cama. Sin apenas prestarle atención a la desconocida y aún menos al enfermo, dirigió sus grandes zancadas hacia el cuadro cuyo dorso se veía en su ubicación habitual, allí su angustia se cambió en horror y en desolación. La vieja había desaparecido, en su lugar se veía una gran mancha negra que cubría toda la tela como la boca de una sima, donde ya no se podía hacer otra cosa sino gritar.

Agarró el cuadro cual si se tratara del cadáver de un niño envuelto en una mantilla de luto y se plantó con él a los pies de la cama.

-Este es el verdadero onanismo –exclamó con voz empañada por la emoción.-

Guillaume no consiguió incorporarse aunque lo intentó, por lo que se contentó con darse la vuelta para tratar al menos de mirar a su interlocutor. No estaba muy claro, a pesar de todo, que sus palabras fueran realmente una respuesta o si se trataba de la prosecución de un delirio.

-Me exigía demasiado. Reclamaba el sacrificio supremo, a cambio de nada.













































LA EXTREMADA ALFORJA DEL TULLIDO.





Poco después del accidente que dejó paralítico a mi amigo Casiano, tuve que ausentarme de Sajará. A mi vuelta, lo encontré restablecido; salvo que, claro está, dada la violencia del encontronazo, se desplazaba en silla de ruedas. ¿Te parece que vayamos a dar un paseo? Le apetecía, por supuesto. Más aún, la casa entera se le venía encima. Fingiendo considerar sus amargos propósitos como quejas ociosas, propias de un carácter blando, aún no suficientemente curtido por los avatares de la vida, traté de apoderarme con naturalidad del siniestro asiento rodante y lo empujé hasta la terraza de un bar al que solíamos ir muy a menudo, cuando soplaban vientos más propicios. Pedimos sendas cervezas y entablamos una conversación difícil, pues yo pretendía evitar toda mención relativa al fatídico evento, en la medida en que ello fuera posible. A decir verdad, había determinado comportarme como si él hubiera pasado toda la vida sentado en semejante artilugio y tal propósito era, evidentemente, irrealizable y, por añadidura, absurdo. Nos encontrábamos en pleno verano, cuando en Sajará no queda ni un alma. O bien, para ser más ecuánimes, digamos que sólo permanecen los cuatro gatos mal lamidos de todos los veranos, aquéllos que son lo bastante pelones como para no haber podido comprarse nunca una casa en la playa. Los escasos conocidos que aparecieron por los parajes se comportaron tal y como yo mismo tenía previsto hacer si no hubiera caído víctima del postrer escrúpulo que me empujó a proponerle esa tan poco meditada salida. Se acercaron, le dieron unas cuantas palmadas en la espalda, soltaron tres o cuatro banalidades improvisadas a contra pelo, evitaron cualquier alusión al desastroso suceso, evitaron escrupulosamente mirar hacia esas piernas que ya no le tendrían nunca en pie y, en cuanto se les ocurría una excusa suficiente, se marchaban presurosos, como quien, de buenas a primeras, para mientes en que tiene el puchero al fuego y que me tengo que ir ya mismo sin remedio. Así, el reloj del campanario marcó el paso de varias horas para una ciudad llena de aire caliente. Por las calles que venían de occidente, acudían lenguas de fuego fundiendo las aceras y el pavimento, prendiendo en los cristales de las casas, acompañadas por un cachazudo viento de poniente que abrasaba la piel. Con objeto de preservarnos algo del embate canicular, habíamos consumido varias rondas de cerveza muy fría, incluso la jarra que la contenía había sido helada antes de verter el oro líquido. Consideré que no podíamos continuar de la suerte durante mucho tiempo sin perder al menos una porción de nuestra dignidad. Ya la estaba perdiendo yo bastante con reconocer las ganas que tenía de abreviar el trámite e ir a darme un garbeo por el paseo marítimo, donde encontraría a la crema de la sociedad sajarana tomando horchatas o limones granizados y dejándose oxigenar displicentemente por la brisa de espuma recién hervida y el sol poniente. En vista de lo cual, le propuse que fuéramos a buscar el frescor del parque. Nos emborracharía menos. Aceptó. La arboleda no resultó ser de un gran alivio, pues seguíamos sudando como bueyes. Hasta los gorriones habían desertado el lugar en beneficio de los inundados arrozales rebosantes de comida, las colipavas se habían refugiado dentro del palomar y sólo unas cuantas osaban asomar las almidonadas cabezas, prendidas con dos alfileres incandescentes, los pavos reales se hallaban todos en el interior de sus casas de madera, con sus abanicos bien plegados. Coloqué la silla de ruedas junto a un banco de piedra, bajo la espesa sombra de unos plátanos, y me senté a su lado. Un silencio de mausoleo aullaba en todos los rincones, se hacía fuerte bajo el techo de las aulas de un colegio situado a nuestras espaldas, se arrastraba al acecho sobre la tierra umbría y reseca, cubierta por la vegetación. ¿Quieres que te cuente cómo pasó? Bueno.

