mercredi 4 mars 2009

"CIEN AÑOS DE SOLEDAD," UNA SAGA ALQUÍMICA

“CIEN AÑOS DE SOLEDAD” UNA SAGA ALQUÍMICA.

Se trata de la epopeya de una familia que pugna, durante cien años, por emerger de las tinieblas del caos primigenio a la luz del día; tal vez, juntamente con esto y por economía narrativa, desde la degradación de la culpa hasta le entelequia de la perfección, de cuando el hombre aún no había visto la conminatoria espada de fuego. Los nombres de sus miembros son tan transparentes que resulta imposible esquivar la alegoría. No en balde nos las estamos viendo con la estirpe de los BUENDÍA, de cuyas características y propiedades lumínicas participan de inmediato todos aquellos elementos que se incorporan, sea cual sea su procedencia y por muy envuelta en misterio que esté, sin excepción llegan a ser un BUENDÍA y por lo tanto están embarcados en la misma nave que los lleva hacia la claridad. Otro rasgo hereditario que comienza siendo propiedad de unos cuantos pero que acaba alcanzando a todos, incluso a Úrsula, es la soledad. La soledad del adepto que no puede separarse de su atanor y, mientras dure el trabajo, no se le permite distraerse ni un solo momento de él. La soledad de quienes dirigen una Obra secreta o de quienes tienen conocimiento de ella.
La alquimia es un proceso que implica una transmutación. Parte de dos substancias misteriosas de signo opuesto, el agua mercurial, principio femenino cuya verdadera identidad los iniciados ocultan celosamente, pero que afirman se encuentra con gran profusión en la naturaleza, y el fuego frío o luz negra que está en todas las cosas y que recibe el nombre de espíritu universal o también León Verde, de signo masculino. El primero suele representarse como un triángulo con el vértice hacia abajo y es como una copa, un recipiente que forma un hueco negro, es el Santo Grial, es la Virgen que aplasta con su pie el dragón, la mujer revestida de sol “Y hemos visto un gran signo en el cielo, una mujer revestida de sol, y la luna estaba a sus pies, y sobre su cabeza había una corona con doce estrellas y ella estaba encinta…. Y el dragón se mantenía delante de la mujer, para devorar a su hijo cuando naciera.” (Apocalipsis 12, 1-4). El otro se representa como un triángulo con el vértice hacia arriba que penetra y atraviesa el anterior. Superpuestos, unidos fuego y agua, forman la estrella o sello de David, símbolo de la luz, como también lo es la cruz. Ambas contienen un núcleo del que salen diversos rayos. La tradición alquímica sostiene que la fase final de dicho proceso se termina con la obtención del oro. Pero algunos piensan que ese oro no es el oro vulgar, sino que simboliza la Gran Obra, la cual implica la transformación de quien la lleva a cabo.
Ahora bien, antes de que se produzca la unión del principio masculino y del principio femenino, ha de matarse al dragón, el cual representa la falsedad, la imaginación a la deriva que desemboca en la perversidad y en la maldad. Ese dragón, unas veces lo mata el caballero, el León Verde, o incluso el León Rojo, ya se llame arcángel San Miguel, san Jorge, o cualquiera de los campeones medievales que luchan contra el dragón para casarse con la princesa. Ese dragón está dentro de ellos mismos, pero si no lo matan, no alcanzarán la pureza necesaria para unirse con la futura reina, la sublime. Otras veces lo aplastará la propia doncella con su pie. En Cien Años de Soledad aparecen ambas maneras de matar al dragón. La primera de ellas se lleva a cabo con el procedimiento clásico de la lanza y el San Jorge de Cien Años de Soledad es José Arcadio Buendía, así como el dragón se llama Prudencio Aguilar, a quien el campeón atraviesa la garganta con la mencionada arma. La segunda manera la ejecuta Remedios la Bella y el dragón que ella vence en innumerables ocasiones es el dragón del irremediable deseo sexual, no el amor, pues en eso es una genuina Buendía, que sin proponérselo, con la más impecable inocencia, suscita. Todos aquellos que se acercan a ella con intenciones turbias, mueren como moscas. Al final, tras una larga serie de estragos, como el agua ígnea que representa, como la Virgen que nunca dejó de ser, se evapora y asciende al cielo en cuerpo y alma. Así, el dragón de “Cien años de soledad”, como el dragón bíblico, se queda pasmado, con más de dos palmos de narices.
Aurum (oro), es de la misma raíz que aurora y que aura (brisa, pero también luz del día) y que aureola. El sol de la mañana, cuando comienza a elevarse sobre el horizonte, está rojo como el oro y se parece mucho a la hostia refulgente que alza el sacerdote cuando celebra el sacramento de la eucaristía, que no consiste en otra cosa más que en comernos el cuerpo de Cristo irradiando luz. “Yo soy la luz de este mundo, el que me siga, no caminará en las tinieblas, sino que poseerá la luz de la vida” (Juan, cap. 8, v. 12).
Los varones Buendía son seres luminosos que engendran en copas robustas y opacas otros seres luminosos. Mas no todos poseen la misma clase de luz. Los hay que son Leones Verdes y los hay que son Leones Rojos. Los Leones Verdes son los José Arcadios y los Leones Rojos son los Aurelianos.
