lundi 14 juin 2010

OBJETO DEL BLOG

En uno de los prólogos a “La Colmena” Camilo José de Cela escribió lo siguiente: “Si el escritor no se siente capaz de dejarse morir de hambre, debe cambiar de oficio.” Ante tan categórica afirmación, ¡cuánto más verdadera por los tiempos que corren!, no cabe más que extraer las consecuencias. Hecho está. De unos años, bastantes, a esta parte, tan sólo Paco Umbral ha sido capaz de hacer verdadera literatura y vivir de ello. Los demás pierden el tiempo en actividades diversas y variadas, aunque, en sus ratos libres, escriben. No son escritores de cuerpo entero, cierto, pero también es preciso que la sociedad que los emplea sepa lo que quiere. Ahora bien, si se conforma con los escritores ricos de cuna, con su pan se lo coma.
A los otros tampoco se les puede pedir que, además de quitarse horas de sueño para consagrarlas al estudio y al improbable ejercicio de tan fantasmagórico oficio, se conviertan en santos. Porque si lo hicieran, sólo lograrían ser uno de esos santos antipáticos que más hubiera valido que no lo fueran nunca, pues transmitieron con su ejemplo una imagen errada, falsa, de la religión que profesaron. Me refiero a santos como por ejemplo San Simeón Estilita, quien, tras dieciocho años de ausencia, se negó a bajar de su columna para despedirse de su madre moribunda, o San Alexis, el cual, el mismo día de su boda, abandonó esposa y padres para irse a recorrer mundo como mendigo por el amor de Dios. Y aún los hubo peores. Lo digo eligiendo bien el adjetivo.
Justo antes de la anterior cita, Camilo José de Cela escribía: “Lo único que al escritor no le está permitido es sonreír, presentarse a los concursos literarios, pedir dinero a las fundaciones y quedarse entre Pinto y Valdemoro, a mitad de camino.”
Pues bien, habrá que hacerlo, todo además, si no quiere uno convertirse en una suerte de San Simeón Estilista.
Habrá que hacerlo, digo, pero sin exagerar tampoco. Y con ello manifiesto mi discrepancia, mal que me pese, con otra frase, tan tajante como las anteriores, de nuestro insigne Premio Nobel, encontrada en el mismo lugar: “La ley del escritor no tiene más que dos mandamientos: escribir y esperar.” Pues no, hoy no hay que esperar, para bien o para mal. Al menos no mucho.
De mí sé decir que consiento en presentar una obra a concurso. Acaso la haga llegar también a la mesa, más probablemente a la papelera sin otro trámite, del editor o agente literario. Una sola vez. Mas no habrá para ella segunda oportunidad, de cabeza vendrá a parar al blog. Puesto que nada vale, nada pido a cambio y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
No obstante, si alguien desea leerla en papel, la encontrará en unibook, en lulu o en bubok. A un precio excesivo, claro, pero del que sólo me habré reservado unos céntimos. Lo demás se va en fabricación y distribución. Es el ya conocido método de edición a la demanda.

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