La desgracia nos había tendido un lazo en un punto preciso, pero para que pudiéramos caer efectivamente en él tenían que cruzarse las dos coordenadas, la del espacio y la del tiempo. Esa huera banalidad con que daba comienzo a su relato consiguió afligirme más aún que la inoportuna remembranza del aspecto que debía ofrecer el paseo marítimo a esa hora vespertina, no desprovista de cierta elegante molicie que avanza ganando los cuerpos y se propaga y permanece como insuflada en las mujeres que caminan y se dejan admirar a lo largo de los farallones, y cuyo regosto no había sabido expulsar plenamente de mi mala conciencia. Unos segundos de más o de menos hubieran bastado para evitarla, continuó implacable. Y por lo que se refiere al espacio, la presión operada en esa dimensión todavía fue mayor pues en ningún modo habíamos previsto encontrarnos en esa carretera municipal, perdidos en los naranjales; antes bien, debíamos estar circulando por la carretera comarcal, a unos diez kilómetros más al este. Faltaría más, dije para mí, no sin una pizca de rencor, como si la vida fuera un papel en blanco sobre el cual se trazan unos vectores y una recta es siempre el camino más corto entre los puntos a y b. O tal vez nos hubiéramos hallado ya en nuestro lugar de destino, reservando definitivamente la sala en que había determinado celebrar el banquete de boda, eligiendo el menú y los detalles ornamentales. Pues no, este mundo suele complacerse en los dramas súbitos, en los cambios repentinos de fortuna y cuántas veces no habrá venido la sin dientes a pasmar de horror una fiesta o un convite, alzando su desvaído pendón. Por cierto, Herminia vino a verme al hospital cuando apenas había recuperado la consciencia. Me dijo que con una vida malograda era suficiente, que la perdonara si podía, que la olvidara, en todo caso. No la he vuelto a ver. Permaneció callado unos instantes, durante los cuales las palabras parecían ahogársele en el pecho. Se supone que es en esas pausas terribles donde un amigo debe insertar sus palabras de consuelo. Sin embargo, no acerté a desplegar los labios. Me limité a contemplar la estampa miniada de la tarde sobre la que comenzaba a difuminarse el oro de las rosas amarillas. La comprendo perfectamente, en realidad es un alivio que haya reaccionado así. Pero todo habría ocurrido de modo tan distinto si….bueno….ya juzgarás por ti mismo… A estas alturas me hallaría viviendo con mi mujer en mi nueva casa, donde todo estaba listo para acogernos, desde los cubiertos hasta el papel higiénico, con el recuerdo todavía fresco de nuestra luna de miel en Acapulco. Sabía que estaba siendo injusto con él, pero me irritaba esa idealización que hacía de su truncado porvenir. Y la certeza de que semejante crispación provenía más bien de mi mal humor no contribuía a tranquilizarme. En el fondo admitía que había tenido muy mala suerte y que no es fácil conformarse cuando el destino de uno se desmorona de modo tan absurdo. Su mano se aferró al brazo de la silla y quedó agarrotada ahí durante unos minutos, luego se distendió, bajó un poco hasta posarse sobre una bolsa de cuero que pendía al flanco. ¿Qué llevas ahí? Nada, medicinas.

No teníamos ninguna prisa, el propietario del local nos esperaba a eso de las seis de la tarde, lo que nos concedía un holgado margen. Sin embargo, mi cuñado Carlos tenía su propia personalidad al volante. Fuera del coche solía tomarse las cosas con calma, pero dentro de él era un dinámico, uno de esos conductores que van saltando de hueco en hueco para dejar atrás a los otros en tres o cuatro jugadas maestras. Uno no circula por la vía pública como si estuviera bailando un vals con su coche. Le indignaban los flemáticos, los que realizaban las maniobras a una velocidad moderada y uniforme. Él siempre un puntito acelerado.