El León Verde es el primero en unirse con el agua mercurial, entonces se constituye un agua de naturaleza y propiedad doble, agua ígnea y fuego acuoso. Los alquimistas parecen coincidir en que el metal que más luz negra o espíritu universal contiene es el hierro, basta con golpearlo con una piedra para que salgan chispas, que son la manifestación de esa luz negra. El hierro es el metal más fuerte, el metal de Marte. Los José Arcadios son todos robustos y fuertes, prácticamente unos gigantes, dotados además de una potencia sexual prodigiosa. La estirpe de los Buendía se continúa con los José Arcadios.
Sin embargo, el León Verde desaparece pronto para dar paso al León Rojo; de alguna manera, el León Verde anuncia al León Rojo, lo lleva sobre sus hombros como San Cristóbal, otro gigante, lleva al niño Jesús en la leyenda esotérica. León Verde es San Juan Bautista: “Yo os bautizo en agua, pero llegando está otro más fuerte que yo, a quien no soy digno de soltarle la correa de las sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego. En su mano tiene el bieldo para bieldar la era y almacenar el trigo en su granero, mientras la paja la quemará con fuego inextinguible.”
“La sangre fija del León Rojo –dice Basilio Valentín- está hecha de la sangre volátil del León Verde (los José Arcadios desaparecen sin dejar rastro, nótese las sesenta y cinco vueltas al mundo de José Arcadio), porque ambos son de una misma naturaleza” (familia, la operación alquímica es absolutamente incestuosa y tiene, además, que repetirse por tres veces). León verde es también el rey Marc, en la fábula ocultista de Tristán e Isolda, quien debe hacerse a un lado para dejar paso al León Rojo, su sobrino, Tristán. Y no sería improbable que García Márquez hubiera tenido en cuenta esta leyenda artúrica para la confección del carácter de los Aurelianos, tristes y solitarios sin excepción. Los José Arcadios engendran tanto José Arcadios como Aurelianos.
La Obra, no obstante, la Gran Obra, la realizan los Aurelianos, porque son la piedra filosofal, el oro de los filósofos. Los José Arcadios son seres más bien primarios que, pese a no estar en absoluto desprovistos de luz, no comprenden el procedimiento de la Obra y suelen cometer errores de bulto, víctimas de ese tipo de inteligencia preclara pero que peca un tanto de racionalista, distinta a la de los Aurelianos que es mística, intuitiva. Arcadia, en el Peloponeso, era percibida como una región feliz, pero con una felicidad que emanaba de una simplicidad rústica. “Arcades ambo”, la expresión virgiliana que originariamente era aplicada a dos hombres dotados de excepcional habilidad para la música y la poesía bucólica, hoy en día suele usarse en tono irónico y un tanto peyorativo. El primer José Arcadio intentará la mítica transmutación alquímica, pensando quizás que podría multiplicar la masa del oro obtenido con la fundición de los doblones de su mujer y lo único que consiguió, tras una larga serie de desastres, fue devolverle al fin la masa inicial de oro a la desesperada Úrsula. José Arcadio parece comprender todo al revés, o con una lógica personal que lo lleva directamente al siniestro. Y ello pese a tener a su disposición al más fabuloso de los iniciadores, a Melquíades, que no es otro que el bíblico Melquisedec, rey de Jerusalén, de quien el propio David dice: “Jehová lo ha jurado y no lo lamentará: Tú serás por siempre sacerdote, según el orden de Melquisedec,” (Salmo 110). Pero esto se considera una profecía mesiánica, es decir, destinada a los Aurelianos, no a los José Arcadios.
Los Aurelianos, en cambio, son harina de otro costal, están dotados de poderes taumatúrgicos, exactamente igual que la piedra filosofal que representan. Los diecisiete Aurelianos quedarán marcados todos con el signo indeleble de la cruz, que es el signo de la luz. El coronel Aureliano Buendía, de niño, hacía rodar las sillas con sólo mirarlas y esa luz imperiosa de sus ojos no la perdió ni siquiera en la decrepitud que anunció su muerte. Los Aurelianos llevan a cabo las acciones decisivas, el primer Aureliano fue quien exterminó los tigres de la región. El coronel Aureliano Buendía realizó la Obra, la Gran Obra, durante veinte años dirigió una guerra civil y encarnó un ideal colectivo, aunque es dudoso que lo compartiera, Úrsula, vieja y ciega, pero con una perspicacia doblada por cierta clarividencia interior (¿luz negra?) lo pone en tela de juicio; sin embargo, el monstruoso atropello que lleva a cabo un esbirro de la compañía bananera provoca, en el alma ya senil del coronel, una fabulosa combustión de sentimientos profundamente humanos. En cualquier caso estaba provisto de un nimbo luminoso que le protegió toda su vida de los más arduos peligros y alcanzó una aureola histórica de santo laico. ¿Y cómo evitar la mención del simbolismo palmario de los pececitos de oro que fabricaba sin el menor afán de lucro? Hacer para deshacer, vender para reponer tan sólo la materia prima con que iniciar de nuevo la obra. La recompensa de la obra, en la propia ejecución de la obra. ¿Qué has querido decir con eso?

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