Nos lo encontramos en una redonda. Entró en ella para tomar enseguida la primera salida, la de la nacional que conducía fuera de la ciudad. Carlos aceleró ligeramente, ya ahí le hubiera gustado hallarse un par de metros más adelante para poder reprocharle, mediante un buen bocinazo, la impertinencia de no haberle acordado la prioridad a él debida. Conducía un vehículo de la misma marca que el nuestro, aunque no tan voluminoso, lo que nos daba sobre él una vaga superioridad moral. Iba vestido todo de blanco, chaqueta y camisa, como un papa. Carlos se le pegó al parachoques. Un nuevo carril se incorporaba a la marcha por nuestra derecha, pero no venía nadie. Hasta la próxima redonda había pues dos vías. Carlos se pasó al otro carril cuando ambos estaban separados todavía por una breve raya continua y, según su instinto, se dispuso a adelantarlo inmediatamente. Un bulto más dejado atrás, un obstáculo menos, unos cuantos segundos de bonificación en su particular juego. Si seguía así, ganaría también esa partida. El otro, que no había percibido en absoluto la veloz maniobra y no se imaginaba a Carlos, con su enorme monovolumen, en esa posición, pero sí había verificado, sin lugar a dudas, que no le venía nadie por la derecha, en cuanto rebasó la línea continua, puso el intermitente y, sin más verificaciones, comenzó a desplazarse hacia la derecha. Carlos tuvo que frenar bruscamente, consiguiendo evitarlo por los pelos. Pasado el susto, entrábamos en una fase particularmente dilecta a mi cuñado. Su mano cayó como la ira de Dios sobre el claxon y se puso a pitar frenéticamente, con movimientos rapidísimos. Luego, sin pérdida de tiempo, lo adelantó, esta vez por la izquierda. No obstante, llegados a su altura, tanto Carlos como Berta, los dos al unísono, se pusieron el índice sobre la sien, imprimiéndole un movimiento giratorio característico. Loco, tarado, barrenado, tu presencia en la carretera constituye un auténtico peligro público. El sujeto, ni qué decir tiene, se quedó anonadado al encajar semejante filípica, abrió unos ojos como platos del mismo caolín que su traje y camisa, contrastando fuertemente con un rostro atezado. Se puso a perder velocidad al mismo ritmo que nosotros la ganábamos, de modo que pronto quedó muy atrás. Carlos resoplaba todavía, furioso. Patanes, están para conducir carros de bueyes y se atreven a ponerse al volante de un automóvil… Berta compartía su indignación pero, además, se mostraba henchida de orgullo al poseer, para su uso personal e intransferible, un marido que dominaba con tanto aplomo las situaciones más peliagudas, al menos cuando se hallaba sentado al volante de un coche. Sin embargo, todavía quiso echar un último vistazo hacia aquel baldragas que acababa de endosar tan merecido rapapolvo de la parte de ese general que le había tocado en suerte como esposo, bajo cuya espesa sombra ella se había permitido participar modestamente en la recriminación, justificada y cabal, sin que quepa la sombra de una duda, de tamaño pelele. Mas entonces su rostro se transfiguró. Viene a toda leche, el cabrón. Carlos alzó los ojos hacia el espejo retrovisor sin lograr ocultar su alarma. También yo me volví a mirar. En efecto, devoraba la distancia con una furia apabullante. Éste ha recapacitado, ha hecho una composición de lugar, ha comprendido que no tenía él toda la culpa. Pero, ¿qué diablos imaginará que nos puede hacer en cuanto nos dé alcance? Pronto lo tuvimos pegado a la luna trasera de nuestro vehículo. Se había puesto las gafas de sol, lo que le daba un aspecto severo. Carlos había levantado instintivamente el pie del acelerador, sin decir palabra, bien para aguardarle y verificar sus intenciones, bien para ponerse a respetar escrupulosamente las limitaciones de velocidad. Berta dijo en voz alta lo que los tres estábamos pensando. Ese tío es un policía de paisano y se ha acercado para tomarnos la matrícula. Todo parecía confirmar dicha suposición. El interfecto acercaba el rostro al parabrisas arrugando significativamente el entrecejo. A continuación se puso el móvil a la oreja, inclinándose de nuevo hacia delante. Desde luego, poco espacio dejaba a la duda. La pregunta era, sin embargo, ¿sería realmente un policía de paisano o estaría interpretando un papel para vengarse de las vejaciones recibidas haciéndonos pasar, como mínimo, un mal rato, debatiéndonos en conjeturas a propósito de las consecuencias más o menos molestas que nos podría reportar el episodio? En eso Carlos le pidió a Berta que verificara si la documentación del coche seguía en la guantera. No está en la guantera, la puse en mi bolso cuando fui al supermercado. No puedes dejarte la documentación en el coche; si te lo robaran, no habría manera de justificar que es tuyo. El caso es que….olvidé coger el bolso al salir de casa…como no iba a conducir yo… ¡Pues sí que estamos apañados! Seguro que este mendrugo acaba de llamar a sus amigos de uniforme para que nos salgan al paso con toda la prosopopeya de unos agentes de la autoridad gubernativa. Si consiguen echarnos el guante, ni te hablo del celo que mostrarán en el cumplimiento del deber. Y lo que se reirán después a nuestra costa con el papanatas de marras, que ojala le diera ahora mismo un cólico nefrítico por cabrón y malintencionado. El generalazo, debieron pensar los dos en ese momento crítico, el gran caudillo, nacido para tronar en las batallas decisivas como el señor del Olimpo cuando monta legítimamente en cólera, corría el riesgo de ser humillado por un mochales vestido todo de blanco y conduciendo un modelo de coche netamente inferior al suyo. Había que hacer algo, incluso yo me lo propuse, no porque careciera de la convicción de que el comportamiento, así como el método, usados por mi cuñado para sus desplazamientos por carretera merecían un ligero correctivo, sino porque no me agradaba la idea de aplazar la gestión que nos disponíamos a cerrar y, considerando la circunstancia en curso, un vehículo sin documentación corría el riesgo de ser inmovilizado, si realmente los agentes de policía estaban dispuestos a llevar el asunto hasta sus últimas consecuencias. Dar la vuelta hubiera sido, de todos modos, caer demasiado bajo. Todo tiene remedio, excepto la muerte, ponderó Carlos al tiempo que torcía hacia la derecha. Nuestro perseguidor siguió adelante por la carretera principal, tras lanzarnos una última mirada difícil de definir. Sé que hay un atajo por aquí, aunque hace muchísimo tiempo que no lo uso. Menudo chasco se van a llevar si han salido ya a interceptarnos. Puede que nos aguarden a la entrada misma de la ciudad, intervino Berta. No hay cuidado, llegamos por otro sitio.

Carlos aceleró de nuevo. Volvió a ser el que solía al volante de su monovolumen. La carretera pecaba algo de estrecha, pero él no aminoraba la marcha para cruzarse con otros vehículos. Que se aparten ellos, si quieren, y si no, que mantengan el pulso, conducir un coche no es una actividad para pusilánimes. Berta, tras mirar una última vez hacia atrás, se reclinó y cerró los ojos. Era evidente que para ella el mundo volvía a tener sentido, el universo se recomponía, recuperaba su equilibrio y otra vez podían nombrarse con serenidad cada una de sus partes. Por cuanto a mí se refiere, me dije que no hay mal que por bien no venga y que pelillos a la mar. El campo resplandecía bajo un cielo impoluto, lavado por las tormentas que anuncian el final del verano, la atmósfera poseía esa transparencia de los primeros días de septiembre, a través de la cual el follaje de los naranjos se presenta con un color verde botella, casi negro, la tierra refulgía empapada en sangre y a lo lejos la montaña no aparecía azul sino con la tonalidad parduzca del matorral mediterráneo entreverado con la roca, a veces blanca, a veces ocre, sobre cuya superficie el ojo podía percibir con nitidez los accidentes del terreno.

Salí de mi ensoñación bucólica al notar que perdíamos velocidad. Carlos lanzaba miradas inquisitivas en todas direcciones buscando sin duda puntos de referencia. Creo que nos estamos desviando. En efecto, con relación a la montaña, nos hallábamos demasiado hacia el norte. De repente, la carretera comenzó a hundirse entre espaldares de calicanto, atravesó una vaguada e inició de nuevo la ascensión, al tiempo que se orientaba de manera más favorable a nuestro propósito. Pero no tardó en virar otra vez hacia el norte, vaya por Dios. Nuestro auriga parecía, a todas luces, confuso, si bien reacio a admitir que se había perdido. De todos modos, no recuerdo haber atravesado nunca este barranco, reconoció al fin, con no poco trabajo. Habrá que dar la vuelta.

Avanzábamos al paso. Aceptar su error era siempre un momento complicado para Carlos. No obstante, si lo hacía por sí mismo, solía superarlo sin demasiados contratiempos, por eso Berta y yo, instruidos por la experiencia, permanecimos en silencio. El caso es que el camino era ya demasiado estrecho y no permitía efectuar la maniobra. Carlos empezó a ponerse nervioso y en lugar de conservar la velocidad moderada, ganada por efecto de la perplejidad, con objeto de aprovechar cualquier ocasión para cambiar de sentido, aceleró, malgastando así varias oportunidades. Cada una de ellas le enfurecía más. Por fin encontramos un cruce que se prestaba a la consecución de nuestro propósito, no sin ofrecer tanta dificultad, por su angostura, que, a pesar de las infinitas precauciones y la indudable pericia del conductor, éste acabó arañando la carrocería contra un mampuesto. Con cuyo incidente se desató la cólera de mi cuñado, que a duras penas había conseguido embridar hasta entonces. Todo esto por culpa de aquel espantapájaros del trajecito blanco. ¡Ojala se sirva Dios darle una cagalera tal que se le salga el alma por el ojete, antes de llegar a casa! Dejó de farfullar porque notó que las palabras le habían salido temblorosas de rabia y un verdadero jefe debe permanecer siempre impertérrito, cualquiera que sea el cariz que tome la batalla. Mas semejante determinación parece que no logró cuajar en su estado de ánimo. Bajo sus auspicios, el coche se puso a descender por aquellas cañadas como una honda. Éramos ya una exhalación pasando por el barranco, donde levantamos una tolvanera blanquísima. Con el traqueteo de la torrentera, Berta ya no pudo más de irritación y de miedo. Saltó. ¡Pero serás animal de noria, nos vas a matar a todos! Ya estaba dicho, por lo menos diez años de trabajo para engañarse a sí misma, echados a perder durante unos segundos de tensión. Ahí fue también cuando comencé a intuir yo mismo que aquello no podía acabar bien, toda esa masa de convicciones que llamamos realidad se deslizaba a una velocidad tan elevada como la del propio coche, el mundo no quería estarse quieto y amenazaba con escapársenos de entre las manos y eso que, en tales momentos, uno se aferra a él con todas sus fuerzas. En medio de semejante pandemónium de premoniciones, ideas, sensaciones, temores y vértigos, pensé en pedirle yo también a Carlos que se calmara un poco, pero juzgué que no era el momento, pues nos disponíamos justamente a entrar en la curva que ascendía encajonada por los muros de mampostería. Apenas tuvimos tiempo para ver el coche que venía de cara. Tanto él como nosotros nos habíamos comido la mitad contraria de la calzada. El choque era inevitable. Todo se hizo astillas saltando por los aires, las lunas, la carrocería y hasta los huesos de la cabeza. Sin embargo, resulta evidente, y el que no quiera reconocerlo bien corto será, que nosotros no debíamos encontrarnos ahí, en ese preciso instante de los instantes del mundo y de los siglos, en medio de aquella maldita carretera que sólo sirve a los propietarios de los huertos de ese infierno para morir, obstaculizándole el paso a ese otro desquiciado del copón, que aún no tenía el permiso de conducir un año y ya soñaba con el circuito de Indianápolis. Si lo estábamos con todo lo que llevábamos puesto, era por una razón bien precisa.

Su mano descendió involuntariamente para acariciar de nuevo el talego que pendía del brazo de la silla.

Mira, Casiano, le dije sin lograr apartar mis ojos fascinados de su mano, es con ésta la tercera vez, durante los últimos cinco años, que oigo una historia semejante, ocurrida por estos pagos, en la cual interviene ese señor de blanco. Y siempre que aparece él, de una manera o de otra, se produce, en el plazo de veinticuatro horas, la muerte de alguien que ha tenido algo que ver con el suceso.

Todo esto es muy extraño, lo sé. Pero en Sajará, cuando uno ha vivido más de un año, ya no sabe si es de este mundo o del otro.

Casiano se me quedó mirando un buen rato de hito en hito. Luego echó un vistazo a su alrededor para comprobar que el parque seguía tan despoblado como un saco boca abajo. También yo alcé la vista y luego, presintiendo una revelación, barrí lentamente el entorno con la mirada. Las rosas poseían, en el silencio palpitante de esa tarde dorada, el rojo de la sangre aún viva. Entonces abrió la cremallera de la misteriosa bolsa y sacó una pistola cuidadísima, reluciente. El cañón y las partes metálicas bruñidos como sólo puede conseguirlo alguien que no tiene otra cosa que hacer en la vida, la culata abrillantada con cera cara y fanatismo. En caso de disparar, las balas saldrían probablemente bañadas en aceite, como buñuelos de metal.

Sea como fuere, si alguna vez tengo la dicha de cruzarme con ese tipo, le alojo incontinente una bala entre las dos cejas y lo hago bajar al infierno de donde acaso provenga. Es la única ilusión que me queda.

Dicha confidencia, como es natural, me movió a creerle cuando afirmó, desde el momento mismo en que comenzó a comprender lo ocurrido, que no lo había hecho a propósito y ante el juez, no por abreviar la pena pues eso a él le traía sin cuidado, sino por hacer honor a la verdad, que no lo había matado con premeditación, antes al contrario, había sido víctima de una confusión funesta. Nadie estaba dispuesto a dar crédito a sus palabras, por lo que me ofrecí a prestar declaración. El tribunal aceptó escuchar mi testimonio, en el cual aduje sucintamente el contenido de nuestra entrevista de aquel día. Mi deposición debió influir en las conclusiones finales que aquél dictaminó. Todo aparecía con una claridad satisfactoria. El novio abandonó subrepticiamente la sala del banquete con objeto de comprar un cartón de tabaco rubio. Se dirigió al kiosco más cercano, situado en el parque. Casiano lo abatió con tres tiros. Ya el primero de ellos constituyó un expediente sin apelación, pues le alojó una bala entre ambas cejas. Las otras dos las recibió en el pecho mientras se desmoronaba y se quedaba allí tirado, como un blanquísimo mantel repleto de rosas. Alguien hizo correr la voz de que al novio lo habían matado a la entrada del parque de la estación. Yo estaba entre los invitados. Todos nos precipitamos al lugar indicado y vimos cómo Herminia, poseída por una furia llameante, le rasgaba la camisa a Casiano y, mientras lo sacudía como si de una almohada se tratara, profiriendo alaridos que restallaron cual latigazos bajo la cúpula sofocante de la tarde, proclamaba que había conseguido destrozar por dos veces su vida y que podía irse satisfecho al infierno. Éste la miraba con los ojos aspaventados de quien no comprende absolutamente nada de cuanto ocurre a su alrededor.

























UNA BIFURCACIÓN EN LA NIEBLA.





El túnel que pasa por debajo de la vía férrea aparece de repente, desde cualquiera de las calles que acceden a él, como lo haría, tras un laberinto de costanillas, la monumental puerta de una ciudad neolítica, cuyo dintel masivo se hallara recubierto de hierbas y de líquenes, más allá del cual todo es floresta, sin el menor retazo de urbanismo. La carretera asciende enseguida una pendiente larga, aunque moderada en su inclinación, circunstancia que ya no se repite en todo el trayecto, pues se lanza inmediatamente a través de una vasta planicie. Pese a la insoslayable relevancia de dicho detalle, de buenas a primeras se descubrió incapaz de reconocer el paraje que atravesaba. Con la cuarta velocidad puesta y sin osar subir a la quinta, se quedó estupefacto, como si acabara de sacudirse de encima la zorrera de un sueño con pesadilla. Vanamente se esforzó por recordar si se hallaba al principio, al final o en los medios de su desplazamiento. Contempló, pasmado, el talud, bajo la glauca luz de los faros, y, más arriba, los primeros troncos plateados del hayal que se extendía a cada parte; pero ni el menor detalle de la amplia panorámica que se ofrecía ante él alcanzaba a impresionar la placa de su nebulosa memoria. A mano derecha se desgajaba de la vía principal una cinta de asfalto. Tentado estuvo de tomarla. Un instinto oscuro le empujó intensamente a hacerlo durante el espacio de un breve instante. Sólo que, una fracción de segundo antes de dar el volantazo, se produjo la fulguración en su conciencia que profetizó las consabidas luces de los semáforos erguidos allá en lo alto. Permaneció firme y, en efecto, pronto aparecieron las mentadas luces; verdes en ese momento, aunque a su llegada estarían rojas.

El cansancio cargó con las culpas. Su trabajo también, ya que estaba en ello. Los lunes adeuda un lastre de siete horas y media de tirantez, después de las cuales acude a la piscina, donde expulsa la desazón de todo el puñetero día, enquistada en pequeñas burbujas de plata. Y regresa tarde a casa, por supuesto.

Rascando un poco, también tienen parte de culpa los que, dándoselas de modernos y de juveniles, descargan cualquier bazofia de Internet y pasan la hora de clase dando vueltas en torno a la postrera banalidad que soltó la víspera, allá por las antípodas del planeta, un personaje absolutamente desconocido o insignificante y, la mayor parte de las veces, con un coeficiente intelectual absolutamente deleznable; así acostumbran mal a los alumnos, que ahora sólo quieren consumir viruta y fruncen el ceño en cuanto oyen hablar de cultura. Pero a semejante método, los pedagogos de hogaño lo denominan actualidad y utilización de las modernas tecnologías, cerrando filas en torno al adjetivo que va a causar la pérdida de toda una civilización, verbigracia lúdico. Enseñar deleitando es la contraseña. Cuando todo el mundo sabe que sin hincar bien los codos ante un buen mamotreto no hay saber que valga. Pero ello no es del gusto de los jóvenes, del mismo modo que desprecian ostensiblemente la más refinada gastronomía para dejarse matar por esa comida hecha de plástico y aserrín, rociada con tinta roja, o amarilla, o verde. Según idéntico criterio, adoran la nueva prosopopeya de los flamantes reyes de Samarcanda. Mas Samarcanda queda algo lejos para ir a reinar o a enseñar español lengua extranjera, así que en sus clases de instituto seguirá recurriendo a textos de García Márquez, Carmen Martín Gaite, Luís Sepúlveda y otros autores de reconocida solvencia y en sus clases preparatorias literarias a los grandes clásicos de cualquier época, en ese momento se hallaba con Calderón, porque para algo es él el profesor y tiene la sartén por el mango.

Llegará tarde a casa y José, tras ventilarse los deberes de un plumazo, probablemente durante los diez minutos que precederán su venida y, en lugar de consagrarse a la revisión de las lecciones o a la lectura, se habrá pasado las horas muertas ante su ordenador portátil, conectado a Internet y abstraído en su juego favorito. Primer pie sumergido en el lago negro de sus obligaciones no cumplimentadas. Acto seguido entrará en la cocina, donde el volumen de la radio, así como las preguntas o las quejas gritadas de Natacha, le pondrán pies en polvorosa sin poderlo remediar. Todo eso acabará mal y suya será la culpa. Tendría que encontrar la solución, pronunciar la palabra justa, mas no acierta.

Antes de cenar, nunca deberá pedirle a José menos de tres veces, de buenas maneras, que deje lo que está haciendo y tenga la bondad de sentarse a la mesa. ¿Qué disponer para querer y educar, al mismo tiempo, a ese chaval que se ha convertido en la razón última y primera de su vida?

Hoy he ido al psiquiatra. Natacha le hablaba en un tono correcto, moderado. Cuando lo hace, él se siente como si acabara de quemar una candela en la penumbra de una catedral. ¿Y qué te ha dicho? Me ha preguntado que por qué no he tomado todavía cita con el psicólogo. ¿Y por qué no lo has hecho? No sé. Mañana sin falta llamas por teléfono al psicólogo.

A ver, José, los deberes. ¿Qué tareas te han puesto? De matemáticas multiplicación y división de fracciones. Y un ejercicio de inglés. Déjame ver… Bien, correcto. Revisemos ahora la geometría. Las matemáticas no tienen por qué ser una fatalidad. Si a tu edad se asimilan bien las bases y se aprende a hablar su lenguaje, más tarde pueden convertirse en una actividad fascinante. Venga, un poco de violín, sólo una pizca y te dejo con tu ordenador… Aunque me gustaría tanto que empezaras a leer, que te acostaras media hora antes y leyeras….

A punto estuvo de añadir que, a su edad, él ya se había leído el Quijote por primera vez, pero intuyó que no era ése un argumento.

En fin, yo sí quiero leer. Me subo un rato a mi despacho. Tú deberías subirte también a tu habitación y dejar que tu madre descanse un poco de ti, así como tú de ella. Vale.

Media hora es lo que le queda. Cabrán unos párrafos de Fray Luís de León, unos pensamientos de Pascal, una dosis homeopática de Jung y, si se da prisa, un capítulo de “Los misterios de París.”

Natacha sube antes de lo previsto. ¿Por qué no te acuestas? Luego me despiertas y ya no puedo dormir. Ni diez minutos voy a tardar. Cierra, sin embargo, el libro y va a la habitación de José. Vamos, para ti también llegó la hora de entablar una densa conversación con Morfeo, muchachote. Venga, ponte el pijama. Un besazo fortísimo a tu padre ¡qué diantre! Deja la luz del rellano encendida hasta que me duerma. Muy bien. Y cierra la puerta dejando sólo una rendija. ¿Así? Sí, así.

Termina el capítulo y, lo más sigilosamente que puede, se acuesta. Un día más sin que se haya hundido el mundo. Memorable victoria.





Acuérdate, José, tu madre necesita reposo. Cuando vuelvas a casa, súbete a tu habitación para hacer los deberes y no me traigas a nadie entre semana. No digo que no juegues con el ordenador, pero procura leer un rato, es esencial para ti. Muy bien, papá. Que pases un buen día. Tú también. Un beso.

Antes de arrancar el motor, se quedó unos instantes contemplándolo. Con la capucha puesta, parecía uno más entre la multitud de niños que se dirigían hacia la puerta del colegio. Pero era único. No había otro como él.

En la sala de profesores, Michèle seguía sin dirigirle la palabra. ¿Qué diablos le habrá sucedido? Estaban a partir un piñón y de repente como si no lo viera, como si fuera él un espíritu que tuviera que prestar atención y apartarse para que no lo atravesaran al pasar. Y ello sin mediar una sola palabra con una hermenéutica complicada. De cualquier modo, era lunes y tenía un largo día por delante. Sigamos con el Vampiro Tito, a ver…¿quién me recuerda lo último que dijimos a propósito de este texto? Es enorme, ¿por qué no lo dejamos y pasamos a otro? Es extenso, cierto, pero el autor necesita espacio para expresar la idea de cómo, cuando un entorno adverso va estrangulando a un personaje, éste puede llegar a darle completamente la espalda a la realidad y refugiarse en el sueño, aún a sabiendas de que no es más que un sueño. Y debía sugerirnos, además, para darnos la pátina de una época aciaga en la historia reciente de España, cómo la desidia y el desengaño cubrían, más aún que el polvo, los años hambrientos y cansados que amueblaron la posguerra, la sucia y desleída rutina que iba desgastando hasta los muros de las sometidas ciudades españolas. Todo eso no se escribe en un relato que quepa en cuatro líneas y tú, Ronni, el más inteligente de una clase de inteligentes, parece mentira que me digas eso. Y a las diez y media, pausa, café en polvo disuelto en agua caliente, amargo y sin azúcar.

Sin embargo, al final de la jornada, cambiará de instituto para vérselas con la clase preparatoria literaria a las Grandes Escuelas. Y en ese momento, Calderón, “La vida es sueño.”

Segismundo, prisionero con cadena y grillete de su torre, observa, anonadado, que toda criatura viviente goza sin tasa de una libertad que sólo en él podría fructificar como es debido, dada su condición de hombre. Tantálico castigo, sin mediar pecado. He aquí que un sembrador aturdido o malvado ha esparcido perlas en tierra yerma, mientras que ha dejado en barbecho campos recién fertilizados por el limo nuevo, acarreado por el río. Hierve su sangre real y se insurge en atropelladas palabras. Céline Bourgeois, por su parte, lee un libro. Probablemente un ítem perteneciente al programa de lecturas de francés. Después, cuando llegue el momento del examen, puesto que escribe bien y dice cosas con sentido, obtendrá una nota excelente, como ya ocurrió con Manrique. Está perfectamente al corriente de que el profesor se ha percatado de su acto y lo desafía. Con su pan se lo coma. En este tipo de cosas siempre hay una parte que, digamos, proviene de la investigación, la cual no puede suplirse enteramente con una buena dosis de intuición, ni siquiera de clarividencia. Ya no es una niña, que asuma sus responsabilidades. Tal vez ocurra, a la par, que le hiera su amor propio. Por eso no le dirá nada, porque uno ha de ser el dueño de sí mismo; en todo caso, mientras pueda.

Seguía distraídamente el ancho trazo negro que indica su carril, en tanto su cabeza daba vueltas como el tambor de una lavadora revolviendo nombres de personas y de cosas. Michèle, Ronni, Céline, dotación horaria del año que viene, calendarios de orales, vigilancias, Calderón, Segismundo, el rey, el bruto, el pez, el ave, el que a medrar empieza, Michèle, Ronni, Céline… Sesenta largos, es preciso llegar a los sesenta largos, de lo contrario no vale la pena. Luego, tras salir por la boca del túnel que pasa por debajo de la vía férrea, nada de nada, un hombre venido de ninguna parte, surgido del reverso oscuro del tiempo, él. Una burbuja comenzó a crecer en su estómago. No se le ocultaba que era el miedo, amenazándole desde dentro mediante una presencia física, contrastable. A su derecha vio ascender un camino asfaltado. Le pareció que era por ahí. Lo estaba contemplando con ansiedad, cuando en su cabeza estalló la certeza de que ésa era efectivamente la vía de una vida incierta que él tenía aún pendiente. Ya se hallaba el intermitente puesto y el coche orientado, a punto de iniciar la cuesta, cuando un concierto de bocinazos le hizo comprender que, en el último segundo, había conseguido recordar las luces del cruce, allá en lo alto, y de un volantazo había recuperado la carretera principal.

A ver, José, ¿qué tienes como deberes? De matemáticas, transposición de ángulos, ya están hechos los ejercicios, y de historia una lección. ¿Está aprendida? Sí. Veamos pues todo eso…

Cuando José estuvo acostado, no se fue a leer esa vez, sino que permaneció sentado en el sillón, frente al fuego, hasta notar que se dormía.





Al salir de la piscina, la niebla se había adensado considerablemente. Cruzó un pequeño puente desde donde oyó el rumor del agua sin alcanzar a verla. Había hecho setenta largos, pero no se sentía cansado, antes al contrario, tenía el sistema nervioso como un cordaje tirante y crujiente en plena marejada. Todo ese ejercicio y todos los millones de burbujas que había exhalado su boca no bastaron para evacuar su exasperación. Pulsó el mando del cierre centralizado de puertas para saber dónde diablos se encontraba su coche. Un fogonazo sofocado por la bruma se lo indicó. Arrancó el motor.

Segismundo había percibido al fin la vanidad de la vida, la absoluta inconsistencia de la realidad. Se hallaban en ese fragmento que algunos críticos han denominado monólogo de la conversión. ¡Cuán ridículas y tan sin sentido aparecen entonces las pasiones y las cuitas humanas por las que el hombre se arrastra bajo el sol! Todo tirado en saco roto. Este mundo que tanto nos impresiona, erizado de palacios con mil torres y cúpulas y fachadas en filigrana talladas en la roca viva, no es más que niebla, volutas de niebla que el viento hará desaparecer de un solo soplo. Céline Bourgeois, por el contrario, seguía leyendo su libro sin importarle una nuez agujereada lo que ocurriera o se dijera a su alrededor. Durante la segunda hora les había dado un nuevo documento, para variar, para no agobiarles. Se trataba de un artículo de prensa. Les había pedido que sacaran la estructura. Todos se pusieron de inmediato manos a la obra, excepto Céline y Arthur, quienes se enzarzaron en una cháchara totalmente ajena a cualquier intento de disimulo. Ella, proscribiendo su feminidad con un aprendido repertorio de gestos viriles, como si para hacer estudios superiores hiciera falta ser muy macho; él, gafas de Groucho Marx, melena recogida en cola de caballo, espeso entrecejo, parapetado tras un biombo de pasmo elevado a la categoría de castillo encantado. El mundo al revés, como en el infierno. Ambos vislumbraron la requemada determinación que refulgía en los ojos de su profesor, pero no por ello enmendaron su conducta.

Quiso acordarles una última oportunidad porque, ya se sabe, a la juventud hay que darle pan tierno. Por supuesto, me reservo la prerrogativa de controlar y calificar el trabajo de cada estudiante. Como respuesta, Céline le lanzó una mirada de reto en buena y debida forma. Soy mayor de edad, curso estudios superiores, hago lo que me da la gana.

Pasado el plazo de rigor, no sin cierta flema fue a apoyarse sobre la mesa de su escritorio, la cual no quedaba lejos de los pupitres ocupados por la ruidosa pareja. Procedamos pues a la anunciada puesta en común. Veamos…que alguien…por ejemplo Céline Bourgeois tome la palabra para exponernos todo lo bueno que ha hecho. No sé nada, no he hecho nada. ¡Vaya, y qué mala suerte hemos tenido esta vez al efectuar la elección! Déjenme que lo intente de nuevo, a ver si en esta ocasión alcanzamos mayor fortuna. Escuchemos ahora los comentarios del señor Arthur Laferme. Tampoco había hecho nada Arthur Laferme.

¡Ah, y cuán equivocados se hallan ustedes dos, señores alumnos! Sí han hecho algo en concreto mientras sus compañeros trabajaban y ello ha sido perturbar la concentración de la clase con su parloteo íntegramente insustancial. Claro que dicha actividad, cualquiera que sea el juicio moral que nos merezca, no modificará en absoluto el cero coeficiente uno que ambos merecen por no haber realizado el trabajo que les fue encomendado. Y sepa usted, señorita Bourgeois, que si esta asignatura constituye una pérdida de tiempo, lo será para todos por igual, pues nadie va a aprovechar las cuatro horas semanales que le han sido atribuidas para avanzar en la lectura del programa de francés.

De pronto desaparecieron las empañadas luces de la ciudad y se sintió cual si estuviera embalado en el interior de una tremenda paca de niebla. La carretera escandía para él no más allá de unos pocos metros de trazos blancos. Olvidó las razones que le habían impulsado a encontrarse ahí, en medio de la noche cerrada, subiendo esa cuesta que no lleva a ninguna parte. Sin embargo, el desconcierto fue breve, pues no tardó en reconocer la derivación que ascendía pulcramente el talud, a su derecha. Respiró aliviado, prometiéndose, empero, consultar sin dilación al médico a propósito de esos fugaces picos amnésicos. Puso segunda y ascendió con presteza el repecho.

Poco tiempo después llegaba a su casa. Se quedó parado un instante ante la barrera abierta del jardín, observando que había muchas luces encendidas. Todo el mundo se hallaba ya de regreso. Adèle lo aguardaba en el recibidor. Tomó el abrigo de sus manos y lo colgó en el armario empotrado. Vienes algo más tarde hoy, ¿tuviste problemas? No, nada de particular. En fin, sí. Ya te contaré luego. Pero el motivo de mi retraso es que me he hecho diez largos más que de costumbre en la piscina. ¡Ah, eso está muy bien! En efecto, prueba que todavía voy para arriba. Sí, venga, llamo a los chicos, la cena está lista.

Le dio la impresión de que durante toda la colación Paul se mostró algo taciturno. ¿Qué tal van las matemáticas, hijo?¿Por qué me preguntas justamente por las matemáticas? No sé…tal vez porque es tu asignatura principal. Las matemáticas van bien, papá. ¿Y las otras materias? Perfectamente… Me alegro, hijo. ¿Y tú, Esther? Pronto caerán las notas del primer trimestre. Espero no tener sorpresas desagradables…Descuida, papá.

Sentado en su sillón favorito, apenas oyó llegar a Adèle, que se acomodó en sus rodillas y se dejó abrazar. Me parece que Paul está a punto de romper con su novia. ¿Te lo ha dicho? No, es intuición de madre. Deberías hablar con él de eso, puesto que todo parece indicar que las matemáticas van bien… Vale, lo haré esta misma noche. ¿Y qué me dices de tus contratiempos, amor? ¡Ah! Es esa chica, Colette Bourgeois, no hace más que charlar a diestro y siniestro. El trabajo, en cambio, se le va acumulando. Necesitaría tres largas jornadas de aplicada labor para ponerse al día. Deberías advertirla, por muy hija de la vecina que sea. Hoy mismo le he echado una buena filípica, pero dudo que tenga efecto, peca un poco de insolente. Si sigue así, no habrá más remedio que despedirla.